“Los elegidos siempre encuentran la persona que necesitan a su lado”: José A. Campuzano

José Antonio Campuzano, apoderado de Roca Roca Rey, en un hotel sevillano. Paco Puentes.

José A. Campuzano, confesiones de un gran descubridor de figuras del toreo.

Por Antonio Lorca.

José Antonio Campuzano (Gerena, Sevilla, 1954) es uno de los mejores ‘ojeadores’ de toreros de la actualidad; no en vano apodera a Roca Rey, a quien asesora desde que era un chaval, y elevó a la cima a un adolescente francés llamado Sebastián Castella. Pero antes fue cocinero: figura del toreo de la década de los ochenta, triunfador en Sevilla y Madrid, experto lidiador de corridas duras y un respetable maestro para los aficionados más exigentes.

Ahora, a sus 65 años cumplidos, recuperado de una reciente ‘cornada’ en forma de ictus, sonriente, joven y feliz, según confiesa, es un ‘directivo’ del toreo pegado a una agenda de papel, y un viajero incansable que busca diez minutos para disfrutar con sus dos nietos y compensar en parte un tiempo que no pudo gozar con sus hijos. Tiene un olfato especial para detectar figuras del toreo y está convencido de que la inteligencia y la suerte son factores esenciales para alcanzar la gloria vestido de luces.

Ahora, su vida se la dedica a otro ‘niño’, Andrés Roca Rey, 22 años, a quien apodera desde sus inicios y con quien dice mantener una relación de ‘amigo a amigo’.

“La vida del apoderado es muy sacrificada vayas o no con una figura”, afirma. “Te tienes que dedicar plenamente al torero y estar pendiente de muchas pequeñas cosas. Yo no tengo tiempo para nada, y no veo a Andrés todos los días; pero si me necesita, allí estoy.

– ¿Es usted un consejero, un padre, un amigo…?

– Lo más importante es ser amigo a pesar de la diferencia de edad porque noto que el torero es un joven muy maduro. Le profeso un gran cariño y en mi casa es como un tercer hijo, pero no lo es. Quizá, por eso, como mejor nos entendemos es de amigo a amigo.

Campuzano se ha sentido toda la vida apegado al campo, pero la vida lo ha convertido en un ‘ejecutivo de cuentas’ que se pasea por los aeropuertos de los países taurinos y pisa alfombras de cinco estrellas. Desde que finalizó la temporada española ha vivido casi cuatro meses en América, donde, a excepción de México, es el responsable absoluto de la carrera de Roca Rey, y en España está asociado con Ramón Valencia, empresario de la Maestranza, y entre ambos dirigen la carrera del torero peruano.

– Las grandes empresas se fusionan porque así lo exigen los mercados, y el toreo es una empresa más. Ramón y yo formamos un tándem que funciona a la perfección, coordinamos todo el trabajo y el torero está muy contento.

Y usted feliz…

– Merece la pena trabajar en lo que te gusta, y, en mi caso, es el toro Me siento realizado. Duermo plácidamente y me levanto cada mañana con la ilusión de poner en marcha nuevos proyectos.

– ¿Se gana dinero como apoderado?

– Sí. Es una actividad bien remunerada, pero el dinero no lo es todo en la vida. La felicidad es más importante, sentirte a gusto, saber que sigues vivo en la profesión.

José Antonio Campuzano ha triunfado con Castella y Roca Rey, pero ha vivido otras experiencias menos exitosas junto a Iván García, Ángel Teruel, Alberto Aguilar, Paco Ureña en sus inicios, y los toreros colombianos Ramiro Cadenas y Luis Miguel Castrillón.

– ¿Es difícil ser figura del toreo?

– Casi imposible. Hay que ser un elegido. Se puede ser torero, pero figura durante veinte años y que te sientas respetado en tus decisiones, en tu sitio y honorarios es una meta casi inalcanzable.

– A usted se le presume un olfato especial para descubrir nuevos valores de la tauromaquia…

– Digamos que me fijo muchísimo. El mérito es verlo cuando un chaval tiene 12 o 14 años, que es cuando se pueden corregir defectos.

– ¿Y cuáles son las condiciones imprescindibles para ser torero?

– La primera, que lo parezca; después, la vocación, es decir, si es grande o no el vaso de su ambición, y, en tercer lugar, pero no menos importante, la inteligencia. Y otra más: la suerte de que aparezca el hombre idóneo que lo asesore y le muestre el buen camino.

Quiere decir que muchas figuras en potencia se han perdido por falta de suerte.

– Sí, pero también he aprendido que los elegidos siempre encuentran la persona que necesitan a su lado.

Al final de su vida activa como torero, Campuzano se imaginó como empresario de un negocio relacionado con el campo, pero la vida le mostró otros derroteros.

“Cuando vislumbras el ocaso de tu carrera, crees que estás preparado para desenvolverte en otras parcelas de la vida, y eso es un error. Pronto te das cuenta de que has vivido en un mundo absorbido por el toro, que es un ser muy celoso. El torero vive en otro mundo, siempre para el toro, sufriendo por el toro, y apenas te das cuenta de que existe otra realidad”.

Y en esas apareció Sebastián Castella…

– Lo conocí de causalidad, con motivo de su participación en un festival que se celebró en la localidad francesa de Manduel. Era un chaval con 14 años, y le atisbé unas condiciones extraordinarias. Pronto se presentó en mi casa, donde lo acogimos como uno más de la familia, y me vacié en él totalmente.

– ¿Se sintió reflejado en él como torero?

– Así es. Sebastián representaba mi continuidad como torero. Sentí que esa era mi vida y no los negocios. Yo era un tío raro, como la mayoría de los toreros, y pronto comprendí que podía ser muy feliz en ese trabajo. Estuvimos juntos once años, y aquí sigo cada vez más ilusionado.

Campuzano es ahora un apoderado exitoso, pero tiene a sus espaldas una larga y prestigiosa carrera como matador de toros.

“Siempre crees que pudiste hacer algo más, pero es el aficionado el que me ha hecho pensar que fui un torero importante. No me quitó el sueño ninguna corrida, y las lidié muy duras. En mi época había toreros con mucha capacidad, y yo estaba entre ellos”.

Tomó la alternativa en Sevilla el 29 de abril de 1973. Cruzó a hombros la Puerta del Príncipe en 1982 tras cortar tres orejas a la corrida de Guardiola; y al año siguiente y en 1987 saboreó la gloria de la Puerta Grande de Las Ventas. También sufrió el dolor de las cornadas; una de ellas, en Calahorra, el 3 de septiembre de 1984, y otra, (“la que más daño moral me causó”) al año siguiente en Madrid, a manos de un toro de Victorino Martín.

En el 96 anunció su retirada, y el adiós definitivo lo decidió en el año 2000. Desde entonces, sigue triunfando desde el callejón.

Por cierto, ¿desde cuándo conoce a Roca Rey?

– Lo vi torear por primera vez un becerro en la ciudad peruana de Bambamarca; tenía 12 años y recuerdo que me sorprendió mucho. Pasado un tiempo, hablé con sus padres y con él, y me dijo que estaba dispuesto a viajar a España para ser figura del toreo. Y así hizo en la época de vacaciones escolares hasta que cumplió los 16.

– Y usted no se equivocó…

– Digamos que me siento muy feliz…

Publicado en El País

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