¡Dos mil baros! 

Por José Antonio Luna.

No es la manera más positiva de empezar el año, ni modo. Mis propósitos de ver la vida desde la perspectiva de lo bueno y lo optimista, se desploman en la primera semana. Buscaré las mejores escusas para decirlas a mi risoterapeuta, aunque ya sé la respuesta: “¡No te cuentes historias!”, me dirá enérgica en cuanto suelte yo la primera justificación. Pero, ¿qué hago?

Es que me puse a trinar en cuanto vi la lista de precios de los muy caros boletos para la corrida de Tlaxcala el día veinte, anunciando a El Juli y a Sergio Flores en mano a mano, para matar un encierro de Barralva. Los costos de las entradas para ver este entrenamiento de los dos espadas, previo al mano a mano que sostendrán en la Plaza México el próximo cuatro de febrero en una de las dos corridas del Aniversario, están poco menos que altísimos. Los precios van desde los dos mil pesos por una barrera de sombra a –mira tú que poca madre- quinientos pesos en sol general.

Tal vez me equivoque, pero creo que este es un estoconazo muy certero, para darle fin a la tauromaquia mexicana. Esa vieja señora que llegó con los toreros españoles que vinieron en el siglo diecinueve, porque lo de los toros que trajo el primo de Hernán Cortés a Atenco, no fue lo que realmente invitó a venir a la mujer.

O sea, valdrán gorro más de doscientos años de edad, desde Bernardo Gaviño a Antonio Lomelín, hijo, que confirmará alternativa este domingo, pasando por Cuatrodedos, Mazzantini y otros que la trajeron. Sin olvidarnos de los que la amaron incondicionales, toreros románticos y clásicos,  Ponciano, Antonio Fuentes, Machaquito, Bombita, Montes y su “Matajacas”, Gaona –me pongo de pie- y su plaza del Toreo, Belmonte que vino a torear para la dama mexicana; Vicente Segura, Juan Silveti y su dinastía, los Freg y los Liceaga, Pepe Ortiz el de la imaginación desbordada, Armillita y sus herederos y su “Nacarillo”, Carmelo y después Silverio, Balderas vestido de canario y luego, de pena negra,  Solórzano, Arruza y Manolete; Garza, El Soldado, Procuna, los Tres Mosqueteros con su D’Artagnan Paquito Ortíz, Joselito Huerta, Capetillo, Manolo, Eloy y Curro –que sea dicho de paso, se ensañaron con la vieja- El Pana y César Pastor, Valente, Manolito y Belmont, El Zapata, Angelino y muchos otros que no voy a nombrar por economía de tiempo y espacio, que me disculpen. Pasando también por Piedras Negras y San Mateo y Coaxamalucan y La Punta y Zacatepec Jesús Cabrera, Pastejé Santo Domingo y muchas más. A nuestra tauromaquia, ahora vieja y arrugada,  se le vio muy guapa en la plaza de San Pablo y en la Condesa, y en la devaluada Plaza México.

Ya lo hemos dicho, al toreo en México no lo matarán los antis ni los animalistas ni los políticos ignorantes, sino la mediocridad y los abusos de los propios taurinos. ¡Pero, qué listos todos los involucrados en la organización de este mano a mano!. ¿Habrá alguien tan bestia como para pagar dos mil merengues por ver un entrenamiento? Sí, seguro. ¿Habrá alguien que crea real esta competencia entre el viejo lobo de mar que es El Juli y Sergio Flores, que es muy buen torero, pero que no le da el currículo para ponerse al tú por tú con el maestro de Velilla de San Antonio? Sí, seguro. ¿Alguien creerá que entre estos dos toreros hay una rivalidad verdadera? ¿Habrá alguien que crea que los Barralvas van a salir con edad y pitacos como para validar la competencia de este ficticio mano a mano, sabiendo que los protagonistas tienen el gran compromiso a los quince días?

¡Dos mil baros!, me muerdo las uñas de ansiedad por ver las fotos de los felices asistentes.

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Opinión: El honor de un torero


Por Ricardo Ruiz de la Serna.

