IN MEMORIAM: Dolores Aguirre, personalísima e irreductible ganadera.

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Por José Ramón Márquez.

A doña Dolores Aguirre Ybarra la atrapó el toro y de él hizo su enseña, pero eso fue tras un aprendizaje no exento de dureza.

Doña Dolores Aguirre Ybarra se compró una ganadería y una finca en Sevilla porque le apeteció y porque tenía los cuartos para hacerlo, pero ni mucho menos era una ganadera.

Dejó las cosas en manos de consejeros y de correveidiles mientras ella iba y venía, confiada en que el manejo del ganado estuviese en aquellas manos.

Un día, creo que fue en Pamplona y no lo voy a mirar, estando uno de sus toros echado en el suelo, al ir a colearlo para ayudarle a levantar, un peón se quedó con el bordón de la cola del animal en las manos, a causa de algún jeribeque que había ocurrido en el campo.

Avergonzada, la vizcaína abandonó la Plaza. Ese día decidió ponerse ella misma, con mano firme, a dirigir su ganadería. Ese día comenzó de verdad la carrera que la transformó de propietaria en ganadera de toros de lidia, oficio al que se ha dedicado durante treinta y tantos años y cuyo fruto más evidente es el aprecio de la afición por sus toros, esos atanasios con las cabezas más grandes que ningún atanasio haya presentado nunca.

Doña Dolores Aguirre Ybarra, mujer ganadera de toros de lidia, triunfó más en Madrid que en su tierra, como les pasa a tantos vascos.

Echó a la blancuzca arena de Las Ventas toros de una irreprochable presentación y juego, como aquel Pitillo, número 32, con el que un jovencísimo Pepín Liria estuvo hecho un jabato, y siempre trajo a Las Ventas toros de lidia que proclamaron su seriedad y que crearon enormes dificultades a los que se anunciaron con ellos, Domingo Valderrama, El Califa, Juan Mora, Enrique Ponce, Luis de Pauloba, Miguel Rodríguez

Personalísima e irreductible ganadera, Dolores Aguirre representa un estilo que, desgraciadamente, parece llamado a la extinción, cuyas principales características serían la enorme fidelidad a las propias convicciones, la renuncia expresa a seguir modas o dictados ajenos a la propia visión y la firme resolución en no abandonar el camino trazado, aunque a veces los resultados de tanto esfuerzo fuesen insatisfactorios.

Pero eso ya carece de importancia, pues ahora su nombre ya ha quedado inscrito entre el de algunas mujeres ganaderas, imprescindibles en la historia de la ganadería brava.

«Sit tibi terra levis»

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