CARTELES: Plaza México, Temporada Grande 2017 – 2018, Segunda Parte – La Práctica Reincidente.

La oferta taurina en la Plaza México, ya instalada en la comodísima y reiterada programación, muestra la gestión como falta, ya no solo de taurinismo, sino de imaginación y, sobre todo, de categoría pues la actual administración está cerca de una gestión de Feria pero no de la altura de la historia e importancia de la Monumental México. Como dicen los americanos todo está hecho “in house” y cuidado de estar lejos del manto protector porque, como dijo el político aquel, es vivir en el error. Y en tal error, de no levantar este vuelo tan peligrosamente manejado, puede quedar la Afición por enésima vez.

Por: Luis Eduardo Maya Lora De SOL Y SOMBRA. Especial.

Sin Enrique Ponce. Sin José Tomás. Sin Manzanares.

Sí, con Juli y todo su andamiaje incluyendo a Su (lesa) Majestad, el Julipié.

El fierro viejo que tarde a tarde en La México consigue vender gracias a una Empresa que deja hacer y deja pasar, ya no digamos la combinación sino la confabulación del madrileño con Teófilo Gómez esa que de dos encierros a los que el madrileño enfrenta solo ha traído un toro bravo, “Abuelo” lidiado el 5 de febrero pasado al que no terminó de entender ni de cuajar.

Teniendo a Juli como base, arrastrando a Sergio Flores, quitando todo el sitio al toro, la segunda parte de la Temporada tiene como principio no mantener a la gente en la Plaza sino apostar a un muy relativo interés que no da seguimiento al mérito sino a la recomendación, al padrinazgo y, tristemente, al cacicazgo.

Por ello, los carteles son “in house”, anticipando disculpas por el chocante anglicismo.

Es decir, se vive dentro de la empresa o sus aliados, o se está en el error.

Por eso, tanta monotonía por eso tanta falta de imaginación, no puede haber inventiva donde de hay plantilla, troquel y plano. Si no, cuál es la razón de traer a Llaguno después del petardo del año pasado, lo mismo que a Garrido, Marín y Valadez. Tres nombres que dicen mucho menos que, por ejemplo, Urdiales, Ferrera, o Talavante.

Para ya no repetir los mencionados al principio.

Claro, al no encontrarse estos nombres, dijera Bardo de la Taurina, bajo el manto protector empresarial es impensable que la empresa logre innovar y, su conflicto de interés, dicta solo utilizar los recursos de casa, pagar sueldos de empleados en lugar de honorarios de profesionales taurinos. Es triste como hoy ver que la empresa no es creadora de ilusiones y concreciones taurinas, sino maquiladora de una muy simple puesta en escena.

Por ello sorprende como la omisión de no traer a Roca Rey ahora se intenta subsanar con dos corridas que son las dos más importantes, La Joya y Jaral de Peñas forzando la máquina por tercera ocasión en un mismo año. Qué habría sido de esta Temporada de haber tenido a Roca Rey en la parte anterior. Y qué será de Arturo Saldívar quien puede traer la respuesta y la válida oposición de un toreo de mayor imposición en todo aspecto.

No, se trajo a Valadez con Jaral. Ahora se le repite con Las Huertas.

Y una pena que la triunfadora de este año, Piedras Negras, sufra de nuevo la corta visión empresarial, claro, a cuenta de la Afición que esperaba la vuelta de la ganadería triunfadora.

Imposible.

Vivimos la época de una empresa baratera, de una empresa a la que no le alcanza, ya no solo lo presupuestario sino la cualidad de todo empresario taurino en la Plaza México: la creatividad, no mal entendida como la Corrida Guadalupana sino en el fundamento taurino.

Que de Algara a Herrerías (aunque Usted no lo crea) de Gaona a Curro Leal siempre ha marcado los mejores momentos de su administración. Vaya, ni el mínimo anuncio de algún homenaje a Juan Silveti Reynoso luego de su partida. No, no cabe el mínimo gesto de torería.

Y esto es lo que más nos preocupa

Esta administración no hace ningún esfuerzo por ofrecer lo que siempre ha sido la Temporada Grande, el muestrario mayor de lo más granado del toreo, eso que no es ni Garibay, ni José Adame (otra vez) ni Andy Cartagena y, mucho menos, Teófilo Gómez.

No obstante la aparición de Jerónimo de, mucha atención, Diego Sánchez no puede dejarse de lado que los dos triunfadores de la Temporada primaveral del año pasado, Barba y Silis no tienen cabida en carteles donde un torero como Luis David, en pleno tropezón, sin ya no digamos oreja, sin un paso firme y contundente en todo el año anterior en La México. O de Diego Silveti en la enésima oportunidad y de Macías de forma forzada, a cambio de no ver ya a “El Payo” sumido en una contrariedad alarmante.

