Por qué Morante

Por Pablo Hernanz.

La lectura del libro de Morante de la Puebla escrito por Paco Aguado hay dos ideas que se nos quedan muy interiorizadas. Una que Morante de la Puebla es un torero de corte gallista (como todos, por otra parte, digan lo que digan las revoluciones de plata). Y que Paco Aguado se coloca de nuevo como uno de los mejores pensadores que sobre el la tauromaquia circulan por estos pagos y por estas épocas. El libro se lee pronto, se le escapa a uno entre los dedos entre el ansia de conocer a un genio y lo novedoso que la explicación del toreo aporta Aguado. Vamos por partes.

 El grip, o el toreo entre los dedos.

 Sin duda, la mejor aportación del libro ya la señaló Pablo G. Mancha en un artículo de prensa que recuperó en su blog y no es otra que la novedosa explicación que hace Paco Aguado del manejo de los trastos de torear del maestro de la Puebla.

 Sin miedo al qué dirán –que es algo muy importante a la hora de escribir-, Aguado se agarra, nunca mejor dicho, a un anglicismo deportivo a la hora de explicar con el matiz con el que desea hacerlo el modo en que Morante se aprovecha de los trastos de torear para conseguir su tauromaquia.

A mí, al leerlo, me ha gustado imaginar un tacto concreto, un peso, un porte. Y me he sorprendido varias veces frotándome las yemas de los dedos entre sí, porque tiene tanto de táctil ese fragmento del libro que se hace imposible no querer percibir el toreo ajeno en los dedos de uno mismo.

Para valorar la importancia del hallazgo literario de Aguado, baste recordar tan sólo un detalle, pero de otro torero. Todo el mundo sabe que José María Manzanares ha pasado el último invierno un quinario, con numerosas intervenciones quirúrgicas en un tendón de su mano izquierda. La disfunción que alcanzó fue tal, que una vez recuperada parte de la movilidad, el mismo torero reconocía que tuvo que cambiar la forma de coger la muleta. Creo que todos los aficionados, cuando conocimos este detalle, pudimos sufrir en silencio, aunque sólo fuera unos segundos, con el torero. ¿Por qué? Porque éramos conscientes de lo que significa la herramienta y la importancia del “grip” particular de cada uno.

El hallazgo de Aguado (espero que se haya quedado corto y haya mucho mas detrás de todo eso) no sólo ayuda a explicar el toreo de Morante, sino que abre la puerta a explicar muchas tauromaquias. Además, facilita la empatía del aficionado con el matador a la hora de comprender no sus manías, sino sus preferencias materiales, porque todos tenemos una herramienta fundamental de trabajo con la que estamos familiarizados y cuyo cambio nos produce cierta inseguridad al menos al principio.

 Mucho joselitismo y menos belmontismo (pero en general)

Tal vez uno de los aspectos más importantes que apunta Paco Aguado a lo largo del texto, sea esa especie de desvío intencionado hacia dos toreros hoy casi olvidados por los estudiosos de la cosa y a los que rescata no por un compromiso con la Historia, sino por un compromiso con la propia tauromaquia. Dos toreros como Chicuelo y como Pepín Martín Vázquez –este último hoy de moda como muerto reciente que está-, que nunca fueron las bisagras que muchos pretendían sino más bien los ordenadores de un desorden, los receptores de unas claves, una especie de pre-Morantes (si puede servir la expresión), no en el sentido estético sino en el sentido conceptual bajo el que Paco Aguado entiende al maestro de la Puebla. Confluencias de caminos.

Chicuelo y Martín Vázquez, cada uno por su parte, sufren dos tragedias: el primero, la del lance al que su apodo da nombre, que muchos realizan de forma ordinaria –en el sentido de basto- y que contribuye a empequeñecer su dimensión torera. Su verdadera aportación, apenas captada por un crítico que tuvo que declarar estar cuerdo cuando trató de describirla, fue la faena realizada en 1928 ante el toro Corchaíto de Pérez Tabernero en Madrid y que pronto murió silenciada por los palmeros del belmontismo, conscientes de que esa apuesta del toreo en redondo introducida por Joselito el día que toreó en solitario la corrida de Martínez, sería la que triunfaría frente al natural y el de pecho –sin giro para repetir pitón- que durante un tiempo pareció que terminaría con todo.