En España, insultar a los toreros viene saliendo muy barato. Este odio se hace extensivo a los “aficionados” o, con una expresión que tiene más solera, a los “taurinos”. Recordemos lo que se dijo a Adrián Hinojosa, el niño ya fallecido que quería ser torero demostrando así más coraje y más valor que quienes lo injuriaban desde las redes sociales. Le sobraba valentía para hacerle frente a su enfermedad y, sin duda, hubiera sido un gran torero no sólo de valor sino también de arte. Creo no exagerar si digo que -si ser torero es también (o sobre todo) una ética, es decir, un “ethos”- Adrián podría ser reconocido por Belmonte y por Manolete entre sus pares.

El problema es que, en España, cada vez hay más gente que no sólo quiere ofender, sino que cree tener el derecho de hacerlo. Repárese bien en esto: el derecho. So pretexto de la libertad de expresión, el ataque a la dignidad de los toreros se ha convertido en un hábito que sigue a cada noticia que genera cada cogida, cada lesión, cada muerte en la plaza. Así, personas que a menudo ni se atreven a dar la cara con su nombre y sus apellidos se burlan del torero herido o muerto. Celebran la bolsa escrotal rasgada, la femoral seccionada, el corazón abierto en dos como le quedó al Yiyo después de que lo corneará Burlero en la plaza de Colmenar Viejo cuando sólo tenía 21 años. Como sucedió en el 85, no había redes sociales ni estaba tan extendido el odio a la tauromaquia. No quiero imaginar qué hubiesen dicho de ese muchacho que, con la edad de mis alumnos, tenía arrestos para ponerse delante de un toro.

¿Habrá que recordar el vendaval de basura, miseria y mediocridad moral que levantó la muerte de Fandiño en la plaza de Aire Sur L’Adour hace apenas unos meses? No repetiré aquí esos mensajes. Por Fandiño hablan sus faenas memorables -aquella de mayo del 2014 con toros de Parladé cuando le dijo a su apoderado en Las Ventas “esta tarde o por la Puerta Grande o por la puerta de la enfermería”- por él hablan, digo, sus acciones. Sostenía Ruskin que “las grandes naciones escriben sus autobiografías en tres manuscritos: el libro de sus obras, el libro de sus palabras y el libro de su arte. Ninguno de estos tres libros puede entenderse a menos que leamos los otros dos, pero el único realmente fiable de los tres es el último”. Si uno quiere comprender qué es España, tarde o temprano uno debe ir a la plaza una tarde de corrida y visitar un museo taurino para ver bien de cerca a esos toros que los taurinos llamamos por su nombre.

Ha habido más casos. Luego me referiré a los insultos contra Víctor Barrio. A Padilla han llegado a llamarle “asesino” por la calle. Hace un par de años, Morante se encaró con unos antitaurinos en Ronda durante la Feria Pedro Romero . Merece la pena ver el vídeo. Morante -patillas, melena rizada, camisa negra con lunares naranjas, magentas y azules- le explica a una manifestante sin alzar la voz por qué no es un asesino mientras se come unas patatas fritas. Luego hace declaraciones, evoca la antigüedad de la tauromaquia y cita a Sharon Stone: “Los toros son la poesía de España”. Grandioso.

Sin embargo, no debe restarse gravedad a estos insultos. Lo que viene sufriendo desde hace unos años los toreros, anticipa una tendencia que comienza a extenderse en las redes sociales y fuera de ellas: el linchamiento, el acoso, la humillación pública de un ser humano, de un ciudadano y de un profesional que se gana la vida honradamente. Algunos creen que hay linchamientos buenos y linchamientos malos, pero se engañan. Una de las lecciones de la Historia Contemporánea, que comenzó con las turbas asaltando La Bastilla, es que las masas desatadas son peligrosísimas e incontrolables. Si se tolera la provocación al odio, la hostilidad, la discriminación o la violencia contra los toreros o si se quedan impunes las conductas inspiradas por esas motivaciones, tarde o temprano eso se revolverá contra todos.

Publicado en: La Gaceta