El verano sangriento de Hemingway.

Ernest Hemingway, escritor, icono americano, corpulento, con el pañuelo rojo al cuello y su pelo escaso escondido bajo su eterna gorra ladeada. Aparece todavía en la memoria de los que lo conocieron en España, sentado en algún bar ante su mesa habitual, con su eterna copa, rodeado de un sequito de mozos vestidos de blanco y con pañuelos rojos también…..

DE SOL Y SOMBRA

Dominguin (con camisa negra), el escritor norteamericano Ernest Hemingway (junto a Ordoñez) instantes que plasmo en su libro “Verano Sangriento”. Dominguin (con camisa negra), el escritor norteamericano Ernest Hemingway (junto a Ordoñez) en algunos instantes que plasmo en el articulo que escribio en exclusiva para la revista LIFE al que titulo “Verano Sangriento”

Recordando el verano sangriento del 59, de Ernest Hemingway, en el cual se desarrollaron varios hechos sangrientos en los ruedos de España, que comenzaron en La plaza de toros de Valencia.

Por Luis CuestaDe SOL y SOMBRA.

Ernest Hemingway, escritor, icono americano, corpulento, con el pañuelo rojo al cuello y su pelo escaso escondido bajo su eterna gorra ladeada. Aparece todavía en la memoria de los que lo conocieron en España, sentado en algún bar ante su mesa habitual, con su eterna copa, rodeado de un sequito de mozos vestidos de blanco y con pañuelos rojos también. Más allá de los ojos del escritor, asomados a traves unas pequeñas gafas de montura metálica, su…

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Antonio Ferrera, una nueva y clásica concepción de figura del toreo

Por Antonio Lorca.

Si el mundo del toro estuviera vivo y palpitante y le preocupara recuperar la emoción perdida, estaría hoy devanándose los sesos sobre el paso trascendental, histórico y revolucionario de Antonio Ferrera por la Feria de Abril de Sevilla.

Lo de menos es que haya sido el triunfador absoluto del ciclo. Lo más importante es que se que presentó en la Maestranza con el tarro de la esencias del toreo en sus manos, conmovió a la plaza, la llenó de pasión y se erigió en la más grata e inesperada sorpresa de la feria. Por una vez, no importaron las orejas -solo paseó una en sus dos comparecencias-, sino la torería, ese concepto tan etéreo y profundo a un tiempo, que se inocula en las entrañas cuando un señor vestido de luces se siente un artista heroico.

Ferrera enamoró a Sevilla, y en su ruedo quedó ungido como gran figura del toreo. Como nueva figura, entiéndase, porque el torero venía de una muy larga convalecencia y una meritoria evolución de su trayectoria, aunque incardinada en la zona media del escalafón e incluido entre los diestros banderilleros, poseedores de una tauromaquia técnica y festiva, tan espectacular como carente de hondura.

Pero ese Ferrera ya es historia. El nuevo es un torero transfigurado, que ha aprehendido el toreo clásico y desempolvado la intensa variedad de la lidia desde que el toro se hace presente hasta que es arrastrado por las mulillas. Ferrera se emborrachó de toreo a la verónica, explicó que puede ser un arte acercar el toro al caballo y convertir en magia el instante de la salida. Ilusionó a la plaza con perdidas e ilusionantes ondulaciones de su capote; explicó, también, -nadie es perfecto- que las banderillas pueden, y deben ser, un aditamento prescindible en su interpretación torera, y se engalló, altivo, seguro, torerísimo, con la muleta ante un toro fiero y encastado como fue Platino, de Victorino Martín, con el que luchó -eso es la lidia- a vida o muerte, y desparramó gracia y sentimiento ante los toros de El Pilar.

En fin, que la Maestranza quedó arrebatada y conmocionada ante un torerazo.

¿Y ahora qué?