Pesa la recomendación, no el mérito. De nuevo.

Y lo más grave. La omisión de las formas en la nueva empresa llega al extremo, tristemente reiterado, de borrar el cartel taurino, sepultar su tradición pictórica, su tradición artística y colocar en cambio la villamelona y simplona impresión de la foto, cuando la ilusión que encadena el arte pictórico respecto del espectáculo que se anuncia. Eliminar esto es mutilar una tradición.

Así las cosas.

El toro será el único que pueda poner el orden en un ambiente entreguista y poco reflexivo, un ambiente que no caminará si los encierros no se encuentran en la proporción de la categoría Plaza esa misma que ha sido mutilada por la agachona actitud de gente como Jesús Morales, el nombrado Juez, al que ya le preparemos el expediente administrativo correspondiente.

Las empresas taurinas en México bien pueden presumir de controlar autoridades a fin de no cumplir la mínima forma de tradición y de dominar voluntades que terminan en comparsa de la medianía.

Realmente esperamos, tal como su magnífica respuesta en años pasados y anteriormente esta misma Temporada (https://desolysombra.com/2017/12/26/comunicado-plaza-mexico-carteles-temporada-grande-2017-2018-segunda-parte/) sus comentarios a los carteles a continuación listados:

  1. DOMINGO 7de Enero: 6 Caparica, 6 para Jerónimo, Juan Pablo Llaguno y Antonio Lomelín hijo, que confirma alternativa;
  2. DOMINGO 14 de Enero: 6 Arroyo Zarco, 6 para Ignacio Garibay, José Garrido y Diego Sánchez, que confirma alternativa;
  3. DOMINGO 21 de Enero: 6 La Joya, 6 para Diego Silveti, Andrés Roca Rey y Luis David Adame;
  4. DOMINGO 28 de enero.- Toros de Fernando de la Mora para Juan Pablo Sánchez, Arturo Saldívar y Ginés Marín.
  5. DOMINGO 4 de Febrero, Primera Corrida del LXXII Aniversario: 6 Teófilo Gómez, 6 para Julián López “El Juli” y Sergio Flores, en Mano a Mano;
  6. LUNES 5 de Febrero: Corrida del LXXII Aniversario. 8 Jaral de Peñas, 8 para Sebastián Castella, Joselito Adame, Andrés Roca Rey y un triunfador (sic) y
  7. DOMINGO 11 de Febrero: Dos toros para rejones por designar para Andy Cartagena y 4 Jaral de Peñas, 4 para Arturo Macías y Leo Valadez.

Seguiremos atendiendo todos sus comentarios, con respeto y taurinismo, ya que solo la

Como lo dijimos hace un año, justamente, solo la Afición taurina puede devolver al espectáculo sus mejores virtudes.

Suerte para todos.

Twitter: @CaballoNegroII.

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¿La Fiesta en Paz? Urge hacer una fiesta paralela, no para lelos

El Juli ante un teofilillo en La Plaza México.
  • Se fue a otros ruedos un taurófilo de muy altos vuelos.

Por Leonardo Páez.

“Servir a la propia conciencia como condición para servir con honestidad al lector, escribir sobre lo que está mal, equivocado o torcido, no para halagar al príncipe; eso es entender la verdadera misión del periodismo”, enfatizaba el catedrático y aficionado Raymundo Ramos –maestro universitario de infinidad de generaciones– hace casi medio siglo, y que el último día del pasado año tuvo a bien liar su letrado capote para proseguir en otros ruedos y ante públicos menos contaminados sus garbosos paseíllos en favor de la inteligencia, la verdad y el bien decir.

En unos tiempos en que ya casi nadie entiende nada y en que los tangazos de Discépolo se convirtieron en guiones de Disney ante la manicómica realidad que nos absorbe, ¿a quién se le ocurre entender como metáfora del destino humano el arte de la lidia, si el esencial combate fue reducido al posturismo para los turistas del pensamiento?

Iniciado en la contemplación sensible del rito táurico de la mano de su abuela, Raymundo ya asistió, como feligrés comprometido, a los Funerales Alcázar a despedir al novillero muerto Joselillo y a la vez a iniciar, sin sospecharlo, el despeñadero hacia una tauromaquia predecible y monótona.

La fiesta, decía el prolífico autor hace ya décadas, ha cambiado. La ha cambiado en parte el mercantilismo de las empresas; los toreros diferentes se eclipsaron ante los administradores de negocios, los apoderados y la sociedad anónima y monopólica que controla las plazas; ante las componendas de los carteles, la manipulación en el peso, en la cuerna y el trapío de las reses y, por supuesto, en la creciente falta de oportunidades a los diestros que puedan comprometer a los encumbrados por los despachos más que por las masas. ¿Alguien se atrevería a rebatir hoy lo señalado hace décadas por este maestro de maestros de las letras?

