2016: El año en que nos dejó El Pana

Por Alcalino.

Hablar este duro fin de año de Rodolfo Rodriguez resulta problemático para un medio insensible y desinformado, que ha elegido la servidumbre y el conformismo más gris. Su muerte, como su vida, les pasó de noche a los taurinos del país, que sólo se preocupan por lo inmediato en detrimento de lo valioso. ¿Valía El Pana, como París, una misa, aunque fuera de difuntos? Porque ni eso tuvo para él nuestro rastacuero medio taurino. El mismo que, con sus más y sus menos, se adhirió sin rechistar al veto decretado en su momento –el gran momento de Rodolfo Rodríguez, cuando pudo y debió revolucionar una fiesta aletargada y monocorde– por los mandamases de entonces, a quienes el impetuoso panadero de Apizaco debió parecerles un paquete excesivo, un asustante torbellino, imposible de someter y controlar dada su connatural rebeldía y claridoso verbo.

REY DE LOS EXCESOS. Porque en Rodolfo todo era excesivo: el individuo, el personaje y el torero, una trinidad digna de cuidadosa distinción. En las entrevistas, siempre aludía a El Pana en tercera persona –“El Pana no se raja”, “El Pana va el domingo a Guadalajara”, “El Pana no estuvo a la altura de ese toro”, etcétera–; cuando una vez le pregunté la razón, respondió, impertérrito, “Porque éste que habla es un individuo anodino y sin historia ni trascendencia como ser humano… Pero El Pana es otro boleto… es el único que puede salvar a Rodolfo Rodríguez, si es que Rodolfo Rodríguez aún merece salvarse… Porque de donde vengo (el alcoholismo) ya no hay lugar para la soberbia, para la avaricia ni para otra esperanza que no sea en Dios… Sólo los que han caído hasta el fondo saben de qué estoy hablando.”

EL PERSONAJE. Conversador fascinante el Brujo de Apizaco. Y un genial comunicador, sólo hace falta ver en youtube cualquier entrevista suya, en México o en el extranjero, compendio y suma cada una de ellas de retahílas espontáneas, enunciadas desde ese don tan suyo para decir las cosas más insólitas con un desparpajo y una gracia nunca exentas de jiribilla, originalidad y riesgo. Sus juegos de palabras no buscaban caer bien sino poner su alma, y la del toreo, al desnudo; soltaba el tipo de verdades –o de puntos de vista– más incómodos y audaces, aireando a viva voz lo que la corrección política o la conveniencia personal aconsejan mantener a resguardo.

Como en la arena y frente al toro, El Pana, ante el micrófono, era capaz de salir por el lado más inesperado, y exponer cosas que la lidia canónica –el sentido común– manda callar. O inventarse un artilugio barroco para ir directo al grano, si vale la contradicción.

TODOS CONTRA UNO Y UNO CONTRA TODOS. Lo malo del caso es que ese modo suyo tan frontal –en El Pana todo era excesivo– apuntó desde muy temprano, en evidente error de cálculo, contra la línea de flotación del entramado taurino de México, que en aquellos finales de los 70, principios de los 80, era un monolito de solidez draconiana, no el tembladeral que tenemos ahora, y que, paradojas de la vida, resulta ser hijo bastardo de aquel pasado y sus avatares, encarnados hasta hace muy poco en uno de los guaruras del entonces amo del tinglado. Ocurría aquello cuando El Pana tenía todo para desarrollarse como torero de gran proyección. Lo que pudo ser y no fue. Para colmo, reconocía Rodolfo, “conforme se fue apagando la estrella de El Pana, fue creciendo su adicción al alcohol”.

INCURABLE ENFERMEDAD. Y es que a la feroz oposición del medio –empresarios amedrentados y cobardones, ganaderos sometidos y exhibicionistas, publicrónica indigna, toreros sin personalidad para enfrentar a los capos del medio con las armas del arte, la inteligencia y el valor–, se sumaba la enfermedad del alcoholismo.

Durante decenios, mientras la fiesta en México se iba diluyendo sin remedio, Rodolfo Rodríguez estuvo siete veces la cárcel, se sometió a incontables curas de desintoxicación, huérfano de afectos fuera del amor de su sufriente madre –Lichita Superstar para Rodolfo– conoció en Cancún a una gringa rubia y guapa a la que “envolvió la brujería de El Pana”, contrajeron nupcias, tuvieron una hija y al cabo se separaron porque “El Pana no se sabe enamorar de las personas ni de las cosas, sabe que todo es pasajero, efímero… y además, el american way of life no se hizo para él”.

Su alcoholismo, dice, viene del pulque, “traicionero y cabrón como el petróleo”; pero acaso estuviera ya en los genes de aquel padre pistolero que casi no conoció y que, según Rodolfo, “tuvo la muerte que se merecía… porque él y mi tío eran de los matones de Maximino Ávila Camacho y sólo podían acabar así”. Caramba con El Pana. ¿O con Rodolfo?

