Obispo y Oro: Daniel Luque: dos orejas “de Madrid” Por Fernando Fernández Román.

Daniel Luque corto ayer dos orejas “de Madrid” en los arrabales de Madrid. No en las cercanías del arroyo Abroñigal, sino en la atalaya que recoge los efluvios del río Manzanares, según se mira desde el oeste hacia la villa y corte. Se entiende, pues, que las orejas cortadas por Luque no tuvieron por escenario el ruedo de Las Ventas, sino el del Palacio Vistalegre. Y ustedes me dirán: no es lo mismo. Y yo les contesto: según y cómo. Orejas hubo que se cortaron en Las Ventas medio de chirigota, o que se pidieron clamorosamente para el torero modesto para chinchar a la figura del cartel. Y esas orejas verbeneras no se devuelven, que sería lo honesto. Pues bien, ayer las que Daniel Luque cortó en la barriada de Carabanchel a un toro de Fuente Ymbro fueron de las fetén, de las que se cortan en el coliseo bermejo de la calle de Alcalá en medio del clamor popular. Dos orejas “de Madrid” en las afueras de Madrid. Ustedes me entienden. Dos orejas que valen un potosí.

Ocurrió en el último toro de la corrida. De la seria y complicada corrida enviada por Ricardo Gallardo a la capital del Reino, de la que es proveedor habitual. El toro, un buen mozo de nombre Manijero, con cinco años y medio en los costillares. Un toro que se arrancó veloz al caballo de picar y se llevó un excelente puyazo, el segundo, del Patilla; apretó en banderillas y Juan Contreras le cuadró en la cara para dejar los palos en lo alto. Daniel Luque se lo llevó para las afueras del ruedo en un torerísimo comienzo de faena, una especie de pregón sobre lo que habría de venir. Y lo que vino después fueron varias tandas de muletazos con ambas manos ejecutadas a golpe de muñeca, con las zapatillas enterradas en la arena y apoyadas en un valor de cabeza fría, que es el más valorado de los valores. Porque para sacarle partido –lucimiento—a un toro amusgado, de mirada aviesa, y probón en el instante previo a la inercia de la suerte, hay que estar muy seguro del recetario a aplicar; pero que, si se les convence de que la tela que se ofrece no es motivo de quebranto, sino un viaje placentero en pos del señuelo de vivos colores, la cosa cambia. Entonces se convierte en una escena, con dos protagonistas, de insuperable belleza: la del arte del toreo. En este caso, un arte logrado a golpe de martillo sobre yunque, como los cantes de fragua. Daniel Luque tiene la extraña virtud de “empujar” las suertes con el cuerpo, obligando a los toros remolones —como el de marras– a prolongar el recorrido del pase, hasta que el brazo del torero no da más de sí y la suela del pie contrario se muestra en su integridad. De esta forma toreó un muchacho de Gerena a uno toro de San José del Valle. Y por ello la Plaza crujió de entusiasmo, a pesar de las inmensas calvas del graderío. Los que no fueron se lo perdieron, porque, además, se vio la estocada más perfecta de lo que llevamos de ciclo. Un volapié impecable. Cite enfrontilado, viaje recto como una vela y espadazo en la cruz, del que salió el toro rodando como una pelota. Dos orejas impepinables, a pesar del gesto obsceno del presidente al sacar el segundo pañuelo, como diciendo “¡tomad, pesados!” Qué malos aficionados son algunos presidentes “de Madrid”.

Daniel Luque pudo llenar aún más las alforjas de trofeos, porque su actuación en el tercer toro fue francamente meritoria. Más diría: excelente. Mejor toro –el mejor de la corrida–, aunque en principio sacó a relucir la rebaba del “regañón”; una vez resuelto el problema, los naturales brotaron con extraordinaria naturalidad, con la figura erguida y relajada a la vez, y los más arqueados con la mano derecha, pasando los pitones del toro bien cerca del bordado de las taleguillas. El estocadón cayó algo desprendido y Luque se perdió dando golpes con el verduguillo –¿cinco, seis…?–, hasta que sonó un aviso. Habrá que sopesar esto del descabello. Obligar a utilizar un arma blanca, de corto recorrido, a un artista es tanto como condenar al matador a ejercer la labor del matarife. ¿No les parece descabellado?

Por lo demás la tarde fue algo desangelada, porque los dos primeros fuenteymbros flojearon en exceso y el cuarto fue un cobarde, escarbador y reculante, que se fue como un tren a los picadores y como los grandes expresos europeos a los banderilleros. Fue un pájaro de cuentas que mosqueó a Finito de Córdoba, hasta extremos insospechados en un torero de su categoría. No había nada que hacer, desde luego, así que el Fino tiró por la calle de en medio, entrando como buenamente podía en cuando el toro dejaba de hacer surcos en la arena con la pezuña y de hocicar incansablemente. Lo mató a la última, sonó un aviso y le pitaron. Ahora bien, Finito dibujó tal cual verónica y varios apuntes con la muleta en el primero de la tarde, que le dejan a uno el regusto que invita a verlo de nuevo, cualquier día en cualquier Plaza.

El lote de El Fandi también se desfondó demasiado pronto, pero David Fandila le dio fiesta por ambos pitones al primero de su lote, encauzando valeroso una embestida sin grandes alharacas, pero falló con la espada. Las complicaciones del quinto no descompusieron al torero. Sabía latín el de Fuente Ymbro, pero El Fandi es un políglota del toreo. Ni que decir tiene que banderilleó a los dos toros como el que hace la tarea de memoria. Todo preciso y rápido. Palos arriba. Misión cumplida. Así es El Fandi, cuando los toros no ponen nada mejor de su parte.

Lo peor de la tarde fue la asistencia de público: paupérrima. Daba grima ver el descampado de los tendidos y a los tres componentes del palco presidencial allá arriba, olvidados del mundo, en medio de la nada. Habrá quien celebre la ruina del empresario, más que la gozada de ver a un torero como Daniel Luque en franca proyección ascendente, cortar en Vistalegre dos orejas ”de Madrid”. Toño Matilla, el empresario, apostó y ha perdido. Se adelantó a sus colegas y jugó fuerte, pero no ganó, y algunos se alegran del fracaso. Perro mundo (el de los toros).

Publicado en República

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