David Summers vio estrellarse a Morante.

Por Juan Diego Madueño.

David Summers presenció el atropello de la furgoneta de Morante a una bicicleta eléctrica. El genio de la Puebla viajaba en una jardinera escoltado por la Policía Nacional, que abría paso a la comitiva de las mulas y el Mercedes. En el atasco de Alcalá quedó abandonado el aparato descarbonificador de Carmena. El ciclista pedía explicaciones mientras salía triunfante del embrollo el vehículo diésel, el camarote en el que la cuadrilla cruzará la península durante el verano peligrosísimo proyectado por Morante.

Los portavoces del observatorio político de los toros saldrán, como si se les ahogara un chiquillo en la orilla, a rescatar la versión de izquierdas de la tauromaquia, o sea, a dar explicaciones acerca de lo que considerarán otra perfomance ordenada por Abascal.

Cuando salen los toros, y salieron toros de La Quinta, la ganadería que tiene el listón de exigencia más bajo de todas, la expectación se diluye. Tres años después volvían a barajarse en el patio de arrastre los oficinistas y los artistas, el conglomerado de gentes que alumbra el monumento primaveral que es San Isidro, con sed de frentes culturales en los que dejarse los himnos y las manos. Willy Bárcenas, el Dustin Hoffman de los cayetanos, fue prendido por varias manos al rodear la barra. Victoria Federica, como si acabara de aparcar el ovni, aprovechó el pasillo abierto por la Infanta Elena, que es también su madre. Era la única con mascarilla y era una mascarilla como un mascarón de la Casa Real, la última pavesa de simbolismo que le queda a nuestra realeza, tan empeñada en el bótox. Sánchez Dragó esperaba a ser atendido en la explanada, acompañado de otra jovencilla que se derretía al sol, tan nórdica, y Juan del Val arrastraba a las espectadoras de El Hormiguero que coreografían sus experimentos en la cama.

Ramón Calderón, Calamaro y Manuel Piñera componían la terna inmortal de negritas. Justo Hernández estaba feliz. Sus toros embistieron en Sevilla. Santiago de la Rocha, dircom de Hyundai, estuvo acompañado por Verónica Zabala. Arcadi llegó a la plaza cuando las manillas del reloj se detienen, en el horizonte de sucesos de en punto. Quedaban siete minutos como dos horas para que saliera el primer toro. Cayetana, a la que un partidario le pidió permiso para cogerle la cintura en un selfie, y él invitaron a Bermejo a champán en eso que llaman la boutique de Joselito.

Jaime Albiol, el más educado de la ciudad, se colocó en el 10 a la espera del Juli, el torero que mejor entiende Las Ventas: o te matas o te matan. Seguro que Rocío Monasterio no se enteró de nada ni Almeida ni todos esos políticos puestecitos de fotocol en los callejones para soltarle confidencias al móvil mientras languidecen a la sombra igual que un poto. La vieja política iba a barrera, como Cospedal. No echamos de menos a nadie. Estaban también los nuevos: José Peláez, aka, alzó los brazos como si lo sacaran a hombros la camarilla de columnistas que dirige. Suspira por Pablo Aguado, el torero que calló la plaza cuando la otra vida. El espectáculo está revolucionado. ¿Quién es el doctor Carballo?

Publicado en El Mundo

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