FERIA DE ABRIL: La eternidad de una media.

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Por Antonio Lorca.

Es lo que tienen los genios: que un día se levantan, cogen el pincel, la partitura, el cincel, he aquí que les llega la inspiración y crean una obra de arte que deja al mundo boquiabierto. Esta tarde tarde, sin ir más lejos, uno de ellos, conocido por Morante de la Puebla, tenía el capote entre las yemas de los dedos y, como quien no quiere la cosa, se puso a torear y volvió loca a la plaza de Sevilla, que todavía anda dando capotazos en su ensoñación torera.

La corrida iba cuesta abajo hacia el precipicio del aburrimiento más soberano, propiciado por una corrida infame, de esas que deberían dar vergüenza a sus criadores por su lastimosa falta de fuerzas que raya en la farsa. La corrida tenía toda la pinta de erigirse en un tostonazo cuando sale al ruedo el cuarto de la tarde, Galiano de nombre, y de 511 kilos de peso. Su matador, Morante, lo espera en los terrenos de sombra, y allí dibuja cuatro verónicas y media monumentales, lentas, hermosas, auténticas y hondas. Pura sensibilidad del artista. Y la Maestranza, imagínense, explota de emoción. ¡Morante, su Morante, ha sido preso de la inspiración!.

Sale el toro del caballo donde no le hacen sangre ni para un análisis, y el torero lo cita en los medios, parsimonia pura, y lo torea por chicuelinas con las manos muy bajas, recreándose en cada una de ellas, sin prisa, dejando que las notas expiren allá a los lejos. Pero, ay, el toro sale suelto y se va hacia el picador que hace la puerta. Cuando consiguen sacarlo hacia el centro, se acerca Morante con su capotito entre las yemas y, como quien no quiere la cosa, sin más importancia, dibuja una media verónica que dicen los que no exageran que comenzó el óle a las ocho y eran las ocho y cuarto y aún no se había despegado del toro. Eterna, sin duda; al menos, así lo pareció en la plaza. Una de las estampas más bellas que se puedan contemplar en un ruedo; la razón más contundente de que el toreo es una de las bellas artes. Se asegura aquí en Sevilla, y será verdad, que esa media verónica subió a los cielos y allá que andan todavía los diablillos extasiados con el vuelo mágico de un capote genial. Sonó la música para homenajear el arte, y el artista, enrabietado ante su propia obra, volvió a citar al toro por verónicas y dibujó otro ramillete de cuatro trazos celestiales rematados por una larga que quiso detener el tiempo.

Es lo que tiene la inspiración, que en un momento todo lo transforma y lo convierte en gracia, embrujo, sensibilidad y armonía.

Se esperaba, claro, faena grande como merecido broche de oro. Pero la inspiración, también, es volátil e inconstante. Brindó Morante a Ángel Peralta, otro artista, se hizo el silencio más absoluto, pero toda la energía de la Sevilla taurina no fue suficiente para que el artista encontrara de nuevo la senda genial. Lo intentó de veras por ambos lados, pero no consiguió acoplarse con el animal que enganchaba la muleta en cada pase y torcía la esperanza. Ahí quedó para siempre, no obstante, la eternidad de una media verónica para la gloria de esta plaza y felicidad de quienes tuvieron la fortuna de ser testigos de esa ráfaga de luz que aún brilla en las alturas. Quiso el público que diera la vuelta al ruedo, pero el torero se inclinó ceremonioso ante el respetable, declinó la invitación, se encerró en el callejón y dejó que los demás soñaran.

Todo esto ocurría en el cuarto, pero ya al que abrió plaza, un medio toro por falta de casta y fuerza, Morante lo recibió a la verónica con galanura, y aprovechó la noble y tullida condición del animal para desgranar algunos detalles de su excelsa torería. Tres ayudados y un remate templados y suaves constituyeron el prefacio de una labor limpia y solemne, ayuna de emoción, pero preñada de estética. Derechazos largos, cuatro naturales hondos, detalles torerísimos, pero solo detalles porque no había toro.

Quedaba, no obstante, lo más grande, lo más hermoso, un rayo de luz que da sentido a esta fiesta. Y la plaza de la Maestranza fue testigo de ello.

El resto del festejo fue otra historia. Castella y Talavante manejaron también los capotes, pero no era su día. El lance cuando carece de alma de nota a leguas. Ambos, sin embargo, derrocharon pundonor. Castella, por ejemplo, recibió a sus dos toros de rodillas frente a la puerta de chiqueros, pero no delante, sino allá en los medios, y mientras muleteaba -es un decir- al moribundo segundo, media plaza dormía y la otra media bostezaba. Quiso aprovechar la mejor condición del quinto, y comenzó la labor de muleta con tres pases cambiados por la espalda que despertaron una ilusión que no se materializó. Cuando bajó la codicia del toro se diluyó la faena y quedó la impresión de que su toreo tan impersonal hizo que volara la emoción.

Insulso resultó el quehacer de Talavante ante el tercero, otro animal soso que solo permitió al torero estar sin estar en él. Mejoró sensiblemente ante el sexto, más enrazado, al que consiguió ligar estimables tandas con ambas manos en muletazos ajustados y ligados. Alargó la faena, mató mal y la oreja se la llevó el toro al desolladero.

Sevilla, no obstante, mantuvo la sonrisa. Morante le había devuelto la esperanza de seguir soñando con el toreo eterno…

Ficha del Festejo.

Toros de Núñez del Cuvillo, desiguales de presentación, inválidos, mansos y nobles; destacaron los dos últimos en el tercio final.
Morante de la Puebla: media baja (ovación); pinchazo y media (gran ovación).
Sebastián Castella: tres pinchazos y estocada (palmas); estocada _aviso_ (ovación).
Alejandro Talavante: dos pinchazos, estocada y cuatro descabellos (palmas); pinchazo _aviso_ y media tendida (ovación).
Plaza de la Maestranza. 15 de abril. Sexta corrida de feria. Lleno

Cartel para mañana: Toros de Victorino Martín, todos aprobados en el primer reconocimiento, para Manuel Jesús El Cid y Daniel Luque, mano a mano.

Via: http://cultura.elpais.com

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