De Martín Vázquez, el análisis de Aguado es más que certero, puesto que ha sabido poner palabras a la grandeza gallista de su “alegre toreo” frente al perfil trágico de un Manolete predestinado. Porque esas son las alternativas del toreo: No el joselitismo y el belmontismo, sino, dentro del joselitismo, la gravedad o la alegría. Curiosamente, fueron precisamente dos tragedias en veinte días las que quitaron del medio a los dos mitos en un agosto, el de 1947, en el que pareciera que Dios no quería competencias terrenales. Al de Córdoba se lo llevó en Linares un chotacabras de Miura. A Martín Vázquez le quitó el sitio –y casi también la vida- uno de Concha y Sierra en Valdepeñas, veinte días antes y con Manolete en el cartel, para que fuera tomando nota. Es la tragedia de los poblachones, que es donde van los toreros en agosto y septiembre cuando de morir se trata.

 El complejo de Belmonte, siempre presente

De un tiempo a esta parte, empieza a resquebrajarse en algunos razonamientos y publicaciones el mito belmontino de la revolución absoluta. De esa obsesión belmontina, que arrancó con esos intelectuales noventayochistas nada aficionados que eran sus amigos, ha surgido la explicación de la Historia del Toreo a excepción de Alameda y, más recientemente, Delgado de la Cámara. El capítulo que Aguado dedica en este libro de Morante a “Las fuentes de Sevilla”, ayuda a comprender mejor cuál es el tronco, cuáles las ramificaciones y qué completa a qué.

En ese capítulo, Aguado profundiza en la tradición gallista del toreo de dominio que toda la vida ha sido considerado como “sevillano” y en el que –sin ninguna sorpresa, al menos para un servidor-, está incluido Curro Romero. Sin embargo, esa tradición gallista que por sí sola serviría para explicar a Morante (para desgracia de los que piensan que el toreo antiguo era estático, como las fotos en sepia con que ilustran su explicación) se empeña Aguado en completarla con una influencia belmontina y trianera que a todas luces es mucho menor de lo que parece a tenor de la cantidad de páginas que se utilizan para describirla. Porque si se puede explicar a Morante desde el gallismo más sevillano –el poder de la técnica escondida-, no hace falta explicarlo desde la visión folclórica del territorio con retazos de república independiente con que a veces parece tratarlo. Todo en un libro que Aguado huye de los tópicos como los gatos del agua helada.

El arrojo de Morante, el valor seco que demuestra, no parte de la limitación técnica de Belmonte y sus seguidores, sino que surge de una exposición consciente y mantenida, basada en la técnica torera de corte gallista. Porque Triana y lo trianero, ofrece valentía y entrega, pero no técnica.  El temple, cantado por Aguado como aportación belmontina podría tener más que ver con el mayor tiempo (no mayor despaciosidad) que duraban los embroques, sobre todo en Belmonte, algo que sí se señala en el texto (p.80) y que Aguado propone como causa sobre la que se apoya el resto de la tauromaquia trianera, si es que existe ésta.

La portaciones belmontinas del toreo siempre se han considerado la quietud y el cambio en la percepción de los terrenos. Sobre la quietud, Aguado se encarga de recordarnos a Espartero y a Antonio Montes, prólogos del “Pasmo”, con lo que su argumento trianero se minimiza. En cuanto al asunto de los terrenos, creo que tiene más que ver con la explicación que, a modo de epílogo, ofreció el propio Belmonte en esa especie de biografía/autobiografía/hagiografía/novela de Manuel Chaves Nogales. Allí dice que el toro no tiene terrenos, puesto que todos los terrenos son del torero, que para eso es el inteligente de ambos.