Pues, lo más probable es que no suceda nada, porque el sistema, los que mandan, los taurinos -en una palabra, las llamadas figuras y sus entornos- no van a permitir que Ferrera se les suba a la parra porque haya estado bien en Sevilla. No pertenece a la élite, y harán lo posible por que permanezca en la zona que, entienden, le corresponde.

Ferrera ha demostrado que otra lidia es posible y que el toreo tiene futuro.

Pero lo que ha sucedido es que Antonio Ferrera ha dejado en ridículo a los de arriba, a quienes se pasan la vida exigiendo toros, dineros, fechas y compañeros y esperan cada tarde a que suene la flauta del toro ennoblecidamente tonto.

Ferrera ha demostrado que hay toros y toreros para recuperar la emoción, que es posible otra lidia, que las variantes de capote y muleta son infinitas, y que el toreo tiene futuro.

Esa ha sido la gran aportación de su paso por Sevilla. Bueno, y algo más: que ha nacido una nueva y clásica concepción de figura, basada en la lidia total, en el poderío, la inteligencia, la técnica y el buen gusto.

¿Y, ahora, qué? Probablemente, nada. Los taurinos no permitirán la renovación

Si el mundo del toro estuviera vivo y palpitante, sometido a la dignidad y a la necesaria innovación de todo espectáculo moderno, las figuras actuales tomarían buena nota de la gesta de Ferrera, se replantearían sus toros y sus tauromaquias y aceptarían la competencia como ingrediente básico para la emoción.

Lamentablemente, y casi con toda seguridad, eso no ocurrirá. La fiesta continuará por sus derroteros de siempre; a Ferrera le costará un mundo desprenderse de su etiqueta de torero banderillero; nadie -se hacen apuestas- le ayudará a situarse en el lugar preeminente que se ha ganado en el ruedo, y todo seguirá igual, a no ser que un fenómeno extraterrestre, y, como tal, inesperado y extraño, lo modifique.

A pesar de todo, quede constancia pública de que este torero se ha convertido en la gran esperanza blanca de la tauromaquia actual; ha devuelto la ilusión a los pocos aficionados que va quedando y ha contribuido a la euforia desmedida del público festivo y alborotador que inunda las plazas.

Le queda Madrid, que no es examen liviano; su primera cita, el 21 de mayo, con toros de Las Ramblas, y la segunda, el 9 de junio, con los de Adolfo Martín.

Ojalá su paso por Las Ventas sea un reflejo de la torería que ha desparramado en la Maestranza…

Publicado en El País Blogs

Feria de San Isidro: Primera de rejones y primer rejonazo en la frente

Mansa y blanda corrida de Benítez Cubero y buena doma de Andy Cartagena

Por Carlos Ilián

Primera tarde de rejones y primer rejonazo en la frente. Aparte de la doma de Andy Cartagena, especialmente con su caballo Luminoso, que lució en piruetas en el cuarto y el toreo muy ajustado en quiebros de Sergio Galán en el quinto, la tarde ha sido un desfile de mansos entre caballazos y galopes. 

Manuel Manzanares, que se llevó un lote infumable, tuvo destellos en el sexto, insuficientes para salvar un final tristón y que deja en blanco la primera de las cuatro tardes del toreo a caballo de este San Isidro.

Se comprende que para las empresas estas corridas de rejones suponen un negocio suculento: bajo presupuesto y buena taquilla, al margen de evitarse problemas en cuanto a la presentación de los toros y de contar con un público sin exigencias y muy triunfalista. Pero, en general, con excepciones, estos festejos suponen el día de asueto de los aficionados. Ya se sabe: la de rejones, un rejonazo.

Plaza de Madrid. Cuarta corrida. Tres cuartos de entrada. 

Toros de BENÍTEZ CUBERO/PALLARÉS (3), mansos y blandos. 

ANDY CARTAGENA (6), saludos en ambos. 

SERGIO GALÁN (6), silencio y vuelta. 

MANUEL MANZANARES (4), silencio en ambos.

