Mario Vargas Llosa: “Sería una desgracia que se prohibieran las corridas de toros”

Entrevista a MARIO VARGAS LLOSA. Escritor y ensayista, premio Nobel de Literatura 2010, premio Cervantes 1994, premio Príncipe de Asturias de las Letras 1986 y miembro de la Real Academia Española.

“Un país no puede desprenderse tan fácilmente de una tradición que forma parte de su cultura por una simple disposición judicial” refiere el Nobel.

Por PABLO J. GÓMEZ DEBARBIERI.

Conversamos con el Nobel peruano acerca de la demanda de inconstitucionalidad que se ventila en el Tribunal Constitucional (TC), contra la disposición final de la Ley 30407, de protección animal, que exceptúa de los alcances de esa ley a la tauromaquia y peleas de gallos.

Le agradezco nos comente la actual demanda en el TC.

Desde luego que sería una gran desgracia para la cultura peruana que se prohibieran las corridas de toros. Ellas constituyen un hecho cultural de primer orden, enraizado en la sociedad peruana desde hace más de cuatro siglos, y que han impregnado a nuestra sociedad desde el vértice hasta los sectores campesinos, es decir, prácticamente a todos los estratos sociales.

Siempre ha habido antitaurinos. A la generación del 98 no le gustaba la tauromaquia y achacaban ─con anteojeras─ la debacle del imperio al carácter del español de entonces que veían reflejado en los toros, sin una visión amplia ni darse cuenta que aquel fracaso provenía de los desastres políticos y sociales en España en el siglo XIX. La generación del 27, por el contrario, reconoció el enorme horizonte artístico de la tauromaquia. Pero en los últimos 20 años, los animalistas ─mal llamados así, pues desconocen la naturaleza─ están en auge y surgen veganos por doquier. ¿Qué explica esa filosofía que pretende equiparar a los animales con el ser humano?

Usted ha escrito notables novelas acerca de la peculiar forma de vida del interior del Perú y conoce ese país tan diverso, de intrincada geografía, que la mayor parte de los limeños desconoce. En provincias y sobre todo el mundo andino hay una visión distinta de las festividades y lo lúdico, de la relación con la naturaleza y el campo. En las ciudades ya no vivimos las fiestas como en provincias.

Es verdad que, a diferencia de lo que sostienen algunos “progresistas”, que piensan en los toros como una afición exclusiva de las clases medias y altas, las corridas de toros han impregnado al mundo campesino del Perú, donde muchísimas fiestas patronales en las comunidades indígenas las celebran con corridas de toros. En Yawar fiesta José María Arguedas trazó un mural inolvidable de ese desfogue de la frustración y la violencia acumuladas en un pueblo serrano que se volcaban en la fiesta, algo que también ocurre, pero de manera más sutil y formalizada en todos los países que están orgullosos de esta fiesta, una de las más antiguas que se mantienen vivas a lo largo de la historia de occidente, que es también nuestra historia.

Otro ataque contra la tauromaquia proviene de un argumento falaz, el de la violencia; así pretenden cercenar su futuro queriendo prohibir que los niños asistan a los toros. En la sierra, abuelos, padres y nietos disfrutan de la fiesta en armonía familiar. ¿Cree usted, que jugaba a los toros de niño, que ese argumento tiene algún asidero real?

La primera vez que fui a los toros fue de niño, de la mano de mi abuelo Pedro, a una placita que había en lo alto de un cerro, en Cochabamba (Bolivia), y que tal vez existe todavía. No creo que ese espectáculo haya hecho de mí una persona insensible a la crueldad y a la violencia, dos formas de inhumanidad que rechazo con todas mis fuerzas y a las que combato sin descanso como escritor y como ciudadano.

Dicho esto, me parece perfectamente aceptable que muchas familias prefieran evitar a sus hijos jóvenes el espectáculo de la corrida, por la impresión que podría producir en ellos. Recordemos una vez más que nadie está obligado a ir a los toros o a verlos. En nombre de esa misma libertad, debemos defender nuestro derecho a ir a los toros, un espectáculo cultural no menos importante que una gran sinfonía, un gran mural, un gran poema o una gran novela. Un país no puede desprenderse tan fácilmente de una tradición que ha impregnado su cultura por una simple disposición judicial.

Algunos critican la tauromaquia por la muerte. Unas veces, la del torero, la kalos thánatos de los griegos, la muerte bella del héroe joven y casi siempre ─salvo indulto─ el rito se completa con la del toro. ¿No somos capaces de mirar cara a cara a la muerte, que finalmente nos llegará a todos?

La muerte es un hecho inevitable en la historia de los seres humanos. Algunos prefieren olvidarse de ella y de todo lo que la concierne, y por supuesto, están en el derecho de hacerlo. Otros muchos prefieren enfrentarla y probablemente la mejor manera de hacerlo es asistiendo a una corrida de toros. Ella nos recuerda que somos mortales, desde luego, pero también, y sobre todo, nos hace vivir lo hermosa que es la vida, sus maravillosas posibilidades y todo lo que viene con ella, el amor, las ilusiones y cosas tan bellas como las que pueden provocar el torero y el toro cuando se vuelven cómplices y protagonistas de un espectáculo como el de un gran danzarín o un soberbio violinista.

PROHIBIR LOS TOROS

─¿Prohibir o tergiversar el rito de la tauromaquia mediante una sentencia emitida en Lima ─lo más probable, inaplicable en la sierra─ atentaría contra la libertad y el derecho a la cultura de más de cuatro millones de peruanos que asisten a más de 700 corridas anuales que se celebran en el Perú?

Por supuesto que la prohibición de las corridas de toros es un atentado contra la libertad y el derecho a la cultura de una sociedad. Nadie está obligado a ir a una plaza de toros si es alérgico a la violencia o, simplemente, le disgusta el espectáculo. ¿Pero y los millones de personas a las que nos emociona y encandila el espectáculo, tan representativo de la condición humana, como es la fiesta de los toros? ¿Por qué nos veríamos privados de un espectáculo en el que nuestra condición humana, siempre entre la vida y la muerte, está tan artísticamente representada? Quienes piden la abolición de los toros, piden en verdad la desaparición de ese animal excepcional que es el toro bravo, que solo existe porque existen las corridas y cuya extinción significaría asimismo la extinción de la especie.

Un ejemplo admirable a este respecto es el de España, que ha declarado Patrimonio Histórico Cultural a la fiesta taurina, contra la que solo se han insubordinado los independentistas catalanes, otra manifestación de su sectarismo antidemocrático.

Publicado en El Comercio

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