Como todo individuo cuya brillantez la apuntala una sólida formación y una comprometida autoformación, Raymundo se entrevistaba solo, arrancándose de largo al tema de luces que lo citara. El toro bravo es un constructo del arte extraído a la naturaleza por selección, observaba agudo Raymundo Ramos en inolvidable charla con La Jornada hará unos 10 años. El Mitotauro, con t, añadía, constituye una creación mayor de la cultura, pero hoy la fiesta se haya a merced de un herradero burocrático coludido con las mafias empresariales.

Cuando todavía no saltaban a la carpa los payasitos de la falsa democracia, con Trump a la cabeza y sus subordinados internacionales en hilera, el maestro advertía: ¡Ya basta de tantos remilgos ante la vida y la muerte! Cuando las tradiciones se descontextualizan se corre el riesgo de hacerle el juego a los exterminios masivos de los ambiciosos del poder y a los falsos redentoristas de la cultura moderna… bajo el rechazo a la crueldad subyace la creencia de que la vida es una eternidad por la falsa concepción de que la muerte no existe, a sabiendas de que es una enfermedad hereditaria.

“En su ignorancia –remataba– las autoridades designan jueces a su imagen y semejanza, que premian sin criterios de valoración y menos que capaciten gradualmente al espectador. Se trata de un herradero burocrático coludido con las mafias empresariales, tanto en los toros como en el resto de la vida nacional. Al margen de la anodina oferta de los taurinos en las plazas, urge reivindicar a la fiesta mexicana de los toros y su historia con imágenes seriales y juicios inteligentes y elegantes, que nos alejen de la adopción de la cultura anglosajona de la utilidad como única opción. Hay que hacer una fiesta paralela, no para lelos.” 

Ahora aléguenle, positivos.

La conmovedora, tierna, sensiblera y mentirosa historia del toro Ferdinand


Por ANTONIO LORCA.

Uno de enero de 2018. Seis de la tarde. Cientos de niños, kilos de palomitas y litros de refrescos abarrotan una amplia sala de un multicine sevillano. Todos han acudido a la llamada de Ferdinand, una película americana, adaptación animada por ordenador de un cuento del escritor Munro Leaf, publicado en 1936, que cuenta la historia de un toro bravo, que, en lugar de pelear, prefiere oler las flores del campo. En su día fue un éxito editorial, el texto fue traducido a sesenta idiomas, y se convirtió en un símbolo pacifista, contra el espíritu militar de la época (un animal que se niega a luchar), de tal modo que el texto, considerado subversivo, fue prohibido en la España franquista y en la Alemania nazi.

Ahora, Carlos Saldanha, director brasileño, ha convencido a la 20th Century Fox para que invierta más de 100 millones de dólares en una nueva versión del toro bravo por fuera, tierno por dentro, y la obra también ha sido preseleccionada para los prestigiosos premios de Hollywood.

¡Psss…! (‘Silencio, niños, que comienza la peli…’) Las tenues luces dejan paso a la penumbra, y la gran pantalla se ilumina con la imagen del simpático toro de ojos azules. ¡Psss…!

Una verde dehesa circunda lo que parece un cortijo andaluz, en uno de cuyos corrales juegan unos becerritos; entre ellos aparece el pequeño Ferdinand, que sostiene un cubo de agua en la boca. A duras penas mantiene el equilibrio por las travesuras de sus compañeros hasta que consigue su objetivo: regar un geranio que cuida entre las burlas de sus hermanos de camada.

Un camión de transporte de ganado llega a la finca; el padre de Ferdinand es el toro elegido para la lidia. “Voy a pelear por la gloria en el ruedo”, le dice todo orgulloso al ternero. “Yo puedo ser campeón sin tener que pelear”, contesta Ferdinand. “Ojalá fuera así el mundo”, replica el progenitor antes de partir hacia la plaza, con la promesa de volver triunfador.

Un compungido Ferdinand ve cómo uno de sus amigos aplasta su geranio, y, por la noche, comprueba que vuelve el camión, pero sin su padre. Embargado por la tristeza y la rabia, decide escapar de la finca, y es adoptado por un agricultor y su hija, que lo convierten en su amigo y mascota. Ferdinand y la niña disfrutan del campo, huelen las margaritas, corretean y duermen juntos. Desde su nueva casa, el becerro otea el Tajo de Ronda, y cada año acude con la familia a la ciudad con motivo de la feria de las flores.

