Obituario: Francisco Brines, poeta español (1932 – 2021)

De SOL y SOMBRA.

Francisco Brines ha muerto este jueves en el hospital de Gandía, donde estaba ingresado desde el pasado 13 de mayo y donde fue intervenido de una hernia, después de que los Reyes le entregaran el Premio Cervantes en su casa de Elca, según confirman a EL PAÍS fuentes próximas a la Fundación que lleva su nombre. Llevaba años sin moverse de allí, su casa en el campo de Oliva, lugar fundamental en sus poemas. Desde allí, como desde sus versos, se ven a la vez el mar Mediterráneo y el recio macizo del Montgó. Así, hedonista y austera, es la herencia literaria que deja este hombre de 89 años que desde muy joven reunió su poesía completa bajo el título de Ensayo de una despedida. “El conjunto de mi obra, aun en los momentos en que aparece el cántico, no es otra cosa que una extensa elegía”, escribió en la introducción a su antología más personal: Selección propia (1988).

Cuando en 2000 decidió vivir rodeado de naranjos bromeaba con los amigos diciendo que se había retirado allí para morir. “No tengo prisa”, matizaba al instante. Nunca la tuvo. Tampoco para vivir ni para escribir. Ni siquiera cuando hace una década dos infartos lo dejaron maltrecho y en el umbral de la decadencia –solo física– que este jueves ha terminado con su vida. En 1995 publicó La última costa y dio por cerrada su obra. Luego vendría una serie de poemas destinados a un libro que ya será póstumo, irremediablemente. Fue adelantándolo en diversas antologías y hasta le puso título –Donde muere la muerte–, pero se resistió a cerrarlo. Tenía la sensación, confesaba, de que si lo terminaba se moriría. Lo decía, como todo, con media sonrisa, sin patetismo alguno. Detrás de tanta dilación estaba, en el fondo, su carácter a la vez perezoso y perfeccionista. Prefería la vida que la literatura, conversar que dormir, contemplar la belleza del mundo que escribir sobre ella. Por eso sus versos tienen el tono crepuscular de alguien consciente de la fugacidad de lo bueno, lo bello y lo verdadero. Pocos autores tan vitalistas como Francisco Brines habrán escrito tanto sobre la muerte.

Aficionado a los toros, su curiosidad inagotable y su sentido del humor le granjearon la admiración universal de un gremio, el de los poetas, muy dado a formar bandos y a cavar trincheras. Transparente sin perder la hondura, su poesía fue una rara avis carnal y metafísica en medio una posguerra marcada por la poesía social. Publicado en 1960 tras ganar el premio Adonais, su primer libro –Las brasas–, lo había escrito un joven que se acercaba a la treintena pero recogía, con su punto de premonición, la voz madura de alguien que, en una casa solitaria, empezaba a despedirse de todo.

Licenciado en Derecho –nunca ejercería– y estudiante de Historia y Filología, aquel libro le garantizó una plaza en el canon de la generación de los cincuenta junto a poetas como Jaime Gil de Biedma, José Agustín Goytisolo o sus amigos José Ángel Valente y Claudio Rodríguez. Con estos dos últimos compartiría multitud de viajes camino de Óxford en los dos años que pasó como lector en esa universidad. La experiencia inglesa quedaría reflejada en el libro Palabras a la oscuridad (1966), galardonado con el Premio de la Crítica y cuyo tono meditativo dejaba ya patente la impronta de uno de sus grandes referentes literarios, Luis Cernuda, objeto en 2006 de su discurso de ingreso en la Real Academia Española. Su otro gran maestro fue Juan Ramón Jiménez, al que reivindicó en un tiempo, la dictadura de Franco, en que el simbolismo era considerado un lujo y el viento soplaba a favor de Antonio Machado.

“Puesto que nunca podrás dejar de ser el que eres, secreto y jubiloso, ama”. Francisco Brines puso esta frase como frontispicio a El otoño de las rosas. Secreto y jubiloso, escribió un puñado de poemas memorables e hizo mejores a todos cuantos, poetas y no poetas, le rodearon.

Ha muerto un maestro de la poesía española.

Galardonado con el Premio de Literatura en lengua castellana “Miguel de Cervantes”. (2020)

Licenciado en Derecho, Filosofía y Letras Románicas e Historia. Su primer libro, Las brasas, de 1959 ganó el Premio Adonais. A continuación publicó Palabras en la oscuridad (1966) que tiene el Premio Nacional de la Crítica. En el año 1987, recibe el Premio Nacional de Literatura por El Otoño de las Rosas (1986). En 1998 recibió el Premio Fastenrath que otorga la Real Academia Española por su obra La última costa (1995). En 1999 le conceden el Premio Nacional de las Letras Españolas por el conjunto de su obra poética. En abril de 2000 fue elegido miembro de la Real Academia en sustitución del fallecido dramaturgo Antonio Buero Vallejo.

En el 2010, recibió el Premio Reina Sofía de Poesía Iberoamericana.

La revista Quites que dirige Don Salvador Ferrer, de la Diputación de Valencia es definida como “un emblema de la cultura taurina, una cosmovisión del toreo en la que han escrito pensadores, humanistas, literatos, catedráticos… Es una plataforma para hablar de toros como un fenómeno, un rito, una liturgia antropológica, estética, literaria…”.

“La universalidad del toreo combate, de entrada, todos los dogmas de la incultura, el fanatismo, la ignorancia y el radicalismo de quienes rechazan y reniegan del toreo”, escribe Salvador Ferrer en el prólogo de la revista del 2020.

Escribía Don Francisco Brines en la revista del 2019:

“La emoción del riesgo es enteramente lícita y un componente importantísimo en el toreo, puesto que el peligro de la lidia es una realidad que no puede ni debe soslayarse. El día que éste disminuya sustancialmente nos encontraremos en el principio del fin de este sin par espectáculo. No es el toro menos principal protagonista que el torero, y serán las modalidades y condiciones que aquél desarrolle en el ruedo las que marcarán el rumbo posible de la faena. Aunque será el torero quien, desde su clarividencia y sus cualidades, hará factible la acertada elección de la lidia, con sus pertinentes resultados.”

“De ahí que cuando contemplamos las fuerzas del animal disminuidas en exceso, cuando percibimos que todo su soberbio instinto está puesto al servicio de la exigua hazaña de poder mantenerse en pie, o cuando vemos humillada en él la gallardía de su especie, sólo es posible sentir el justo desvío ante aquellos falsificadores de la emoción. Ni puede haber arte, ni dominio, ni valor en tales situaciones; y posibles tan sólo dos hermanados sentimientos: el de la vergüenza ante una representación tan bárbara, jactanciosa y mezquina, y el noble sentimiento de la piedad que en nosotros despierta cualquier ser inválido. Y cuando el sentimiento de la piedad aparece ya no es posible la presencia de ningún sentimiento estético. Nuestra nueva ética no estará ya fundida en la estética, como huéspedes de una misma naturaleza, sino disociada y enemiga.”

El arte del toreo: razonamiento de una mirada Francisco Brines. Escritor y poeta. Luis Francisco Esplá Mateo. Medalla de Oro de las Bellas Artes (2009). Revista “Quites”. Diputación de Valencia 2019.

Twitter @Twittaurino

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