CONTRAQUERENCIA | TERCERA DE FERIA DE SAN ISIDRO 2017: Tres avisos


Por Jorge F. Hernández.

Se escucha el primer aviso de un desahucio no en la variable multitud ajena a toda tauromaquia que se reúne para exigir la desaparición de las corridas de toros, sino en los propios gazapos, atropellos y erratas que de pronto parecen volverse costumbre en el transcurso de una lidia donde los toros relucen su mansedumbre, además peligrosa, y en particular la del llamado “Carapuerco Segundo” que salió a a la arena con ganas de brincar al callejón, huir de nuevo al campo y pintarse de rosa las pezuñas, con ese trotecillo de vaca lechera que compartió con otros de sus hermanos lidiados hoy con el hierro de El Pilar

El descaste y eso que llaman equivocadamente falta de raza (pues no dejan de ser bovinos) es un aviso de la coladera por donde nos podemos cargar todo esto en el transcurso de una tarde: animales que aunque sean bien presentados y presuman su trapío en fotos de perfil, luego salen al sol con la nefanda propensión a la distracción con golondrinas, con menos codicia que un niño sin dulces y una abnegada sosería que en nada hace eco de la bravura ancestral de su genética.

El segundo aviso de un probable hundimiento se filtra en la saliva de los propios aficionados que pasan de la justificada protesta por cualquier desorden o desgracia de la lidia al abierto encono encolerizado, ensañándose con un torero al que apenas hace una docena de meses recibía de pie por el milagro de su resurrección y la epifanía innegable de un faenón de dos orejas y Puerta Grande. Hay días en que la mala leche se descuelga de los tendidos de Las Ventas (desde los aplausos sincronizados de los llamados puristas y el necio gritito de quien se cree geómetra de la posición perfecta de las zapatillas sobre la arena sin ayuda de catalejos) pero también en la ira que se ha manifestado en ciertos estadios de futbol y quizá incluso en el otrora impecable silencio de las canchas de tierra batida del tenis.

El tercer aviso suena en el silencio de la tinta más bien biliar con la que ciertos sabelotodos opinan por opinar y confunden la etimología del héroe o del heroísmo con la engañosa miopía de glorificar lo banal, enaltecer lo cotidiano o descontextualizar el aura de los toreros avalando entonces la supuesta heroicidad de los narcotraficantes ya como personajes de Netflix o ¿será que en verdad es un héroe el malencarado conserje de un edificio que duerme todo el día y desatiende las labores de su oficio, mientras lee a deshoras la correspondencia de los inquilinos con el auxilio de la llave maestra de los buzones?

Publicado en El País

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FERIA DE SAN ISIDRO: Ángel Otero, torerísimo en banderillas


David Mora escuchó los tres avisos y una bronca tras fallar reiteradamente con el descabello

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Por Antonio Lorca.

Cuando Ángel Otero, miembro de la cuadrilla de David Mora, levantó los brazos en los medios de la plaza y llamó la atención del segundo toro de la tarde, Las Ventas guardó el silencio que demandan las grandes ocasiones. Su oponente lo esperaba en la raya del tercio, y la preocupación general tenía más que sobrados motivos. El toro, manso de libro, huidizo y acobardado, de violentísimo y dificultoso comportamiento, se engalló, lució al cielo sus astifinos e inició un veloz y fiero acercamiento hacia su presa.

Se presagiaba que algo grandioso o dramático estaba a punto de suceder. El hombre, engrandecido en su propia heroicidad ante la mirada inquisitoria y admirativa a un tiempo de miles de corazones encogidos, corrió hacia el toro y en una fracción de segundo, de esas que parecen eternas, se produjo el encuentro entre la fuerza bruta del toro y la inteligencia torera del banderillero. Cuadró Otero a la distancia y el momento justos, levantó los brazos con gallardía, y en ese instante fugaz en que el animal busca con codicia el pecho del hombre, clavó en todo lo alto un vibrante par de banderillas mientras la plaza entera respiró, se levantó, aplaudió y gritó, todo a un tiempo, como expresión de una conmoción y un descanso, también, ante el evidente peligro que se avecinaba y la claridad de ideas del torero. La ovación fue ensordecedora, como tenía que ser. Las Ventas acababa de vivir uno de esos momentos por los que merece la pena ser aficionado a los toros. Un grandioso par de banderilleras, un destello taurino para la historia y un recuerdo imperecedero.

Ese toro tuvo su aquel. Salió de toriles huidizo y corretón y no obedeció al capote de su lidiador. De pronto, se acercó a las tablas, y dio un salto con evidente intención de averiguar lo que se escondía en el callejón. No alcanzó su objetivo, pero introdujo la cara, con sus astifinos pitones, y su largo cuello. Un alguacilillo que oteaba el horizonte a un par de metros, se quedó petrificado. No era para menos. Pero el asunto fue a más. Curioso el animal, se olvidó del capote de Mora, volvió a tablas, tomó esta vez un nuevo impulso y consiguió meter casi todo el cuerpo en el callejón. No tuvo la fortaleza suficiente para superar la altura y cayó en la arena como un fardo con toda su pesada anatomía. No se rompió por fuera, pero el porrazo sonó ¡plommmm!, y vaya usted a saber los destrozos que hizo por dentro. Este segundo suceso acaeció frente a una pareja de la Policía Nacional, bien resguardada en un burladero, y para los servidores públicos quedó el susto.