Pasa el tiempo, Ferdinand crece, ya es un toro adulto y voluminoso, y, a pesar de la negativa de sus dueños, decide seguirlos hasta la ciudad malagueña, que luce en fiestas, plagada de guirnaldas y colorido. El picotazo de una abeja en el trasero del animal desata el mayor estropicio jamás visto en Ronda. Ferdinand corre despavorido, arrasa los puestos de flores y adornos, asusta a los vecinos, (“Creen que soy una bestia”, dice a su pequeña amiga), y destroza la feria hasta que, finalmente, es atrapado y trasladado de nuevo a la ganadería donde nació.

Entran en escena el ganadero, gordinflón y con mala pinta; una cabra charlatana e hiperactiva, que hace las veces de cabestro pero mantiene aspiraciones de ser entrenadora de toros bravos; el maestro,torero ególatra, feo, antipático y chabacano, los ‘hermanos’ de Ferdinand, toros ya preparados para la lidia, y unos caballos bailarines y afeminados.

El maestro busca el mejor toro para el mejor torero. Ferdinand, delicado y tierno, repite: “Yo paso de la violencia”, “No soy una máquina de matar”, “No soporto la sangre”; y sus amigos le replican: “Si no quieres acabar en el matadero, embiste”. Y los caballos apuntillan mientras brincan: “No te maltratan por ser diferente, pero eres un toro”. Por un equívoco fatal, el torero elige a Ferdinand y envía al matadero a dos compañeros de correrías.

Los niños que hoy acuden a los cines son los antitaurinos de mañana

Pero el protagonista está decidido a no luchar e intenta de nuevo la huida; ayudado en su propósito por unos erizos y la cabra parlanchina, todos atraviesan una habitación donde reposan las espadas del torero, una foto de su padre y pitones de toros lidiados a modo de trofeos: “El toro nunca gana”, musita.

Y decide liberar a sus hermanos condenados a morir en el matadero.

Trepidante es la acción para rescatar a sus amigos, y temerario y cargado de peripecias el traslado a la finca (un error de cálculo los conduce a Madrid) de todos los animales a bordo de un camión robado y conducido por los erizos, seguidos a poca distancia por el ganadero y vaqueros del cortijo, dominados por la furia.

La estación de Atocha y su intrincado laberinto de vías es el escenario de una vibrante persecución que acaba con la liberación definitiva de los animales amigos a bordo de una plataforma enganchada a un tren en marcha hacia Andalucía, y la detención de Ferdinand, que es conducido a la plaza de Las Ventas, abarrotada de público, para ser lidiado por ‘el maestro’.

Aterrorizado pisa Ferdinand la arena madrileña. Se resiste a pelear, no acude al caballo ni permite que le coloquen banderillas; se comporta como un toro manso, lanza al torero al callejón, le roba la muleta y es el toro el que torea al maestro entre el jolgorio de los asistentes. Cuando Ferdinand ve que su oponente monta la espada de matar, se sienta en la arena, alguien tira un clavel y pide el indulto.

Llueven las flores, Ferdinand las huele y rememora la dehesa rondeña. Le perdonan la vida, la niña que lo había adoptado como amigo y mascota se lanza al ruedo y los dos se funden en un abrazo mientras la plaza estalla en una emocionada ovación.

Ferdinand vuelve al campo con sus amigos y recupera su añorada vida bucólica en la verde pradera rondeña.

The End. Se acabó. Se encienden las luces, y ahora son los niños los que espontáneamente aplauden la hazaña de Ferdinand.

Se te queda cara de bobo porque la peli es una pasada artística, un divertimento total para chicos y mayores, que hace reír, llorar, gozar y te emociona de principio a fin.

Qué pena que Ferdinand sea una mentira como una catedral; que triste que, una vez más, se manipulen mensajes tan válidos como el amor y el respeto a los animales para intentar engañarnos a todos.

Ferdinand no quiere ser un toro; no es un toro; renuncia a su naturaleza animal. Es un ser humano que, como la inmensa mayoría, detesta la violencia y añora la paz.

Ferdinand rechaza su destino de toro bravo, como si la gallina pudiera renunciar a poner huevos, el perro a andar a cuatro patas o el león a perseguir y devorar al ñu. El mensaje de la película es profundamente antinatural.

Ferdinand dice no al matadero y no a la lidia, supuestos sinónimos del maltrato. Y el paso siguiente sería la total desnaturalización de la sociedad actual.

Lo más grave no es que los niños que abarrotaban el cine sevillano sean los antitaurinos de mañana; lo peor es que la manipulación les lleve a la ignorancia. Si no quieren ser aficionados a los toros, que no lo sean; pero que no los engañen: un toro bravo es un animal y no una persona.

En fin, que en aras del malévolo buenismo imperante, la película Ferdinand es una preciosa, tierna, sensiblera y mentirosa historia.

Publicado en El País