Cambio de Papeles

Centro multiusos de Illumbe.

Por Paco Delgado

La desaparición del público como objetivo para cuyo disfrute se organiza un espectáculo taurino es ya algo habitual y que puede tener nefastas consecuencias.

Desde hace varios años, a lo mejor muchos, es notoria y palmaria la falta de atención que se muestra, por parte de las empresas encargadas de organizar y confeccionar las distintas ferias que componen la temporada española, hacia el público.

Algo muy grave, evidentemente, porque si no se cuida a la clientela, esta, al final, desaparece. Un principio básico en cualquier mercado y presente en todos los manuales de economía y marketing, en el mundo de los toros se pasa por alto tan tranquila como irresponsablemente. “Mantén satisfecho a tu cliente”, cantaban hace casi cuarenta años Simón y Garfunkel, pero los responsables de la cosa taurina sólo escuchaban coplas y cantos de sirena.

Para empezar, y ya me repito, parece mentira que, en pleno siglo XXI, no se sea capaz de proporcionar a los asistentes a una plaza de toros de la más mínima comodidad. Complicaciones a veces insalvables para conseguir entradas, accesos dificilísimos, asientos que parecen pensados para masoquistas, aseos sucísimos e insuficientes, horarios imposibles… por no hablar ya de la ausencia de cualquier tipo de resguardo contra las inclemencias del tiempo ¿Porqué el baloncesto, por poner un ejemplo, se juega a cubierto?

Valencia, su plaza, este año ha mejorado sensiblemente en cuanto a comodidad, también en atención a los aficionados, pero queda pendiente el tema de la cubierta. En las últimas fallas ha llovido, ha soplado un fuerte viento y ha hecho mucho frío. Y no vale excusarse con que eso ha sido de toda la vida, por que de ese modo habría que ir todavía envueltos en pieles de mamut y moviéndonos en carreta.

Pero, al margen de servicios, donde más se echa en falta la falta de consideración hacia el público es con lo que pasa en el ruedo. Y desde antes de que se haga el paseíllo. Se confeccionan carteles y programas sin tener apenas en cuenta los gustos del que paga, dando por hecho que, por ser aficionados -se supone-, tienen obligación de tragar con lo que sea, colocando a toreros de nulo interés no ya para el presunto aficionado, sino -y esto es más grave, puesto que se está quemando a posibles nuevos clientes- al público en general; a toreros que son apoderados por los propios empresarios; a toreros que son apoderados por otros empresarios que deberán devolver el favor en otras plazas; a toreros baratos que sirven para rentabilizar el abono; a toreros recomendados por cierto sector de la prensa que se supone puede influir en la opinión pública… pero nadie pregunta a la gente qué es lo que realmente quiere ver ¿Porqué, en las ferias largas, no se repite a las figuras, como antes se hacía? No será por que ahora haya muchos diestros que de verdad interesen, desgraciadamente.

Y luego está lo del toro. Antes era el público el que imponía el tipo de toro que quería ver en el ruedo y, en consecuencia, el ganadero criaba un animal de aquellas características. Ahora es el torero quien manda y el ganadero obedece a este nuevo patrón. Que sea el torero el que impone lo que va a torear ha traído como consecuencia que cada vez sea más cómodo lo que se lleva a las plazas, más flojo, más blando y más descastado, provocando que sean muchas las tardes de fiasco por culpa de un ganado que nunca debería haberse lidiado. Pero mucho más grave es que casi siempre la gente trague y no monte un escándalo cada vez que se le da por gato por liebre. El que calla otorga.

email: p.delgado@avancetaurino.com