Con esta aseveración, Belmonte (o Chaves Nogales, vaya usted a saber) inauguran la tauromaquia imaginaria de los toreros retirados. Algo que continuaría Domingo Ortega con aquello del parar, templar y mandar para llevar al toro adonde no quiere ir (él, que tantos kilómetros hizo caminando hacia los riñones de tantos toros). Para ver lo discutible de explicar una tauromaquia nunca practicada, basta preguntarle a cualquier torero en activo si el toro tiene o no tiene terrenos o lo que ocurre cuando un toro va donde no quiere ir para probar la validez de ambas propuestas.

En mi humilde opinión -y que Dios me perdone, porque lo último que quiero es enmendar la plana a nadie-, la aportación trianera o belmontina sobre Morante, tiene más que ver con lo que de sacerdotal tiene el toreo. Es tal la absurda obligatoriedad belmontina que hay un momento en el que para explicar los dos siguientes pasos de esa entrega y ese patetismo supuestamente surgido de Triana recurre a la imagen de los cantes de ida y vuelta flamencos, para explicar cómo ese ánimo de la quietud y entrega belmontina  llega a la Córdoba de Manolete, para desembocar en el jerez vinatero de Rafael de Paula no sin antes conocer los desfiladeros de Ronda con los Ordóñez.  Algo que ya dice podría venir de Cádiz. En otras palabras, veinte mil leguas de viaje trianero.

Es entonces cuando uno, que no cree en la geografía ni en lo local como generador de actitudes universales, se pregunta si la explicación trianera y belmontina no hubiera sido más sencilla –y por ello ayuna de complejos- si se hubiera señalado a Belmonte como el gran intérprete de una estética en la que el compromiso de ofrecer la vida al toro se hacía más visible que nunca. Porque Belmonte aportó, eso sí, la desnudez de una propuesta estética que sólo triunfó cuando consiguió combinarse con los logros de dominación gallistas. Algo que Belmonte, por cierto, no consiguió jamás. Y nos preguntamos esto, a raíz de un fragmento como este:  “No en vano, ese pecho de Belmonte ofrecido a los pitones en la sinceridad de cada cite y de cada embroque no era sino una forma de entregar sus ‘centros’. O, lo que es lo mismo, dar en cada pase lo más profundo de su ser, su misterio, no sólo al toro, sino al sacerdocio del toreo.” (p. 81)

Y es que la aportación de Belmonte como grito interno no sólo está presente en Morante de la Puebla sino en todos los toreros que se han convertido en figuras. En la autenticidad del compromiso individual, en la aceptación de la muerte como posibilidad y en el ofrecimiento de trapo o cuerpo (trato o truco) a través del que muchos se han expresado. ¿No es acaso ese “dar los centros” el compromiso de José Tomás en cada tarde? Es posible también que de esa lectura de la entrega -en realidad más vieja que el hilo negro-, sea de la que parte el concepto de cargar la suerte, concepto que relee Delgado de la Cámara con verdadero acierto en mi opinión y que rehúye de la geometría, del cruzarse porque sí y de la pata adelante como propuesta suicida.

Resumiendo, que la propuesta de Belmonte no fue sustitutiva, como han pretendido hacernos creer sus hagiógrafos y panegiristas,. Tampoco fue única. Su importancia radica en que fue el matiz fundamental con lo que se completó la tauromaquia del dominio ya sublimada con el Gallo. También en Morante de la Puebla supone una sublimación de lo gallista.

“Triana profunda” es un capítulo a nuestro juicio justificativo de la historia oficial de la tauromaquia, una historia oficial que ha quitado racionalidad a la explicación y la ha dotado de chamarilerías varias: latidos, compases, crujíos, bajíos y demás variedades idiomáticas vacías de contenido, para explicar lo inexplicable. A Aguado le sobra justificar el belmontismo trianero de Morante, sobre todo por cómo culmina el capítulo –concluyendo que es algo interior vinculado a la entrega total-. Si no hubiera caído en el complejo belmontino y trianero, hay un fragmento en el capítulo anterior (“Fuentes de Sevilla”) que alcanzaría mucho mayor significado y recorrido –como todo el capítulo-: “Ese modelo de facilidad gallista, presuntamente superado por las nuevas aportaciones técnicas, siguió latiendo durante décadas en las distintas generaciones de toreros sevillanos. Y aún subyace, añadido a una estética evolucionada y a progresivas conquistas del terreno del toro, en la forma de hacer de algunos representantes de la tauromaquia actual. Y, entre ellos, o sobre todos, en Morante de la Puebla, que al paso del oficio se fue convirtiendo en un auténtico apasionado de las viejas filmaciones taurinas, de donde ha sacado, como el cantaor de las antiguas grabaciones de pizarra, arrinconadas conclusiones lidiadoras que se adaptan a la perfección a su concepto y a la expresividad de su físico.” (p. 56)