Toros Marca

¿La Fiesta en Paz? Escaso pan y pobre circo es jugar con lumbre


La excepcional expresión torera de Pepe Murillo sólo es comparable con la absurda marginación de que ha sido objeto por parte de las empresas. Foto Archivo.

  • Escaso pan y pobre circo es jugar con lumbre
  • Pepe Murillo o el arte de la paciencia

Por Leonardo Páez.

Cuando hay talento político, el alimento no escasea y abunda el divertimento organizado, pero cuando se lleva décadas instalado en el amateurismo, en el aprendizaje a costa de la ciudadanía, en las complicidades abiertas o mal disimuladas, en la dependencia postrada y las corrupciones alegres, en la falta de correspondencia entre lo que se dice y lo que se logra, la olla amenaza con explotar ante la escasez de pan y reiterada mediocridad del circo.

Héctor Azar, inolvidable maestro de teatro y de vida y taurófilo pensante, afirmaba: Al público no hay que darle lo que pida, sino enseñarlo a pedir. Y sí, en la palabra enseñanza es donde los regímenes de débil democracia tuercen el rabo, pues lo último que les interesa es un pueblo instruido consciente de sus derechos y posibilidades de desarrollo. En las décadas pasadas esto se ha traducido en una paulatina degradación de la calidad de vida mexicana, incluida una mezquina oferta de espectáculos a cargo de instituciones, medios electrónicos y empresas.

El reciente bofetón a cargo de la televisión privada –sobre todo de imaginación y responsabilidad social– con motivo del publicitado combate entre un boxeador sobrevaluado y un púgil de dinastía, confirman que la corrupción permea la vida nacional y la autorregulación de los concesionarios, solapada por la autoridá, no contribuye a fortalecer espectáculos ni a atenuar el creciente descontento.

El tíololismo padecido durante 23 largos años por la anterior empresa de la plaza México y avalado por taurinos, autoridades, medios y afición, es un golpe del que la fiesta de toros en el país probablemente no se recupere. Sin embargo, la vocación taurina de México aún posee recursos humanos y animales para corregir rumbos y repuntar posicionamientos.

Los recientes seriales de Texcoco, Aguascalientes y Puebla, con carteles convencionales y ganado de escasa emoción, confirman una realidad: si no se pone el énfasis en ganado más bravo, no de falsa garantía –la tauromaquia es azar, no toreografía predecible–, que anime al público a ir a ver toros con emoción y toreros dispuestos y diferentes, entonces los escenarios se verán cada día más vacíos.

Tras sus sorprendentes actuaciones en la última etapa de la temporada 2016-2017 en la plaza México –ante reses exigentes, primero de Marco Garfias y luego de San Marcos–, el torero tapatío Pepe Murillo –30 años de edad y nueve de alternativa, que no confirmó antes por el capricho inepto de la empresa anterior– ve pasar el tiempo entrenando y practicando el arte de la paciencia o ciencia de tu paz, como dijo el gurú.

¿Por qué sorprendentes? Porque en sus dos comparecencias, Pepe Murillo, con una sola corrida el año anterior, supo decir más, bastante más, que la mayoría de los toreros que se presentaron a lo largo de la temporada. ¿Y qué es decir delante de los toros? Realizar las suertes con absoluta naturalidad y elocuente expresión, sin más propósito que sentir lo que se está haciendo y hacérselo sentir al público. Eso es privilegio de unos cuantos que suelen torear medio centenar de corridas al año. Si este Murillo, con una sola tarde en 2016, sorprendió por su quietud, juego de brazos y cadencia con capote y muleta, ¿qué no hará si torea con más frecuencia? 

Señores empresarios: en matadores como Pepe Murillo hay posibilidades reales de tauromaquia expresiva, de interés masivo y de rivalidad en serio. Sacúdanse la rutina en la conformación de sus carteles.

