
Anticipamos un garabato y ha sido algo peor. Una terrible y lamentable escalera de San Isidro. Aún así, en muestra de poco decoro taurino, los ganaderos se han dado una vuelta “risa y risa” en lo que fue el final de un alocado, dislocado, desmandado y revolcado festejo que, a modo de maratón, abre una Temporada que será importante en medida que los encierros lo sean.
Por: Luis Eduardo Maya Lora – De SOL Y SOMBRA. Fotos: Jorge Prado.
Seamos francos, a los toros vamos a emocionarnos. La diversión dejémosla para otros sectores aquí hablamos de la sublimación de las grandes emociones humanas o del ridículo de los más elementales escrúpulos.
Así tenemos que la Regia Inauguración lo es por el incomparable marco: la Monumental México en su aire catedralicio, plena y rebosante en ilusión con su magno paseíllo dibujado sobre un tapete de armoniosas y coloreadas flores, así como la afirmación, por supuesto, de la vigencia plena del derecho de la libertad de los aficionados.
Bien por la Porra Libre, setenta y cinco años o más los contemplan. Ayer han elevado la etiqueta “#SíalosToros” al nivel de un grito de guerra infranqueable que dice: “¡Toros Sí, Toros Sí…!” Vuelta al ruedo inolvidable junto con los toreros bajo la “apasionada entrega” de la multitud congregada. Anticipamos tal manifestación, nos congratula ser parte ella. Solo esperamos que no se diluya.
Vamos a los hechos.
El turno que más se disfruta en toda la Temporada es el que abre la misma, cuando el frío llega, los sentidos se afinan, se guarda silencio y los pergaminos prevalecen en los tendidos. Todo esto bajo un cielo taurinamente encapotado con plateadas candilejas iluminando la escena. En medio del celaje gris, en bugambilia y oro enfundado, Diego Silveti luce con el capote en las verónicas con las que peina el tercio y remata soberbio, verticalmente, en los medios de la Plaza.
El zambombo que abre plaza, retacadísimo y flojo cárdeno claro, se llama “Rey David”.
Amenaza con quedarse parado porque ante el caballo demuestra falta de raza, es decir, lejos se encuentra su juego de la evidencia de comportarse cual toro de lidia. Ante ello Silveti en los medios abre el compás en la gaonera para lucir clásicamente en el lance natural con el capote por detrás del cuerpo. Clamor y rebolera por detras en el remate.
Un rumor de expectación alienta la confirmación tras breve segundo tercio donde el isidro busca oxígeno desesperadamente. La liturgia, sucesión de ritos, queda perfeccionada en la emotiva e histórica confirmación de alternativa, que tal como hace Ponce, así tiene que ser, solemnemente, como se confirma el doctorado. Inmortalidad pura. El estrujante inicio por alto, rematado perfecta y desdeñosamente muestra la proclividad de Diego hacía el bien hacer.
Inicialmente, con la derecha primero, con la zurda después, Silveti luce porque templa calmadamente. Pero, a falta de una esquina competente, Diego acorta demasiado pronto las distancias estorbando. Aflora la bisoñez en la segunda mitad de la faena y me atrevo a decir que la tarde se rompe cuando es terriblemente empitonado, taleguilla rota. Ahí comienza la corrida su camino hacía la distracción.
Luego, la desesperante forma de matar indica que el Principado ha de instaurarse a golpe de espadas y, por favor, por pitón derecho, no por fuera. Preocupante es, por principio, que Diego no se arme a la muerte hilado al asta derecha de su enemigo.

Ovación tras pinchazos.
Se quiebra el aire regio de la tarde en la sucesión de reclamos a Ponce por la presencia del cárdeno segundo.
No sé que esperan para traerle, ya que le gustan los cárdenos, con Piedras Negras. O, ya que le gustan los atanasios, con la corrida española de Barralva. Esto señores, sí acaso pretenden hacer historia. Y lo digo por todos los involucrados. No tarden. Aún queda tiempo, pero no mucho.
La presunción de ilegalidad impera en el disparejo criterio, tanto del público como de la autoridad que deja pasar tanto al titular segundo como al estrecho, cariavacado y zancudo sobrero. Nada que escribir a casa. Lo malo es que a punto de llegar a un colapso, los monosabios equivocan al anunciar al segundo reserva para innecesariamente levantar sospechas.
La gente inculpa a Enrique Ponce pero perdona a Arturo Saldívar.
Impresentable la alimaña que hace de tercero, mansa hasta decir basta. Rasgó, dobló contrario, tardeó, se quedó corta con el torero que trata de llevar largo. Hay emoción porque hay peligro, si tan solo el trapío hubiese sido mayor… Solo al final, atacando y procurando mandar, aminora la protesta del manso. Como pincha todo queda en fuertes saludos.