Por qué Morante en Madrid y no en Sevilla

Especialmente valiente es la aportación de Aguado a la hora de explicar por qué Morante de la Puebla no termina de cuajar en Sevilla y sí lo ha hecho en Madrid. Las actitudes que rescata, son definiciones que, más que menosprecio a una forma de ser, intuyen una grandeza más allá de los tópicos establecidos. La diferencia entre las diversas formas de ser de las ciudades o de las aficiones como colectivo radica en el rechazo que del tópico hace cada cual. Algunos intentan desprenderse de él, otros consiguen vivir de él. Cada uno que juzgue como quiera. Pero si la explicación que ofrece Aguado –muy comprometida, por cierto- sirve para comprender una situación, bienvenida sea, porque suscribo punto por punto los motivos que Aguado arguye para explicar la incomprensión voluntaria de los paisanos de Morante. Sólo rescataré una frase, tal vez la más ilustrativa de la idea que quiere transmitir el autor: “(…) es lógico que un personaje tan poco accesible y manejable, y que hace un toreo tan sincero, no encaje en los influyentes lobbys donde el cinismo es ley”. (p. 178)

 El John Nash del toreo

Tengo un compañero de peña Ttaurina que dice que Morante está abducido. Creo que lo dice por su forma de hablar, así pausada, como si le diera igual todo, así como muy para dentro o muy desde dentro.  No sirve de nada hacerle entender –desgraciadamente a esto del toro no le sobran mentes científicas-, que lo que le ha pasado a Morante de la Puebla es que es un enfermo que ha tenido que aprender a convivir con una enfermedad. Paco Aguado habla de la de Morante con un respeto,  una naturalidad y una humanidad asombrosa.

El problema de la enfermedad de Morante de la Puebla no es sólo su propio sufrimiento, sino que ésta sirva para explicar su toreo. Afortunadamente, el autor no cae en este topicazo que atribuye a los genios o bien la homosexualidad reprimida o la locura más exacerbada. Los que no creemos en los seres especiales, sino en unas cualidades innatas mínimas, desarrolladas y desplegadas después de un duro trabajo,  sentimos alivio. Pero ese es uno de los méritos de Aguado en este libro. No basar toda una argumentación en la “locura” de un individuo, sino en los resultados de su trabajo. Creo que aún desconoce el favor que hace a la historiografía taurina con esta actitud, puesto que lo único que le faltaba a esto, para completar el surrealismo bananero de la superstición, el crujío y el bajío era una interpretación freudiana de la realidad. Ese Freud. Algún día contaremos la interpretación freudiana de Leonardo da Vinci y el desmontaje –tan cómico como revelador- por parte de un Erwin Panofsky que aún fue demasiado piadoso con él. Pero eso otro día.

La necesidad de este libro

Es de agradecer –de una puta vez, hablando en plata-, no sólo que alguien trate al toreo como algo que se puede leer sin abundar en lugares comunes, sino que si se escriba sobre Morante sin citar el crujío, el bajío y a todas esas idioteces geográfico raciales con que se adornan las crónicas taurinas para esconder la ausencia de capacidad para explicar lo complicado de una tauromaquia completa y aglutinadora. Es, gracias a Dios, esta forma de estudiar a un torero, -la de Paco Aguado– una corriente de aire nuevo, que se aleja del folclorismo habitual currista o paulista y se acerca mucho más a la explicación de la tauromaquia como un arte con mayúsculas.

