
Por Jon Mujika
DESDE los torturados de Abu Ghraib hasta un Cristo crucificado. O, como ayer lo expresó el alcalde, Iñaki Azkuna, “desde los arzobispos a los mejores traseros que uno ha visto en los últimos años”, antes de entregarle al protagonista una makila de honor con su nombre tatuado, “una distinción que solo se entrega a quienes tienen autoridad”.
Las gafas de ver la vida que usa el pintor Fernando Botero usan los cristales de la ironía y la sátira, ahumados con una voluminosa visión burlona de la vida. El último Ché de la pintura latinoamericana, el último revolucionario cumple este año sus ochenta de vida y ha escogido Bilbao como una de las tierras donde celebrarlo. Su presencia en el Museo de Bellas Artes de Bilbao se antojaba como todo un acontecimiento. Ya ayer lo era, cuando se corrieron los telones para dejar al descubierto una obra fascinante que el visitante presente devoraba con los ojos.
Fueron muchos, ya digo, y muy expectantes quienes se acercaron a la inauguración de la muestra. Desde Mario Fernández, presidente de Kutxabank y de BBK Fundazioa, patrocinadora de la Fundación (definió al artista como un hombre que alcanza la doble condición de pintor de prestigio y personalidad popular…), hasta embajador de Colombia en Madrid, Orlando Sardi de Lima; pasando por el torero Enrique Ponce, acompañado por Paloma Cuevas, por cierto Ponce decidió regalarle el traje de luces con el que cortó su segundo rabo en La Plaza Monumental Mexico. Botero, amigo y partidario de Enrique Ponce, recibió el regalo con mucha ilusión en el transcurso de una posterior cena privada.
También se dejo ver la esposa del artista colombiano, Sophia Vari, el viceconsejero de Cultura, Antonio Rivera, la diputada de Cultura, Josune Ariztondo; Gorka Martínez, director de BBK Fundazioa; Juan Mari Sáenz de Buruaga, Lina Botero, hija del artista y comisaria de la muestra, “iluminada” como un ángel al decir de quienes entienden; el coleccionista Ignacio Várez, José Tasende, galerista de La Jolla (California); María Cristina Pignalosa, el arquitecto César Caicoya, el artista Andrés Nagel; el director de la pinacoteca, Javier Viar; la coordinadora de la muestra, Miriam Alzuri; la galerista de Huston Liliana Molina; la cónsul de Colombia en Bilbao, Ruth Mary Cano, el editor Salomón Lerner, José Luis Sabas, Ilana Bouboulis, Magdalena Múgica, Luisa Latxaga, Cecilio Gerrikabeitia, Jon Ortuzar, en nombre del Palacio Euskalduna, Rafael Bustamante, Juan María Iruarrizaga y una legión de admiradores.
Un aire caribe -o al menos un aire latinoché…- recorrió las salas del museo, donde se recordó la presencia en Bilbao de Carlos Fuentes o Mario Vargas Llosa en los últimos años. El hito de la tarde era fotografiarse con una leyenda viva.
Así, el buen don Fernando posó como si fuese la estatua ecuestre suya que adorna estos días la Gran Vía: con santa paciencia.
Testigos de cuanto les cuento son, también, José Andrés Merodio, Lauren Bejannin, María Leticia de Ortega, Patxi Ortún, Fátima del Río, Marta Barco, Pedro Elodui, Berta Longas, Itxaso Elordui, Mariano Gómez, Criztina Zelaieta, Marta García Maruri, Ander Iturriaga, José Fernández; la escritora colombiana Anna María Escallón y así hasta rebosar la tarde, dándole forma botérica.
Via : http://www.deia.com



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