Mitad de corrida y “El Garabato de San Isidro” nos sume en la desesperanza.
La llovizna aparece cuando Ponce toma el trapo rojo. Antes gustoso y lucido regala magníficas verónicas de recibo y lances en el quite a pies juntos. El cárdeno cuarto, mejor presentado, comienza alinear su tranco cuando imperial, Enrique se dobla espléndido en un palmo de terreno respetando el lado derecho del toro. Pongamos atención. A un toro inicialmente manso no hay que darle tiempo de pensar, hay que levantar arcos. Ponce lo hace bajo la contraporra más allá de la segunda raya.
Y al arco clásico inicial el valenciano añade un canal donde el toro no habría de escapar nunca. Aunado a la presentación exacta del engaño, hace Enrique queel burel camine para aflorar lo más posible su escaso fondo. El ojo contrario tapado, el cite con su clásico “bamboleo” por toque y el trazo largo endilgan naturales saliendo al frente sin atacar la salida de cada muletazo, andando tras el paso del toro en los remates por alto o las pinceladas por abajo.
A pesar de que a la poncina el viento interrumpe, Ponce resuelve incluso en el exceso de pasar de faena al burel. Deja media tendida y trasera que no impide que doble el toro tras gran puntilla de Emilio Ríos que ha estado formidable toda la tarde. Oreja como premio y vuelta al ruedo con paso de Emperador.
Por fin sale el toro, ocupa el lugar de honor y es para el de la Tierra Colorada. El hambre de Saldívar es tal que al mismo le rebasa, fundamental para ser figura del toreo. Pero el freno de la sosería, de la vista encima del palillo en reflejo de mansedumbre, le pone de cara a este quinto , un altísimo cárdeno, serio de cara y con muy poco de bravura.
Como Saldívar sabe que en una época de toros mansos hay que construir se lo juega completo en los medios, a pesar de la concebida concesión al tendido. Pero donde importa es al correr la mano y mandar.
El toro es corto de todo y solo en el tercio parece responderle a Arturo tanto como el rugir del público. Fuerza al límite de la joselillina cerca de matadores, valor a toda prueba, un espadazo caído y la presión que no aguanta Gilberto Ruíz Torres, el incapaz Juez de Plaza, otorga una segunda oreja tan gris como la capa del toro. Criterio para unos no es el rasero para otros en clara señal de inequidad.
Estamos en La México y el derroche del Toreo se confunde con el despilfarro del toro de relajo.
A Silveti no le funciona el manso sexto que está lastimado de las patas traseras como indicó una señorita tan solo al verle salir. Regala Ponce uno, Saldívar inexplicablemente otro y, por antigüedad forzado, se queda hasta el final.
Cómo la autoridad, que tiene la decisión de autorizar el regalo, manda menos que un aficionado práctico sin experiencia a una vaquilla de destete, forma un sainete al autorizar tres regalos. Ni cielo, ni luna ni mar, solo absoluta confusión cuando comienzan los tiempos extras que dirigen una barca sin rumbo fijo.
Hay peligro ciertamente en la lidia del séptimo. Toro número 127, de nombre “Escultor” con el hierro de la vacada titular. Destaca Manolo Quinta a caballo donde borda espléndido y mesurado el puyazo. En señal de despedida –Ponce enfundado en tonos sepias, primer síntoma- el brindis al histórico Antonio Tejero es la más sincera declaración de intenciones. La faena que viene es el mejor homenaje a su hombre de confianza.
El toro comienza a complicarse subrayando su peligro, pero lo explica Jorge Caso en su barrera: “Estando Ponce esto prácticamente no se siente”. Y es cierto. En el arte el escaño más difícil de poseer y alcanzar siempre será la facilidad, la complicada perfección de la sencillez.
Por ello para Enrique Ponce construir, levantar de las cenizas la incinerada bravura para con ello hacer andar a un descoordinado cárdeno claro, es cosa “fácil”. Basta tirar del valor y de su verticalidad. Parece que la bravura del isidro se reduce al hollín del rescoldo pero los muletazos al paso, hay uno de la firma soberbio de inicio. El aire entre tandas, la lección soberbia de desentrañar un enigma y la largueza del trazo con la izquierda construyen una obra sensacional.
Mientras otros se ponen donde tiene que ir la muleta haciendo que el toro quede corto, Ponce deja el engaño en el sitio que se requiere, administra alturas, sobre manda embestidas y deja cromos tales como los pases de frente con la derecha, el nuevo pase de la firma que castiga y desdeña el arreón del cárdeno y por supuesto los cambios de mano plenamente incomparables.
¿Cómo entender un público que vibra mucho que se divierte más y se emociona, taurinamente, menos?
Respetamos la tripolaridad que castiga el pinchazo en alto pero que premia la entera caída, que carece de fondo taurino para exigir la vuelta tras la ceguera del usía que se limita al número de pañuelos. Ridículo de la Autoridad en el palco negando.