El extorero que fue nazi: la vida de película de Álvaro Ortega

Compartió cartel con El Juli, Morante o Ponce antes de tatuarse la esvástica en el costado. El boxeo lo sacó de los skinhead y de la soledad de quien tuvo todo y lo perdió.

Por Pepe Bahorona.

Fotos: Fernando Ruso.

Lo miro a la cara y trato de escudriñar el torero que un día fue. Mentalmente le pongo pelo, le quito los tatuajes de la cara, trato de adelgazarle el ancho cuello, corrijo su nariz chata de boxeador y le pinto un traje de luces. Pero nada en él recuerda a quien tomó la alternativa con Fran Rivera y Javier Conde delante de Naranjito, un morlaco de 575 kilos de la ganadería de Ramón Sánchez Ybargüen. Lo imagino en el patio de cuadrillas, colocándose bien el capote para iniciar el paseíllo, rozando con la punta de sus manoletinas el amarillo albero, ajustándose la montera con esa liturgia aprendida en años. Pero abro los ojos y no es eso lo que veo.

Está ahí, es él, andando despreocupado entre mancuernas, con un holgado chándal negro y un cuerpo bruto, contundente, fuerte. Intuyéndole algún que otro tatuaje neonazi en el rostro. Rodeado de púgiles, sigo sin ver a Álvaro Ortega, el matador de toros que se paseó por Las Ventas, laMaestranza, Aguascalientes, Nimes…

Conocí a Álvaro Ortega hace unos tres años, en el gimnasio de Antonio ‘El Bigotes, un entrenador de boxeo cercano a los setena años que usa el deporte para sacar a jóvenes de sus vidas turbulentas. Álvaro ya estaba ahí, como uno más, corrigiendo a los combatientes en el cuadrilátero y arengando a los nuevos valores del pugilato sevillano.

En mis breves visitas a ese templo del boxeo sevillano nunca adiviné que el gran proyecto de El Bigotes era él. Antonio llevaba ya años trabajándose a quien fue matador de toros y skinhead, por ese orden y nunca al mismo tiempo.

Porque antes de que Álvaro Ortega paseara por Madrid su cabeza calva y su estética neonazi, de meterse en mil y una peleas, de que lo encontraran con la cabeza abierta y solo en la calle, ese mismo Álvaro había pisado el ruedo de Las Ventas. Y cortado orejas. Llenando de ceros su cuenta corriente.


El torero Álvaro Ortega, de 35 años y natural del sevillano pueblo de Alcalá de Guadaíra, fraguó en su pueblo su amor por la tauromaquia. Dio los primeros capotazos en la escuela taurina local y tanteó a su primera becerrita en la antigua plaza, donde mataba Curro Romero. El diestro de Camas fue el primero que advirtió un talento destacado y pronto, a los 16 años, el niño Ortega se hizo profesional.

—¿Cuándo tuvo la certeza de que podía vivir del toro?

—En el 98 toreé 64 tardes de novillero. Muchas de ellas junto a al Juli. Para los dos fue nuestro primer año de novilleros. De hecho, en la primera corrida televisada de El Juli yo estaba con él. Fue en Pamplona, en los Sanfermines. Coincidíamos en muchos carteles. Ahí empecé a ver que se movía la cosa, que me llamaban, que salían contratos… Y supe que iba a vivir del toro. Tenía maneras y cualidades, y mi vida cogió nivel. Pero el toreo es, como cualquier profesión del mundo del arte, muy cambiante y hay que regarla con muchos triunfos…

Tomó la alternativa en 2006, en Ciudad Real, de mano de Fran Rivera y Javier Conde. “El día que sueña todo el mundo”, recuerda Álvaro a EL ESPAÑOL. “Hay mucha gente que sueña con ser torero, pero pocos consiguen ser matador de toros. Y yo lo hice”, subraya.

Ambos estamos subidos al ring. Álvaro, literalmente, próximo a las cuerdas. Y el pitido que anuncia el principio y el final de casa asalto suena puntual cada tres minutos. Sigo buscando al torero y no lo consigo.

