Toros y cultura.

PICASSO, Pablo Ruiz_Corrida de toros, 1934_706 (1976.83)

Por Armando Martínez de la Rosa.

1.- Desde hace muchos milenios, de la relación entre el hombre y el toro ha quedado constancia. En las cuevas de Altamira, en el norte de España, 30 mil años atrás artistas del paleolítico pintaron en paredes y bóvedas de su recinto una gran cantidad de animales silvestres, entre ellos el toro, la especie Bos primigenius primigenius, subfamilia Bovinae (bóvidos), cuyo nombre común es uro, actualmente extinto.

Cazadores y recolectores, aquellos humanos mantenían una relación de caza con el uro, los ciervos, las cabras de monte y varias especies más, todas salvajes. Eran fuente de proteínas, vitaminas y minerales. Y también hubo nexos místicos, acaso religiosos, como lo expone en su célebre La rama dorada, George Frazer. Todavía en nuestros días, en España, antes de una batida de caza, se reza.

Entre los animales, el toro ha generado en el hombre un misticismo que otras especies no le producen. En la capilla de las plazas de toros, en las de los hoteles donde se hospedan los toreros antes de la corrida, se reza con tal fervor silente como que al espada le va la vida momentos después. José Tomás, acaso el diestro más grande entre los grandes, lleva en su capote de paseo bordada la estampa de la Virgen de Guadalupe. Entre hombre y toro, la conexión de vida y muerte, por tanto mística, data de milenios y se expresa actualmente en la tauromaquia y el mundo de su entorno.

2.- Doctora en filología hispánica, especialista en el Siglo de Oro y cervantina de cepa, Araceli Guillaume-Alonso, sostiene: “Mi amigo el filósofo Francis Wolff insiste en la bravura del toro como justificación ética, y eso tiene que ver con tratar al toro en función de lo que es en el mundo animal. Para mí tiene mucha relación con el peligro para el hombre, y lo acabamos de ver con Tomás, Aparicio, Pereda… El riesgo a perder la vida o sufrir una cornada justifica éticamente la Fiesta”. Y agrega: “Sin duda, son los héroes de la época posmoderna, en todo el sentido del heroísmo del mundo clásico”. (El País, 09/julio/2010).

Heredero del Bos primigenius primigenius, el toro bravo contemporáneo tiene sujeta la vida a la lidia, casi siempre terminada en la muerte del burel y ocasionalmente en el indulto. Otra forma de retorno a los corrales pasa por la insuficiencia del torero, su máxima vergüenza. O por la falta de casta del burel. Y a veces, por una lesión que deja al animal imposibilitado para la lidia. Sin la Fiesta, el Bos primigenius taurus se extinguiría. Y con él una cultura extensa, profunda.

3.- Cuando escribo cultura, me refiero a un universo mucho más amplio que las expresiones pictóricas, literarias, musicales y plásticas que el toro ha generado. Señaló también, y sobre todo, una forma de vida de millones de personas en el mundo, particularmente en España, México, Colombia, Portugal, Venezuela, Ecuador y Perú, los países taurinos. Esencia de la fiesta brava, el toro también genera empleo y riqueza por miles de millones de euros, pesos o la moneda con que se le quiera medir. De su crianza especial, viven ganaderos, mayorales, trabajadores de campo, veterinarios, abastecedores de alimentos complementarios al pastoreo libre. Herreros (hay una fábrica de estoques de matar en Austria, nación nada taurina), comerciantes, fabricantes de ropa, zapateros, restauranteros, promotores, empresarios turísticos y todo el conjunto de ocupaciones en torno a una plaza de toros los días de corrida. Y, por supuesto, los toreros, que no lo son sólo los matadores.

4.- Cientos de miles de hectáreas de tierra están destinadas a la crianza del toro bravo. Ahí vive a sus anchas. Los machos, hasta los cuatro o cinco años de edad (una res mansa va al matadero antes de cumplir un año), pueblan en libertad amplias praderas y son atendidos todos los días. En esas tierras, se dan las condiciones para ecosistemas autosustentables. Al lado del ganado de lidia, una gran cantidad de especies silvestres pulula en un hábitat de excelencia. Terminar con el toro bravo, consecuencia de prohibir las corridas, arrasaría tales ecosistemas.

5.- “Y que se viene el toro del tamaño de la catedral de Notre Dame”, contaba uno de los más grandes poetas de nuestra lengua, el español Rafael Alberti. Metido en el burladero de matadores, en traje de luces, después del paseíllo, había llegado ahí un 10 de mayo de 1928, empujado por Ignacio Sánchez Mejías, uno de los grandes toreros de ese tiempo. Lo invitaba a ser parte de su cuadrilla porque, le decía, “tú como poeta no vas a ganar nada de dinero. Ven como peón de mi cuadrilla y vas a tener dinero. A veces sale y a veces no sale, pero yo te pagaré”. Un día fue por él y así apareció en el albero quien sería después Premio Cervantes de Literatura. Sánchez Mejías fue un tiempo su mecenas hasta que un toro lo mató en la lidia. Federico García Lorca le dedicó uno de sus más célebres poemas: La sangre derramada, que comienza así: “¡Que no quiero verla!/ Dile a la luna que venga,/ que no quiero ver la sangre/ de Ignacio sobre la arena”.

Dos grandes poemas taurinos fueron escritos por Alberti en los tendidos de la Plaza México, durante el exilio a que lo confinó la dictadura franquista.

6.- Camilo José Cela y Ernest Hemingway, premios Nobel de Literatura, fueron taurinos. Picasso pintó la tauromaquia, igual que Goya, como tantos genios más. Georges Bizet compuso la ópera Carmen y Manuel Panella creó otra, El gato montés, taurinas ambas. De asuntos de arte y toros me ocuparé pronto. Toro y cultura son inseparables.

Publicado en El Diario de Colima

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