Porque si Miguel Ángel o Leonardo no tenían crujío, ni bajío, ni chorradas similares; si sus pinturas o esculturas nos emocionan (ellos también son el fruto maduro de una tradición que en ellos confluye) también es cierto que los estudiamos desde la racionalidad que del hecho técnico puede extraerse, siendo conscientes de que la técnica sin expresión propia sirve de bien poco para extraer emociones. A veces incluso sirve expresar la técnica como uno mismo la siente. Que es lo mismo que el toreo. Por eso creo que se hace flaco favor a Morante de la Puebla diciendo de él que sabe torear “por muchos toreros”, como si los toreros que le son referencia fueran palos flamencos. Sería como decir que Velázquez sabía pintar “por Leonardo” o “por Rafael”, en lugar de decir que Velázquez es el resultado de la interiorización no sólo de estos dos pintores, sino de muchos otros, cuyas aportaciones vienen asimiladas en Velázquez y este es capaz superar desde su personalidad arrolladora.

Por ello, el Por qué Morante sólo se puede lograr desde la explicación de una tradición taurómaca que se aleja de los cauces habituales de explicación belmontina de la Historia de la Tauromaquia. Eso es lo que plantea Paco Aguado al querer explicar a Morante desde la Historia o desde el hilo del toreo. Porque el de la Puebla sólo tiene razón de ser no como copista sino como creador con personalidad propia. No sé si Morante quiere torear por Joselito, por Martín Vázquez o por Pepe Luis, pero sí que su toreo es la suma de todos ellos sin poderse extraer las partes concretas, apenas vislumbradas. Morante es una Roma en la que confluyen muchos caminos aislados del toreo. No es el experimento de las vírgenes crotonas de un Zeuxis o un Parrasio modernos. Las influencias en Morante son orgánicas e inseparables. Lo contrario a una “Summa” medievalizante de trocitos de espacio yuxtapuestos.

En este sentido, la riqueza del libro de Paco Aguado reside  no sólo en esa explicación en la que ya nos hemos entretenido, sino en la ausencia de lugares comunes y circunloquios currobéticos. Tampoco recurre a la elección de fotografías de toreros antiguos para establecer comparaciones desde la imagen fija, tan falaz pero eficaz para los amantes de lo simple.

Leyendo el libro de Aguado, nos encontramos a un Morante que se eleva como un torero largo, tal vez el más largo de hoy en día. Pero esa largura no debe confundirse con la variedad de suertes de la que por cierto tan ayuno está el toreo de hoy. En el caso de Morante debe interpretarse desde su comprensión de los gestos técnicos necesarios y su realización adecuada de los mismos ante la cara del toro. Ser muy variado, al menos en mi opinión, no va unido a ser un torero largo si la variedad no se utiliza como mecanismo lidiador. Morante es largo porque comprende el proceder del toro y se sirve del gesto técnico. Pero la grandeza del gesto técnico de Morante es su ocultación bajo una estética dizque antigua.

Cuando algún comentarista, morantista hasta la médula habla de “esas cositas que hace”, “esos toques”, “esos andares”, etc.,  minimiza los méritos de un torero que ha sabido completar el toreo de hoy no con el toreo del ayer, sino con el toreo de siempre.

Por qué Morante es, en definitiva, un libro rico en matices, lleno de referencias interesantísimas y de hilo s delos que tirar. Es un libro para paladear, para disfrutar y, sobre todo, un libro que, tal y como otros hicieron en su día, renueva los puntos de vista desde los que acercarse a la tauromaquia aportando soluciones muy novedosas que pueden cambiar la forma de interpretar muchos aspectos, algunos de ellos vírgenes de interpretación hoy en día. También sirve de introducción, de preludio a lo que, en sólo unos pocos años, podrán decir algunos jóvenes aficionados de hoy. Jóvenes que se identifican con los argumentos de Paco Aguado aunque sólo sea porque están libres de tópicos y parten de la reflexión sincera y libre de ataduras. En otras palabras, que este libro hay que comprarlo, que se volverá a él con el tiempo, como motivo inaugurador, como motor de arranque, como iniciador necesario de lo mucho que queda por escribir. Y todo, como Morante, como Baudelaire: sublime sin interrupción.

Twitter: @PabloHernanz via http://entretoroytoro.blogspot.com/

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