En el adiós de José María Luévano. Silencio en el Sentimiento.

Por: “Puntillero” – De SOL Y SOMBRA.

Sonrisa blanca iluminaba un rostro color moreno. Por algo José María tenía que ser del doce de diciembre. Recuerdo su capote guadalupano que envolvía esa sonrisa franca que emanaba una voz clara y de tono agradable. Recuerdo que en radio siempre se oía tan bien como lucía en la Plaza.

El domingo al salir de la emisión de “El ABC de los Toros” recordé de pronto, como una sucesión de imágenes instantáneas, los sensacionales doblones con los que abrió su faena al cuarto toro de La Soledad el pasado diciembre en la Plaza México. En esa ocasión comentaba que los pases de castigo fueron edificantes pues constituyeron los cimientos del edificio de una faena breve pero intensa, además modélicos. Resultaron una interesante conjunción de profundidad, buen toreo y la aplicación de la adecuada técnica torera al caso concreto. Fue un instante. Qué bien se había doblado, pensé.

A José María Luévano lo vi torear lo suficiente para comprender que el torero mexicano puede ser ignorado, minimizado y abandonado a su suerte a pesar de sus aptitudes y enorme potencial. Lo vi torear lo bastante bien, para comprender que, no obstante la ignominia a la que se le condenan los que de inicio debieron defenderlo, siempre le queda la magnífica ocasión para mostrarse en el torero que sueña ser. Con José María ocurrió varias veces. Por algo Manolo Martínez se fijó en él.

Recuerdo un mano a mano de novillero en la Plaza México. Fue con Miguel La Hoz y con novillos de Don José Garfias de los Santos. A uno le cortó las dos orejas.

El año pasado en Aguascalientes, acabando una preciosa charla que tuvo el torero con Ramón Ávila “Yiyo” tuve ocasión de recordar esa faena por la exacta sonrisa que Luévano mostró, idéntica a la que dio la vuelta al ruedo en la Monumental allá en 1994. Claro, el marco era distinto, la emoción la misma. Entonces decían que resucitaba a Don Fernando de los Reyes en tremendo paralelismo. Sin embargo, José María tenía también con qué, toreando, elevar su voz. Hoy el silencio, como a “El Callao” también le mira. Nosotros miramos hoy lo que queda ahora que él ya ha callado.

También se agolpa en mí el recuerdo de una fabulosa tarde -de resurrección- en enero de 2003. Los tiempos han cambiado. Ese día Javier Bernaldo de Quirós echó a la Plaza México una señora corrida de toros y José María cortó dos y una oreja, la segunda ante un ofensivo veleto que lidió en tablas frente a picadores. Salió triunfador además tras dos inmensos estoconazos. Iba de purísima y oro. Fue un natural suyo portada de “6 Toros 6” Al otro día se anunciaba para el 5 de febrero. Cortó dos orejas a plaza llena y salió a hombros con Ponce y “Zotoluco” en tarde para el recuerdo.

Paradójicamente San Juan del Río y Don Teófilo Gómez López habían tenido que ver todo en la resurrección taurina de Chema”. Hoy las palomas son negras y portan una noticia que rompe el latir de mi afición taurina. Otro torero que se nos escapa entre los dedos. Ese latir que recuerdo perfectamente se agolpaba cuando José María salía a hombros con la “Oreja de Oro” ese mismo año en una tarde de pasión y de gran estocada -otra- de nuevo a un toro de De Santiago que se llamó “Cervezero” (sic). Y es que remató aquella Temporada como se hacía antes.

Mismos latidos me brincaron con aquella callada pero perfecta faena a un toro de Marrón en Juriquilla, en mano a mano con Rafael Ortega. Nadie lo habrá de recordar seguramente porque no hubo orejas.

Yo sí, pues hubo un torero que mandó en el toro y en su cuadrilla que prefirió siempre hacer las cosas bien “¿A dónde vas picador?” Como si lo estuviera oyendo levantar su clara voz y viendo levantar su mano enfundado en grana y oro evitando con ello el innecesario desorden de la lidia.

Recuerdo una portada de “Matador” Luévano en el descanso tras la faena de campo bajo la sombra que da el árbol del tentadero de Teófilo Gómez. “El hombre que esperó al torero” También recuerdo sus palabras, había puesto un restaurante. Parecía olvidarse del toro. Pero el ojo severo del también Matador Gómez, la vida del campo, el pensar todo el tiempo en torero nos entregó como fruto un diestro que dejó páginas de oro en nuestro libro personal. Como aquella larga al toro al Bernaldo en diciembre de 2004 o la raza inacabable cuando un toro de “su” casa riojuanense le partió la boca igualmente en La México. O sus verónicas a “Soñador” de Arroyo Zarco en esa misma Plaza.

Nunca me gustó su cambio de apoderamiento en 2003, sus razones son inescrutables. Con ellas vino Madrid y su digna confirmación de la cual guardo todas las fotos con su clásico manzana y oro. Pasado el tiempo, cuando “El Bardo de la Taurina” me confirmó que le apoderaría Adolfo Guzmán, comprendí que habría empatía en el objetivo taurino. Ambos buscaban una gloria ya conocida y estaban dentro del camino – duro- de reencontrarla. Quién me habría de decir que ese mismo cronista me confirmaría tiempo después lo que hoy todos conocen.

Tuve el gusto de reseñar en radio la faena a “El Pichas” de La Punta y me emocionó tanto como en 2003. No vino el triunfo que este año comenzaba a sentirse. Queda ahí el faenón de San Juan, fue por televisión y para la posteridad.

La confusión que me causa saber que la cintura rota, el compás abierto y la largueza infinita del muletazo no se verán más, es menor comparada con el dolor y la tristeza que me produce saber que el gesto franco y la mano extendida, la voz clara y respetuosa que escuché una noche de radio en Juriquilla hablar durante todo un festejo y aquella disposición plena al saludo, inagotable voluntad de gente buena, se han ido para siempre, dejando el alma vacía de quienes le hemos admirado también fuera del ruedo. “Cuando se muere un torero//Las horas se vuelven negras” Yo así me siento.

Pienso en “El Padrino” pienso mucho en Adolfo Guzmán y en su cuadrilla. Pero antes, pienso en su familia.

El veinte de enero, el día de San Sebastián Mártir, comenzó su camino como matador de toros. También comenzaba su tercer camino como padre. Dieciséis años y cuatro días después acaba en un camino cercano a su segunda tierra, San Juan del Río, cuyas palomas hoy negras nos traen una pena.

Sin embargo, sé que el vuelo de la columba del Espíritu Santo lo tiene a la diestra del Señor.

¡Descansa en Paz, Torero!

José María Luévano Delgado (Aguascalientes, 1973) Matador de Toros. Falleció el 24 de enero de 2011 en un accidente automovilístico. Le sobreviven su esposa y tres hijos pequeños. Nuestro más sentido pésame y deseo de resignación a su familia y seres queridos.

3 Comentarios »

  1. Una publicación sentida, reveladora de algunos detalles q se escapan a nuestra vista… El adios a un artista q en el sentido textual agarro a la vida por los cuernos. Te recordaremos siempre, maestro.
    Gracias P.

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