
Tal como ayer, hoy volvemos a la ilusión que en esta ocasión de Guanajuato es traída. De Diego Silveti se ha discutido parecidos o alcances familiares pero lo que ha sido indiscutido es su sello, su empaque y por descontado, su carisma. Más allá de cualquier otra consideración el último eslabón de la gran dinastía mexicana hace el paseo en Madrid, bajo la alta luz de la expectación y envuelto en la esperanza y el ineludible recuerdo.
Por: Luis Eduardo Maya Lora – De SOL Y SOMBRA.
Suenan las notas de un corrido que nos recuerda el reciente libro de Eduardo Heftye, precisamente nombrado, “Corridos Taurinos Mexicanos”: “Cuando empezaron los murmullos//De que venía el gran Silvete//Todos estaban en un brete//Y hasta dijeron son chanchullos”
Y esta letrilla tan popular en el más estricto sentido y tan mexicana es la que casi cien años después nos tiene auténticamente “en un brete”, el de la sempiterna taurina ilusión.
Ayer Juan Pablo Sánchez, a pesar de las circunstancias, opuso sus mayores virtudes y solventó el alto compromiso de la afrenta madrileña hacia las figuras del toreo. Cuatro espléndidos naturales al colorao que cerró plaza han sido muestra de lo que puede ser, no obstante, el triunfo mexicano no llega.
Por primera vez Diego Silveti tiene la necesidad de apostar a una sola carta. En esta ocasión, con la confirmación en la temprana de su carrera – Diego no tiene ni un año de matador de toros- el joven espada juega una partida de muy grande riesgo pero de igual o mayor posible recompensa.
Se lo juega en un momento clave, donde el despegue, la elevación a una categoría taurina mejor y considerable, se muestran a la vista del torero de Salamanca pero igualmente en un momento donde técnicamente se encuentra más cerca de la instrucción que de la consumación taurina. Y, no hay de otra, la oportunidad en la vida es una y hay que tomarla al paso o al vuelo.
Por ello, siempre es difícil la vida de los toreros. Los senderos de tauro tienen veredas a veces incomprensibles, a veces escabrosas y da la casualidad, no irónicamente, de que los toreros definen su vida, toman decisiones que marcan su destino, en momentos en que quizá no sean los más idóneos. Pero la tauromaquia, la propia palabra lo dice, es una pugna. El toreo es eso, confrontación perpetua.
En ese aire, Diego Silveti llega a Madrid. Confrontando la centenaria historia de su origen taurino con la actualidad, confrontando al toro español luego que de técnicamente no aparentara encontrarse en el mejor de los compases, con la aflicción de la esperanza de la afición mexicana ante el tiempo que corre sin que vengan los triunfos y, claro, con la responsabilidad grande de estar punto más que bien, los toreros tienen que estar siempre muy bien.
Madrid, si acaso ha respetado y tiene en la lista de los elegidos a un torero, ese es Juan Silveti Reynoso. Razones, el empaque casi rondeño de su toreo, su devoción clasicista, la nula concesión al tendido y, por supuesto, su torería, embelesaron no solo al publico madrileño, sino a una crítica, la de los años cincuenta, que se rindió ante el “Torero clásico de México”.
Más reconocido en España que en México, Juan Silveti representa hoy una vuelta al antaño de la pureza del toreo. Por ello, lo hemos dicho varias ocasiones, sumar al clasicismo del padre, el valor, la raza, la temeridad del abuelo y el empaque de un caballero inglés, necesariamente tendría que derivar en un torero como David, que físicamente hizo de la quietud trono y cadalso.
En medio de tales referencias, el clasicismo aunado al valor, Diego muy lentamente está formando un estilo próximo al compás abierto pero sin olvidar la verticalidad, en rojo sentimiento pero comprendiendo que el toreo debe ser capacidad, que deriva de la técnica y el oficio.
Y si de valor, como asumimos no puede ser por tantos antecedentes de otra manera, se encuentra mejor de nunca, quizá encuentre el momento para ajustar sobre la marcha al cambiante escenario y cambiante toro de Madrid, en muestra clara de capacidad taurina.
Esa es la gran pregunta. Si acaso Diego es capaz de ya no requerir la tarde difícil para que venga la tarde grande, como sus dos novilladas en Madrid, como su propio paso por La México, con esos arranques y comienzos que al joven Silveti dan la impresión de pesar. Esas dos o tres primeras entradas donde a golpe de angustia vienen el sosiego y el asiento de los siguientes episodios.
Por ello, si Silveti entra pronto a la corrida, sin correr, sin querer volar antes de tiempo. Si la serenidad de plantas, uno de sus más importantes activos, la no concesión al tendido ni los efectos “por la espalda y de repente” le ganan la partida al toreo fundamental, Diego saldrá vencedor de su partida con el toro, dejando casi todo al vuelo de su espada, la gran duda.
Esa duda que se resuelve, no deshaciendo una interminable telaraña mental, sino cortándola de tajo, a partir del mismo modo en que Juan Silveti Reynoso pudo quitarse a aquellos cuatro pablorromeros en la propia Madrid.
Veinticinco años después de David Silveti, todo de blanco y todo de oro, Diego Silveti partirá plaza en un gran cartel en Madrid, con Castella y Luque, con los toros de Núñez del Cuvillo proclives a la bravura pero también en muchos momentos a la sosería, factor que puede hacer daño a Diego si acaso no opone todo el oficio, sea cuanto sea, que ha adquirido y toda la personalidad y dignidad posibles.
Se llamará “Tarifeño” el de la confirmación, número 24, castaño, nacido en Diciembre de 2007 y con 521 kilogramos, que no va a cargar el torero y que tendrá, esperemos en Dios, que desplazar el toro.
Seguimos esperando el triunfo, quizá no llegue, quizá dilate o el destino nos imponga una mayor angustia. Todo depende de la espada y la muleta de Silveti, que ha de tomar Madrid sin mayor contemplación porque como decía otro corrido mexicano, duranguense, “Aquí no hay flores de venta//Cada quien corta las suyas…”
Aquí esperamos con ansia… Suerte.
Twitter: @CaballoNegroII.



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