COMPAÑERO DE MORANTE, EL JULI, EL FANDI, PADILLA…



Pero lo cierto es que lo fue. El torero Álvaro Ortega tuvo la suerte de competir durante cuatro años con los mejores matadores. Morante de la Puebla —para él es José Antonio, y todavía coinciden—, El Juli, Padilla, el Fandi o, en festivales benéficos, con Espartaco, Curro Romero, el maestro Paula o Pepe Luis Vázquez. Ha confirmado la alternativa en Madrid, en Sevilla, toreado en Pamplona, Bilbao, Tarragona, Gerona, Zaragoza, Valencia o Alicante. Y en Francia, en Arlés, Nimes, Bayona, Mont-de-Marsan… También en Latinoamérica, cuatro años de temporada, en Colombia, Bogotá; después México, en Aguascalientes, Texcoco…


De vez en cuando, muy de vez en cuando, alguno de sus antiguos compañeros de cartel lo llama en el aniversario de alguna buena corrida. “Y lo entiendo, es un modo de vida, cuando sales de ahí, sales para siempre”, advierte Ortega.

—¿Se sigue sintiendo torero?



—Sí. Porque el torero nace y después se hace. Sin la cabeza tatuada y con el pelo largo, me miro al espejo y sale ahí el personaje. Cuando tengo algún paño en la mano, o una toalla, siempre pego algún muletazo. Algo queda. Pero no es como antes, que me sentía torero las 24 horas del día. Olía torero, respiraba torero, andaba torero… hasta para tomarme un café, me lo tomaba en torero. Y algo queda.

—¿Cómo entiende el toreo?

—Muy puro, despacito, enganchando muy adelante, llevándolo muy atrás y muy toreado. Un toreo de la escuela sevillana, más artista, lo que mamamos aquí, muy distinto del toreo castellano. El sevillano tiene otra pinturería, otra forma de andar…

Y ahí sale el torero. Álvaro habla como torero y se mueve con la armonía y las formas de un matador de toros. Elegante, templando el movimiento de sus manos, corrigiendo su postura y buscando las respuestas en lo que queda del que tantas tardes de gloria dio a la afición. No hay tatuaje que emborrone su imagen de torero.

—¿Le gustan los toros?

—Me gustan. Ha sido mi vida y lo respeto. Estoy a favor de ellos. Pero pasaron a segundo plano. Por fuerza, por ley de vida. Porque mi prioridad es ahora el boxeo, mi trabajo y la casa de Antonio El Bigotes.

2010, EL AÑO DE LA RETIRADA



Su carrera como matador de toros duró cuatro temporadas. En la de su retirada, en el año 2010, participó en una treintena de corridas. Y bien elegidas. Pero sus problemas conyugales apartaron al diestro de los ruedos. Llegó el divorcio de su mujer y también del que había sido su apoderado, Luciano Núñez. Y decidió tomarse un año sabático para ordenar su vida. “No tenía la cabeza para torear y preferí parar antes que tener tres malas tardes, lo que me hubiese pasado factura profesionalmente”.

—¿No supo digerir el éxito?

—Me llegó el triunfo muy joven. Y a toro pasado, nunca mejor dicho, sí veo mis errores. Creí que los éxitos nunca se acabarían, que los amigos siempre iban a estar ahí… pero se acaba, hasta tal punto que te ves solo, solo, solo, solo. En esas tardes malas de hoteles vacíos. Cuando nadie va a verte. Y te duele esa hipocresía y te da un pellizco en el corazón. Y empiezas a crearte una coraza, y tú mismo te vas cerrando las puertas. Y no dejas que nadie entre. Desconfías. Y ahí empezó la otra vida.

—¿Y a dónde llegó esa otra vida?

—Al polo opuesto. De ser un matador de toros con una proyección envidiable, toreando en carteles buenos, a pasar a lo que no quiere nadie estar. Así de radical.

