El «Var» del tendido: Del toro de regalo de Trinidad a la sorpresa de David de Miranda

Por Rosario Pérez.

Le llamaban Trinidad. En el programa de mano, porque en el tendido le llamaban «Bernarda», con algún añadido malsonante. «¡Fuera del palco!», vociferaban en el sol y parte de la sombra. Lo nunca visto: el «7», con más razones que un santo, se posicionaba «al lado de los intereses de la empresa» -espetaron con no poca guasa-, a la que debió de hacer poquita gracia tener que pagar un toro más. La afición asistía atónita a esa escena de pañuelo verde en el comienzo de faena de muleta. El reglamento no especifica tercios en los que pueda devolverse una res -«como si quiere hacerlo en las bernadinas», señaló un entendido en leyes-, pero lo que sí indica es que «cuando se inutilice durante la lidia no será sustituida por otra».

Aquel lío se formó en el cuarto, entre la división de opiniones. Los más puristas se partían la camisa con un enfado descomunal; parte del público general aplaudía la decisión del presidente, don Trinidad López-Pastor. «Bien, presi, bien, que la mayoría nos hemos dejado los cuartos para ver a El Juli», gritó un espectador. Pues, hala, ahí tenían el sobrero de obsequio. «A este paso acabamos como en México, con toros de regalo», refunfuñaba un señor de bigote. Otro nada julista se mosqueaba: «Para un favor que nos hacía el torete de no ver al de Velilla». Filias y fobias… Aunque lo cierto es que poco se vio al madrileño, incómodo con un lote deslucido en medio del viento. Eso sí, Julián López, con permiso de Paco Ureña (con el «sello» de torero de Madrid), era el principal reclamo del reventón de «No hay billetes». La propia figura se pronunció en televisión sobre el suceso: «De leyes y reglamentos no sé mucho, pero sí de sentido común, y a la gente se le dio la oportunidad de ver otro», comentó a David Casas.

Las escopetas estaban cargadas desde que se anunciaron los carteles. El Juli había entrado en el último minuto, sin pasar por el bombo, para sustituir al lesionado Enrique Ponce, que presenció la corrida al lado de Don Juan Carlos y el ganadero Juan Pedro Domecq, feliz con la bravura del último ejemplar. Otra vez un sexto «grandioso», como el parladé de Roca Rey. El fabuloso «Despreciado», un tren de 605 kilos, le tocó a David de Miranda, que conectó con el corazón venteño con su sorprendente y aplomado sentido del toreo. «Trabajo tiene el que limpie el vestido de este valiente», dijo un espectador. «Espero subirme al carro de los jóvenes», reivindicó emocionado el confirmante. Aquella felicidad de torero y afición se extendía a Simón Casas con su teoría de la regeneración y el San Isidro de la revolución. Aunque para revuelta la de esa marea humana que balanceaba y casi hundía al triunfador como el agua al Titanic. «¡Dejen disfrutar al de Trigueros de su primera salida a hombros!», gritó un partidario del onubense. En tan durísimo trayecto, la furgoneta era la trinchera para escapar de aquel encendido gentío. Los fotógrafos llegaban a la sala de prensa con heridas de guerra tras inmortalizar el momento.

Antes de que el joven De Miranda tirase la moneda a la gloria, Paco Autenticidad Ureña deletreó la épica más pura. Desnudo totalmente, por el toreo y por el viento, Las Ventas se puso en pie para darle la bienvenida y en varios pasajes. «Ya no quedan héroes así», susurró un padre a su hijo mientras le contaba historietas familiares. Hasta que selló la boca. Como toda la plaza. Esos silencios de expectación que emocionan. Madrid, tan sensible cuando quiere. «No se puede colocar un tío con mayor sinceridad», subrayó un abonado cabal. Su palabra fue a misa en el templo taurino, rendido luego a la nueva ilusión: David de Miranda. Una revelación más. ¡Qué año!

Publicado en ABC

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