Morante ante el Cristo de los Faroles.

Por Álvaro R. del Moral.

Dicen que el alma de Córdoba está encerrada en la alberca de cal y sombras de la plaza de Capuchinos. El antiguo crucificado de los Desagravios y Misericordias se erige en su centro, orlado de esos faroles de hierro que le otorgan su nombre popular y le convierten en un inusual paso estático con faldones de cerrajería que permanece arriado en su propia eternidad. Desde ese eje, la plaza sólo se limita por las dos tapias del convento de los frailes de sayales marrones y la iglesia y hospital de San Jacinto, sede canónica de la Hermandad de la Virgen de los Dolores, una de las devociones más hondas y enraizadas de la ciudad de los discretos.

¿Por qué contamos todo esto? Morante pasó este jueves por Córdoba para visitar la plaza de toros de los Califas. Se anuncia el próximo 12 de octubre, abriendo el cartel de un atractivo mano a mano que le enfrentará a Juan Ortega, otro diestro sevillano, torero emergente y en trance de lanzamiento definitivo, que mantiene estrechos vínculos con la capital cordobesa, en la que compatibilizó estudios de ingeniería con su formación taurina. El diestro de La Puebla, cuentan, había acudido para interesarse por el estado del ruedo del inmenso embudo de Ciudad Jardín. Es una de sus obsesiones más recurrentes que le ha llevado, en algunos casos, a meter máquinas y operarios para reducir esos peraltes que tanto le incomodan en la cara de los toros. Morante no dudó en fotografiarse con los alumnos de la escuela taurina que tutela el Círculo Taurino de Córdoba. Comprobó, de paso, el avance de todos los preparativos necesarios de cara a ese trascendental festejo organizado por José María Garzón en el día de la Hispanida. Sera su debut como empresario al frente del coso cordobés.

En estado puro…

Pero la jornada iba a experimentar un giro imprevisible, tal y como atestiguan esas imágenes que corren por las redes. Después de mudar su habitual camisa de cachemires tupidos e imposibles por un impecable traje corto –chaquetilla de solapas ribeteadas, calzón, zahones y sombrero negro de copa cónica y alta-, Morante se montó a caballo, se trasladó hasta la plaza de Capuchinos y pintó una curiosa y asombrosa estampa –entre costumbrista y romántica- que no tardó en correr de móvil en móvil.

José Antonio se postró ante el Cristo de los Faroles, obra del escultor dieciochesco Juan Navarro León. La imagen había sido erigida a finales del siglo XVIII a instancias del beato Fray Diego José de Cádiz, fraile capuchino que también había estado estrechamente vinculado con la consolidación y propagación de la devoción al Gran Poder, para el que escribió una hermosa novena. Su hermandad lo venera en una imagen situada junto a la antecámara de subida al camarín del Señor que, prácticamente a la misma hora en la que Morante se postraba ante el Cristo de los Faroles, salía a la plaza de San Lorenzo de Sevilla -138 kilómetros río abajo- para presidir la función extraordinaria de los 400 años de su hechura por Juan de Mesa, que también era cordobés…

Bellísima –aunque premeditada- imagen de Morante, rendido ante el Cristo de los Faroles a medio camino entre la noche y el día.

Evocación pictórica y cinematográfica

Morante escogió la hora del crepúsculo, dotando de un curioso aire de película de ‘tecnicolor’ a la escena que, no por preparada, dejaba de tener una indudable belleza. El matador cigarrero se dejó fotografiar: de pie, postrado de rodillas, subido al caballo que llevaba en la grupa los chismes de torear… Al torero le gusta evocar esas estampas antiguas. Los aficionados más avezados suelen descubrir la impronta de las viejas fotografías del toreo en el breve fogonazo de un lance o un muletazo. Bucea en los libros, en las antiguas placas y películas…

Imagen costumbrista del Cristo de los Faroles y su entorno, retratada por Hohenleiter

¿Conocía Morante este cuadrito –reproducido sobre estas líneas- firmado por Francisco Hohenleiter, el célebre ilustrador, cartelista y pintor gaditano? La escena –como la que ha ‘pintado’ Morante- pertenece a ese tipismo tardo costumbrista en el que se desarrolla su obra, en la que no faltan nazarenos, romerías, devociones… En ese mismo caldo de cultivo, algunos años después, se rodaría ‘El Cristo de los Faroles’, una película de 1958 protagonizada por Antonio Molina que, con toda su parafernalia tipista , pertenece a la iconografía sentimental de aquella España que quería olvidarse de una guerra. La inconfundible imagen del cantante, vestido de corto y aferrado a las rejas del Cristo también nos lleva de la mano a esa estampa morantiana. Molina es Antonio Reyes, que conoce en esa plaza a Soledad, una bellísima cordobesa que no quiere rendirse a sus galanteos…

Pero hay más: el crucificado de piedra de la plaza de Capuchinos ya había servido de telón de fondo a otra película de trasfondo taurino, ‘Brindis a Manolete’, estrenada un año después de la muerte del ‘Monstruo’ de Córdoba. La película, que no pasó a la historia, dio a conocer a Paquita Rico que andando el tiempo se casaría –como no- con un torero: el infortunado Juan de la Palma, hijo de Cayetano Ordóñez ‘Niño de la Palma’ y hermano del gran rondeño Antonio Ordóñez…

El cantante Antonio Molina protagonizó en 1958 la película ‘El Cristo de los Faroles’

Manolete y la Virgen de los Dolores

Pero hay que recapitular para centrarnos en el altar de las devociones de Manolete, que profesaba un intenso fervor por la imagen de Nuestra Señora de los Dolores, que también fue visitada por Morante en su capilla de San Jacinto cerrando ese retablo de escenas costumbristas que, como suele ocurrir en esta tierra de María Santísima, ha sido objeto de cierta división de opiniones. La presencia de la Señora de Córdoba –Romero de Torres la pintó en la tarde un intemporal Viernes Santo en los fondos de su cuadro ‘Saeta’- era invariable en los rezos de Manolete antes de marcharse a torear a la plaza junto a otras devociones cordobesas como San Rafael o Jesús Caído, el señor de los toreros de cuya hermandad llegó a ser hermano mayor.

Morante emuló a Manolete al postrarse ante la imagen de la Virgen de los Dolores, a la que profesaba una enorme devoción.

Manolete usó con frecuencia un capote de paseo bordado con la imagen de la Virgen de los Dolores. Es el que se lió en el añorado coso del Chofre de San Sebastián en la tarde del 16 de agosto de 1947, cansado de tantas cosas. Aquel día, desde el callejón, concedió su última entrevista radiofónica para un emergente locutor de Radio Nacional llamado Matías Prats, también cordobés. “Me piden más de lo que puedo dar. Sólo he de decir que tengo muchas ganas de que llegue el mes de octubre”, sentenció el Monstruo que había pasado por Córdoba el 14 de julio de aquel año, justo antes de torear aquella corrida de Beneficencia de Madrid que le acabó costando una cornada. Fue su última visita a la ciudad que le vio nacer antes de la tragedia de Linares. No dejó de visitar a la Virgen de los Dolores… ¿Casualidades? A lo mejor no.

Publicado en El Correo de Andalucía

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