El nuevo librero de Pérgamo, un escritor mexicano que fue novillero: «Hice el doctorado en la Complutense recomendado por El Pimpi y Montoliú»

Jorge F. Hernández era el agregado cultural de México en España. AMLO lo expulsó por responder en un artículo a un funcionario que considera capitalista el placer de leer. «Stalin ya murió, güey»

Por Juan Diego Madueño.

Jorge F. Hernández, el escritor y articulista mexicano, fuma en el interior de la librería Pérgamo. Un operario guatemalteco trabaja en la reforma del local. Quedarán las estanterías de madera. Los libros se han esfumado. Hay una impresora sin estrenar. Jorge sujeta el pitillo entre dos dedos de la mano derecha y fumar vuelve a ser el hábito que mejor combina con el papel y la tinta y el humo conquista el trasluz de la ventana.

-Voy a traducir la biografía de Sidney Franklin, el gringo judío y gay que fue torero -avanza-.

¿Cómo ha acabado de librero en General Oráa el agregado cultural de México en España?

«Fui nombrado en 2019. Un funcionario del gobierno de AMLO dedicado al fomento de la lectura entre las comunidades indígenas dijo que leer por placer era un vicio de consumo capitalista», explica sorprendido, como si hubiera escuchado por primera vez esas palabras. «¿Qué pasó, güey? Stalin ya murió».

Respondió en un artículo. «Lees cagando, en la bañera, en el tren. Claro que lo haces por placer. No tiene nada que ver con el consumo capitalista. A las 24 horas me cortan la cabeza. Justificaron la decisión por unos presuntos comentarios machistas sobre la embajadora de México que habría hecho en una cena en casa de unos de mis mejores amigos. Me traicionaron. Es mentira. Eso sí que fue un cornadón. Ni Islero en Linares».

«Le debo dinero a Múñoz Molina»

El Gobierno de México no le ha devuelto el dinero que adelantó. «Como no había presupuesto pues ponía parte de mi sueldo para organizar actos. Supuestamente me lo devolverían». Arruinado, ha vivido nueve meses de la caridad de otros escritores, del dinero que le han dejado sus hijos, de la calderilla de los libros y las columnas. «Le debo, entre otros muchos, a Múñoz Molina«.

Hace unas semanas recibió la llamada de un compatriota. «Me citó en una de las cafeterías de la Puerta de Alcalá. Venía de dejarlo con la de Lavapiés. Estaba destrozado. Me preguntó si querría ser librero. Voy a ser su asalariado en Pérgamo. Con ese dinero podré poner en orden mis deudas. Le dije que no sabía cómo era el trabajo. A mí me han ayudado mucho los libreros pero ser librero es diferente». Su nuevo jefe, J.J.J., prefiere mantener el anonimato. «Es aficionado a los toros», concede Jorge.

Apura una lata de Coca-cola Zero. Tiene un chascarrillo que ha hecho célebre en las sobremesas. Lo anuncia como el eslogan perdido del mítico refresco. «Me hará millonario». El fotógrafo no lo conoce y Jorge, que fue un novillero de Estados Unidos, paladea el chistecito como si lo recitara a cámara. «Vivía con mis padres en Washington. Mi abuelo materno fue Pedro López Hinojosa, que tomó la alternativa en Tetuán y toreó en la vieja plaza de la carretera de Aragón, y un hermano de mi madre era juez de plaza en la México y había sido novillero».

Participaba en Halloween disfrazado de torero. «Mis compañeros pensaban que la montera era el sombrero de Micky Mouse venido a menos».

Jugar al toro le dio una base que aprovechó con una «vacota de 600 kilos». Tentaba David Silveti. El legendario matador le preguntó en inglés si quería torear. «‘Would do you like to try?’ Como si fuera una taza de té». Jorge tuvo la intuición de que ese torero lo hacía todo fácil. «Era como Joselito el Gallo. Podría antojar a cualquiera a bajarse. Le respondí: ‘Isn’t it dangerous?’. Resultó ser buena y lo bordé, la verdad. Me quedé a vivir en la finca. De allí salí vestido de luces para debutar. Toreé 17 novilladas. Me convertí rápidamente en un joven pendejo. No tuve continuidad».

«Mi tío me negó un rabo»

Jorge habla de historias de toreros a los que se les aflojan los esfínteres en el patio de cuadrillas, de su pasado alcohólico, del vicio de la lectura que compaginaba con los entrenamientos en la México o en los viveros de Coyoacán. «No debuté nunca en la México. El doctor Gaona tenía una óptica y allí íbamos a pedirle permiso. La única vez que estuve a punto de cortar un rabo mi tío no me lo dio. Fue su particular forma de ayudarme a quitarme de la tontería». Lo cierto es que ni siquiera su mozo de espadas confiaba en él. «Me molestó que se apuntara a la universidad. Faltaba a mis entrenamientos. Iba a ser figura del toreo y él mi mozo de espadas. ‘Yo te voy a dar una casa, güey’, le dije. No ese año, claro, pero sí más adelante», niega con la cabeza.

Al final, acabó matriculándose en Economía e Historia y llegó a Madrid con la intención de doctorarse en la Complutense. «A los 25 llegué al Café Gijón y le hablé a Ángel Majano, que fue banderillero de Óscar Higares y del Juli. Era idéntico a Carlos Arruza. Siempre sospeché que había ahí un voladito. Le dije por teléfono que venía a doctorarme. Me dio la enhorabuena. Qué maravilla, decía. Cuando llegó al Gijón vio que ya no me cuidaba y los papeles de la universidad y entonces sí le encajaba la historia».

Necesitaba cinco cartas de recomendación para acceder al doctorado. «Fue al teléfono de la barra. Hizo unas cuantas llamadas y lo solucionó. El lunes tenía cinco recomendaciones, incluida la suya, de, entre otros, El Pimpi y Manolo Montoliú. Sin conocerme, escribían», imita el acento andaluz, «recomiendo al chaval porque no se amedrenta ante ná. Echa la pata palante. Se pone donde se tiene que poner». Al tiempo, el rector lo llamó al despacho. «Las cartas habían pasado de mano en mano y llegaron hasta él. Quería conocer a Montoliú, al que invitó a dar un curso de verano. Era su ídolo».

Jorge está obsesionado con ganar el premio Alfaguara. «He escrito cinco novelas de las cuales he publicado tres. La emperatriz de Lavapiés quedó finalista. Cochabamba, la última, no ganó por la polémica del machismo. Me dedico sobre todo a escribir cuentos. Tengo dos ensayos taurinos, Réquiem taurino y Las manchas del arte». Coincidió con El Pana en la televisión años después de torear juntos. Era la resurrección del brujo de Apizaco. «Me dijo: ‘Ahora pesas lo que pesaban los toros que mataste’. Le contesté: ‘Por lo menos aprendí a leer y a escribir'».

El 12 de diciembre de 1982 toreó por última vez. Un rico había pagado 11.000 euros para que su hijo matara un novillo. Estaba convocada la prensa. «El chico salió huyendo. Llegué a casa de madrugada, borracho y ensangrentado. Sólo era capaz de decir: ‘Maté a ese pendejo’. Mi mujer, que no entendía nada, estaba asustada».

-¿Pero a quién, Jorge? -repetía ella-.

-A ese pendejo.

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