¿La Fiesta en Paz? La abandonada tradición de los toros puso de acuerdo a los opuestos (en apariencia)

Por Leonardo Páez.

TAL VEZ EL destino de la fiesta de los toros era, como el de los amores fallidos, conocerla pero no amarla, disfrutarla pero no conservarla, enloquecer con ella pero dejarla, más que por traidores por algo aún más increíble: por distraídos. En efecto, hemos ido perdiendo la tradición taurina de México al olvidarnos de su esencia trágico-lúdica, de su naturaleza dramático-gozosa y de su refinado primitivismo en una época caracterizada por una hipocresía sin freno y una grosera clasificación de la barbarie: sangre humana sí, sangre animal no, porque los derechos de aquéllos no importan pero los derechos de éstos deben imponerse, en un irresponsable descargo de conciencia y un dilema tan falso como anticultural pero, también lo atestiguamos, hoy las versiones de cultura las imponen los poderosos y las acatan los temerosos. La uniformidad como el futuro de la humanidad.

EN SU MISTERIO milenario el culto táurico logró lo que ninguna ideología consiguió: unificar criterios en torno a la ignorancia, los prejuicios, el falso humanismo y una posmodernidad tan utilitaria como equivocada. Con relación a la tauromaquia, hoy podemos ver lo que creíamos imposible: que gobernantes e intelectuales estén de acuerdo, que universidades y pensamiento único formen un frente común, que posmodernos animalistas y premodernos partidos políticos unan conveniencias, que anticolonialistas sirvan a colonialistas y que taurinos y antitaurinos contribuyan por igual al asesinato de la ancestral relación hombre-toro, invocando un desvergonzado concepto de civilización. Ah, y que candidatos de izquierda, centro o derecha guarden un lamentable silencio en torno al tema, como si estuvieran en Ámsterdam y no en un país con 492 años de tradición taurina.

TAURINOS Y TAURÓFILOS, los que viven del opaco e inequitativo negocio de la fiesta y los que viven de la legítima cuanto secuestrada esperanza de ver el encuentro sacrificial entre un toro y un torero, ambos en plenitud de facultades, han contribuido con sus abusos y negligencia a que la fiesta de los toros haya perdido atractivo como liturgia ancestral, pasión como espectáculo e interés como evento de masas. Media docena de toreros-marca, una docena de ganaderías al gusto de éstos y unos cuantos empresarios sin talento para hacer repuntar el arte de la lidia mediante el descubrimiento, formación y estímulo de nuevos valores que compitan con los figurines ante reses con bravura y no sólo predecibles, más unos medios de comunicaciónpositivos, una autoridad decorativa y un público ignorado, son el escenario de la etapa terminal de una fiesta que, teniéndolo todo para recuperar su grandeza, carece de la voluntad y criterios empresariales de sus adinerados promotores para hacerlo.

LOS CANDIDATOS QUE hoy resulten electos –¿o de plano impuestos?– deberán mostrar sensibilidad y talento político también en materia taurina. El inexcusable silencio, la ofensiva indiferencia y el vergonzoso acatamiento a las indicaciones gringas de lo culturalmente correcto adoptado por los últimos presidentes de México, de De la Madrid a Peña Nieto, han confirmado la dirección errónea tomada por estos gobiernos, no por proyanquis y dependientes menos contraproducentes, al favorecer la autorregulación en beneficio de algunos y darle la espalda a los derechos ciudadanos, incluidos los pasivos aficionados. Si este descuido cultural no es subsanado, será la continuación del pensamiento único impuesto por Washington y sus servidores.

Publicado en La Jornada

Anuncios