—¿Qué es ‘donde nadie quiere estar’?

—Me cogió una época dura de mi vida. No me quería nadie porque no me quería ni yo. Y llené el calor humano que iba buscando con una banda. Ellos fueron los únicos que me dieron un poco de calor. Nunca estaba solo. Siempre había 25 o 30 personas a mi alrededor. No fue lo que buscaba, pero en ese momento me sirvió. Pero lo que gané con eso fue agrandar más la bola. Y entrar en un mundo de delincuencia.

Cuando Álvaro habla de una banda se refiere a una de ideología neonazi. Y en su día, cuando ya no compraba casas y coches de lujo con el dinero de las corridas, cuando se vio en la calle solo y sin un duro, el torero Álvaro Ortega dejó de serlo para convertirse en un skinhead. De esos que van por ahí dándole palizas a la gente. Llegó a cobrar nueve millones de pesetas por una tarde en Pamplona; ahora se dedicaba a cobrar deudas por encargo.

“Si había algo que cobrar, ahí iba yo. Y pagaban. Sí o sí. Y cobraba quien me mandaba y también yo”, recuerda.

Seguimos sobre el cuadrilátero. Y Álvaro ha dejado de ser el torero y se parece al matón que fue. Ha perdido la pinturería de su mano izquierda y sus gestos son vehementes. Ahora veo sus tatuajes.

TATUARSE PARA NO VOLVER A LOS TOROS

El 88 junto a su ojo izquierdo. Ochenta y ocho, la duplicada correspondencia con la octava letra del alfabeto latino, la H. HH, o lo que es lo mismo, Heil Hitler. O, junto al derecho, el número 14, en referencia a las catorce palabras pronunciadas por David Lane, creador de los Nacionalistas Blancos: “Debemos asegurar la existencia de nuestro pueblo y un futuro para los niños blancos”. En el cuello, una runa Odal, vinculado a ejército nazi y a la grupo terrorista de supremacía blanca Boeremag de Sudáfrica. Y en el torso, una esvástica del tamaño de una mano.

Los tatuajes significaron el punto y aparte, el adiós al mundo del toro. “Necesitaba cortar de forma radical con mi vida de antes, con el toreo, y se me ocurrió la brillante idea —ironiza— de tatuarme la cara y el cuello. Y ahí ya no había marcha atrás. Siempre dejaba puertas abiertas para volver a ser matador de toros. Y con los tatuajes logré cerrarla para siempre. Porque no quería nada de mi pasado”.

“La gente dice que no se arrepiente de lo que hace en la vida. Yo sí. Y mucho. Muchísimo. He hecho mucho daño. Primero a mí, después a los míos. Ojalá pudiese echar atrás en el tiempo y cambiar las cosas”, confiesa Álvaro, que se echa a las cuerdas pidiendo un respiro. Pero al reloj todavía le quedan algunos segundos para cambiar de asalto.

—¿Le costó salir de ahí?

—Fue difícil. Porque me hice un nombre y me creé una fama. Y tuve a más de veinte personas a mi cargo. Y no me dejaban salir. Pero salí.

—¿Cómo le llamaban?

—Me llamaban ‘ Calvo o elTorero. Lo escondía, hasta que supieron de mi pasado. Renegaba de mi condición. No lograba asumir que había sido torero y que mi realidad era la que era. De verme llevando diez casas de familia adelante, la del picados, los mozos de espada, los banderilleros… que comían por mí; a verme en lo más bajo de la sociedad. Era complicado.

En sus años de oscuridad, Álvaro, el Torero, rehuía del mundo del toro. No podía ver revistas taurinas, tampoco corridas por la tele. Porque veía triunfando a quienes habían compartido cartel con él y se lo llevaban los demonios. Hoy, en pleno mes de mayo, con muchos de esos compañeros toreando en la feria de San Isidro de Madrid, a kilómetros, en el gimnasio de Antonio El Bigotes, Álvaro Ortega, ex torero y ex skinhead, se vuelve a poner la chaquetilla de uno de sus trajes de luces. No lo hacía desde que se retiró en 2010.