Da la impresión que Saldívar reserva para sí “la parte del león” a costillas del nieto de “El Tigre” en el jaleo callejonero previo al toro de “relajo”. Nada más falso. En los toros no hay quejas. Al que no arrebata, le arrebatan y el tema ha sido la lenta “esquina” de Silveti y claro, la carencia autoridad. Si tan solo el usía hubiese hecho uso de la facultad de restringir el regalo a Arturo Saldívar, la norma de corrección habría indicado que el obsequio fuese para Diego.
Pero la cosa está hecha. Se llama “Buen Mozo” y es un cárdeno bien hecho sin estridencia alguna en sus astas. Salvada esta causal de improcedencia, Saldívar se encuentra con el azúcar, tanto en la villaltina como en el pase cambiado. Ese inicio abierto en los medios y para arriba será muy vistoso pero una vez que se remata, ha de venir lo grande.
El ímpetu de Saldívar, el hambre del “self made man” debe mesurarse cuando se encuentra a una hermana de la caridad como este octavo cajón. El turrón se puede romper y diluir. Esto no pasa porque Arturo procura llevarle largo pero inicialmente atacando en exceso. Bajadas las revoluciones, mandando más, procurando llevar el brazo al vuelo, Saldívar liga, académicamente perfecto con aguante y gusto, llevando al límite la emoción del público.
La faena, correcta y bien trazada, no raya a grandes alturas al natural ni se reviste de mayor sabor, fantasía –sobre todo- y abandono. Demasiado preocupados parecen los toreros por los puntos de los apéndices. Muchas dosantinas, efectos especiales por la espalda, valiosos claro, solo que un ejemplar como el de San Isidro hay que verle al natural, cosa que no ocurre y que deja hueca la faena.
Casi nadie lo señala en medio del relajo. Una gran ejecución del volapié, no obstante la estocada es entera pero trasera.
El Juez, en borde de locura, asoma el pañuelo verde. Nada que comentar ante el despilfarro que coloca a Saldívar a la cabeza de la emoción pero ante la expectativa de verlo de nuevo y si se puede con algo más serio. Que el que no asegunda…
Menos mal los de la Tierra Colorada ganan la partida a los costaleros recurrentes y se fueron con el torero a hombros. Cual debe de ser.
Estoy seguro que así seguirá siendo. Esperemos ocurra esto en los cinco minutos de cordura que, como “el aura del pinchazo”, vienen y van de la gran plaza. El transtorno tripolar que sufre la Plaza México puede ser medicado con una palabra muy corta y muy franca, que no a muchos gusta, seriedad de juicio.
Esa que muchas veces el toreo nos hace perder. Difícil pero necesaria cosa.
Twitter: @CaballoNegroII
RESUMEN DEL FESTEJO.
Plaza México. Temporada Grande 2010-2011. Regia Inauguración. Noviembre 6 de 2011. Primera de Derecho de Apartado. Casi lleno en tarde fría con cielo gris e intermitente viento. Llovizna tras el cuarto igualmente intermitente. Mucho ambiente y gente guapa en los tendidos. Reventa descarada.
9 Toros, 9 de San Isidro (Divisa Azul rey, amarillo y rojo) El segundo bis sustituyo al titular devuelto por chico. Salvo quinto y sexto, el resto ha sido un muestrario de estrechez, pequeñez y comodidad de astas. El tercero impresentable. Ninguno demostró bravura manifiesta siendo el octavo nobilísimo, pastueño y homenajeado con el Arrastre Lento.
Enrique Ponce (Tabaco y oro) División, oreja tras petición y saludos tras bronca a la autoridad en el de regalo. Arturo Saldívar (Obispo y oro) Saludos, dos orejas con protestas y dos orejas y rabo con leves protestas en el de regalo. Diego Silveti (Bugambilia y oro) que confirmó su alternativa. Ovación y palmas. Saldívar se fue a hombros.
El tercer espada confirmó su alternativa con “Rey David”, cárdeno claro de San Isidro.
Pese a anunciar regalo, Silveti no pudo lidiar un noveno toro por falta de astados reseñados en los corrales. La autoridad intentó anunciar mediante megafonía el hecho sin que se aclarara totalmente su razón.
Pésima tarde de Gilberto Ruz Torres en el biombo.
Se despidió tras una vida en los ruedos Antonio Tejero, primero de la cuadrilla de Enrique Ponce en emocionante vuelta al ruedo. Las cuadrillas a pie tuvieron una pesima tarde. Destacaron a caballo Manuel Quinta y Carlos Domínguez Márquez picando los regalos en ese orden. Durante toda la tarde destacó el puntillero Emilio Ríos, certero y discreto.




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