EL TORERO. De las tinieblas de varios decenios de inactividad casi total emergió El Pana para despedirse de los ruedos. O eso, al menos, anunciaron los carteles del 7 de enero de 2007 en la Plaza México. Cayó en su lote “Rey Mago”, un noble toro de Garfias, junto con otro buen mozo llamado “Conquistador”.

Cuenta Fierrerito, uno de sus discípulos, que cuatro meses antes “Dios le dijo al maestro que iba a triunfar en la México”, por eso se empeñó en sonsacarle a Herrerías la corrida del presunto adiós. Esa tarde, El Pana dio siete vueltas al ruedo, le cortó las orejas a “Conquistador” –luego de brindarlo por micrófono a “todas las suripantas, hetairas, meretrices” que lo habían “acogido entre sus pechos y sus muslos y colmado de amor su soledad”–, y dejó para los restos la faena a “Rey Mago”, al que pinchó. “Lo que se suponía que era una despedida –diría después—prácticamente se convirtió en una resurrección”.

Del escritor español Domingo Delgado de la Cámara entresaco estas líneas, dedicadas a El Pana a propósito de una corrida celebrada en la Guadalajara de allá, su mano a mano con Frascuelo del 12 de septiembre de 2014: “Últimamente escribo muy poco sobre toros… Hacer crónicas mediocres de festejos mediocres, donde se repite siempre lo mismo, me parece una tarea plúmbea e improductiva… Pero después de ver la actuación de Rodolfo Rodríguez “El Pana” en Guadalajara sacudo inmediatamente mi abulia y pongo manos a la obra. Porque de este suceso sí que merece la pena escribir… Salió el sexto. El Pana, al hilo de las tablas, dio unos lances de muy difícil definición. Sin toro daba una especie de farol, que terminaba en una verónica cuando el burel llegaba a su jurisdicción. Estos lances, cuyo nombre ignoro, levantaron un clamor. El Pana cogió las banderillas, puso dos pares al quiebro y, como remate, el par de Calafia. Este último es una mezcla entre quiebro y violín. En esos momentos la plaza era un auténtico manicomio. Rodolfo dio la vuelta al ruedo tras el segundo tercio, envuelto en una apoteosis formidable… Comenzó el trasteo de muleta con un péndulo emocionantísimo donde el toro estuvo a punto de llevárselo por delante. A continuación, tres largos derechazos de gran sabor, y el toro se paró. Una lástima, si solamente hubiera aguantado veinte muletazos, El Pana le hubiera cortado el rabo. Así y todo, cortó una oreja después de tres pinchazos. Las peñas de mozos estaban como locas, cantando desaforadas “El Pana es cojonudo, como El Pana no hay ninguno”. Rodolfo dio dos vueltas al ruedo con la oreja del toro de Criado Holgado en la mano. Al final, fue abordado por todos los peñistas en olor de multitud. Frascuelo, que había estado muy bien, abandonó la plaza en medio de la indiferencia. Todo el protagonismo lo absorbía el Brujo de Apizaco, es decir, El Pana… Pero ¿cómo se explica todo esto? A la primera conclusión que llego es que desde El Cordobés no ha habido torero con tanto magnetismo personal… La segunda, que el empresariado taurino mejicano es de una estupidez monumental.

¿Cómo es posible que dejaran parado a un torero así?, ¿Cómo es posible que haya estado vetado durante tantos años, sumido en un pozo de miseria? El Pana era el hombre perfecto para sacar a la fiesta mejicana de la mediocridad en la que lleva años instalada. Además, los empresarios se hubieran hecho de oro con él. Pues no, prefirieron apoyar a un montón de toreros que no valían nada. Tanta estupidez es inaudita… El Pana no sólo hace suertes insólitas, además es un gran artista. La faena que hizo al toro “Rey Mago” en la Plaza México, en 2007, es de una belleza desgarradora. Se trata de uno de los trasteos más inspirados de la Historia del Toreo. Sólo por esto, El Pana debería ser un mito”.

LA MUERTE. Compañera inseparable, El Pana la conoció y la trató de cerca mucho antes de que ella saliera a su encuentro, el pasado 2 de junio, en un hospital de Guadalajara. “Los toros salen a hacer lo suyo, a pegar cornadas… Llevo 20 medallas en el cuerpo, porque para torear y casarse hay que arrimarse. No hay sacrificio sin gloria ni gloria sin sacrificio.”
Fue chícharo de tahona, repartidor, oficial y maestro panadero, bizcochero y francesero. Su única fuente de felicidad —la fugaz, la auténtica–, la vivió como torero. “Si le pidiera a Dios más de lo que ya me ha dado me mandaba a tiznar a mi madre… Pero me daría mucha tristeza acabar mis días atropellado por el camión de la basura y no en el ruedo”.

Parece como si “Pan Francés” –¿quién bautizó así al torito colorado y cornigacho de Guanamé?– lo hubiera escuchado. Rodolfo Rodríguez, roto, inválido, agonizó durante un mes largo. El Pana, su mito, pertenece a la eternidad.

Publicado en La Jornada de Oriente

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