Además de la torería de Otero y la áspera mansedumbre del toro saltarín, poco más sucedió en el ruedo. Bueno, según se mire. David Mora escuchó los tres avisos en el quinto tras protagonizar un penoso sainete con el descabello a un toro noble y soso con el que no llegó a entenderse con la muleta cuando se esperaba faena grande. Decepcionó Mora ante un toro noble pero no tonto que exigía una muleta firme que no encontró. Había brindado la faena del manso segundo, pero ni el toro quería embestir ni el torero mostró la confianza necesaria. Fue despedido de la plaza con una gran bronca, como mereció su olvidable actuación.

Cinco grandes verónicas, de menos a más, ganando terreno en cada una de ellas, y firmadas con una gran media en el centro del ruedo fue lo notable de una actuación tristona de Diego Urdiales. Se las vio, en primer lugar, con un toro con clase y sin fuerzas con el que dibujó una preciosa tanda de redondos y un par de naturales en una labor incompleta y con destellos deslumbrantes. Algo importante faltó, y todo quedó desmadejado. Manso y sin calidad fue el cuarto y todo acaeció en silencio.

Garrido tampoco tuvo oponentes aptos para el triunfo. Demostró de nuevo, eso sí, que maneja el capote con soltura, hondura y gracia, y que le sobran entrega, agallas y constancia para intentar el triunfo. El tercero no se tenía en pie y llegó a echarse en la arena en el curso del último tercio; volvió a colocarse en el sitio ante el sexto, al que le robó algunos muletazos estimables antes de que el público, cansado de tanta blanda mansedumbre, le obligara a que montara la espada.

EL PILAR / URDIALES, MORA, GARRIDO

Toros de El Pilar, bien presentados, astifinos, blandos, mansos, nobles y descastados

Diego Urdiales: metisaca _aviso_ estocada y cuatro descabellos (silencio); estocada (silencio).

David Mora: pinchazo, pinchazo hondo y tres descabellos (silencio); media estocada _aviso_, nueve descabellos _2º aviso_, y siete descabellos _tercer aviso_ (gran bronca).

José Garrido: estocada baja (silencio); estocada (silencio).

Plaza de Las Ventas. Tercera corrida de feria. 13 de mayo. Casi lleno (19.538 espectadores).

Publicado en El País

Así fue el día en que dejó de sonar la música en Las Ventas

Los partidarios de Marcial Lalanda y Domingo Ortega tuvieron algo que ver. En días de San Isidro, conviene recordar algunas cosas.

Por  KARINA SAINZ BORGO.

La anécdota la recordó hace poco Morante de la Puebla en una tertulia en Madrid. Lo hizo de pasada, ciñéndose solo a la trifulca. 

Pero como la historia –a la manera de algunos astados- a veces hace hilo, conviene enhebrar muy bien el estambre para no perder el rumbo. 

La plaza de toros de Las Ventas es la única* en todo el mundo en la que la banda de música no interpreta ni una sola pieza durante las grandes faenas. ¿Existe un motivo concreto? Sí.

Todo ocurrió el 24 de mayo de 1939, vale decir que el solo nombre del festejo concitaba al silencio y al oprobio. Ocurrió en La Corrida de la Victoria. Funesta vitola para aquella tarde. La Guerra Civil Española había llegado a su fin en un país en el que todos amanecieron derrotados, sembrados de muertos y miedos. Aquel fue el primer festejo taurino que se celebraba en Madrid tras la contienda y que hasta esa fecha había funcionado como huerto. La actividad taurina se había interrumpido con una novillada el 22 de julio de 1936.

Aquel agrio regreso para una nación hambreada y fantasmagórica tuvo un desenlace áspero, como el aire que se respiraba en aquellos días. El cartel lo integraban el rejoneador Antonio Cañero y los espadas Marcial Lalanda, Vicente Barrera, Pepe Amorós, Domingo Ortega, Pepe Bienvenida y Luis Gómez, “El Estudiante”.

Durante la faena de Marcial Lalanda, en el primer toro de la tarde, el público pidió música para acompañar la muleta del diestro de Ribas del Jarama. Los músicos interpretaron el paso doble en su honor. 

El asunto no habría ido a más de no ser porque en la faena de Domingo Ortega, en el cuarto toro, no sonó ni una nota. Así que los partidarios del toledano montaron en cólera y se armó una tángana. A partir de entonces en Las Ventas no se concede la floritura musical al último tercio, que normalmente retumba en muchos sitios excepto en el coso venteño.

* La autora del artículo quizás por olvido o desconocimiento señala que Las Ventas es la unica plaza en el mundo donde no suena la banda en el ultimo tercio, siendo esto incorrecto, ya que en la Plaza México las faenas de muleta tampoco son acompañadas con música.

Publicado en Voz Populi