Álvaro ha llegado al gimnasio donde trabaja con los trastos de matar al hombro, como un simple maletilla en busca de una oportunidad. Sobre el ring, con zapatillas deportivas, duda y se grita a sí mismo para decidirse a enfundarse la chaquetilla azul marino y oro. Le cuesta. Con ella puesta, toma el capote y repasa el repertorio de lances. Una media verónica a pies juntos, una chicuelina, otra media belmontina y, de nuevo, una gallosina. Y vuelta a empezar.

Es otro. Sus ojos brillan. Hay ilusión en él.

“Esto era impensable”, reconoce el torero. “Y se lo debo a Antonio El Bigotes y a sus hijos, Marcos y Domi, y a sus mujeres”, confirma Álvaro visiblemente emocionado. “Porque me rescataron en ese momento en el que iba perdido. Y en estos seis años que llevo con ellos, he vuelto con mi mujer, he recuperado a mis hijos, a mis padres, a mis tías, a todos”.

ANTONIO, ‘EL BIGOTES’, EL SALVADOR

El responsable del cambio es un hombre enjuto de pelo y bigote cano. Fuma tabaco negro y guarda la cajetilla en el calcetín. Hace de psicólogo sin serlo, aunque tampoco lo necesita. Tiene un don cultivado en la calle, el semillero en el que germinan chavales que pegan a sus padres, adictos a la droga, cabezas rapadas, seguidores de extrema izquierda y un largo etcétera. Y a todos los entiende. También a los abogados, notarios, actores, policías, directores de cine, ingenieros, economistas y universitarios de toda calaña, que comparten espacio con una ecléctica fauna en el gimnasio de ‘El Bigotes’. Porque de puertas para adentro todos son iguales.

Allí empezó a entrenar el torero Álvaro Ortega sin que nadie le cuestionase ni le reprochase nada sobre su pasado. Y poco a poco El Bigotes lo llevó por el buen camino. Le dio afición, trabajo y familia. Y lo subió al cuadrilátero para competir en la categoría de semipesados.

Pero como boxeador nunca logró igualar a lo que cosechó como matador de toros.

—¿Qué queda en el Álvaro Ortega boxeador del Álvaro Ortega torero?

—Algo queda. La mentalización. También alguna postura torera.

Y las cicatrices de tres grandes cornadas. Una de 33 centímetros en el cuádriceps derecho, otra de 21 y 18 centímetros en el triángulo de escarpa y, por último, una de doce centímetros en el gemelo izquierdo.


“Aunque más cornadas da la vida”, le recuerda El Bigotes’ “Él sabe mejor que nadie de dónde viene y lo que ha conseguido, y él sabe que solo él puede seguir por el camino que le hemos dado en estos seis años”, apunta. “Creo que tiene ilusión y argumentos suficientes como para seguir por ahí, demostrando con su trabajo diario que es posible cambiar de vida, por muy mal que se haya estado”, zanja el entrenador.

—Álvaro, ¿cuál es la medicina de ‘El Bigotes’?

—No tiene una pastilla milagrosa. Son muchas cosas. La forma en la que te habla, cómo te mira… Te entiende porque él es de la escuela de la calle. Y sin hablarle sabe qué te ocurre. Su talante, su sabiduría, el saber estar… Yo se lo tengo que agradecer todo. Todo.

A fin de cuentas, después de conocer las tres versiones de Álvaro Ortega, la de ex torero, ex skinhead y ex boxeador, comprendo que es un joven de 35 años que se ha equivocado. Y trata de enmendar su error.

—Álvaro, ¿le gustaría volver a los ruedos?

—Sí, ojalá me diera alguien la oportunidad. Porque torero se nace, no se hace. Y yo todavía tengo mucho que ofrecer.

Publicado en El Español