Por Marco A. Hierro.
Lo pasé mal, Alejandro. Casi tanto como tú. Me dolieron tus heridas porque no era este el objetivo cuando decidiste darle grandeza al mundo que nos da la vida. Se me encogió el alma al ver la lividez de tu cara cuando planeaban en el cuarto los fantasmas del fracaso. Me dolió, Alejandro, como a ti.
Nunca fue fácil encerrarse con seis toros en Las Ventas. Jamás se contempló entre la normalidad matar seis toros de Victorino, y tú quisiste hacer las dos cosas en el corazón del taurinismo, con los focos puestos sobre tu pecho y la llama de la atención que tú avivaste gastándote los cuartos para escarnio de quienes deberían hacerlo como tú. Hoy se reirán algunos de tu derrota, porque así es el mundo cruel y sañudo que nos circunda, ahíto de los valores del Sálvame y sin brizna de compasión por quien se lo jugó todo y le tocó palmar.
Mientras perdías esta apuesta -sólo esta, que no la que ganaste fuera del ruedo- lo pasaba yo mal en el tendido viendo cómo te buscabas entre telas y colores, grises hoy por distinta luz.
Salía del penco el tercero cuando te vi un destello de limpia esperanza en quite de chicuelina templada, mas no ceñida. Toreada con el vuelo de fuera, hacia adentro en el embroque justo antes de girar. Fue un amago de naciente luz, el preludio del manojo de naturales que le pusieron el techo a la tarde, y no fue muy alto cuando uno te ha visto pegarlos con personalidad y sello. ¿Dónde estabas, Tala? ¿En qué momento del camino del hotel a la plaza te quedaste en una esquina y mandaste a tu fantasma?
Él, que venía de azabache, no fue capaz de pintar de oropel y frescura los vuelos de la pañosa. Y se perdió entre la tarde, entre los improperios de una plaza que cree que ofendiendo se gana el respeto; entre la mortecina embestida del quinto, la falta de clase del primero, la poca entrega del cuarto y la reposición sin poder del segundo.
Recogió tu fantasma los restos de su propio naufragio, que muchos verán como el tuyo, pero tú ya habías ganado poniendo el toro en candelero. El toro, Alejandro, el que falló esta tarde a la que tú no viniste.
Porque si hubieras venido no se hubiera ido sin fibra, ni luz ni espontaneidad, ni un miserable brindis, el momento en que clavaban los focos en ti el centro de la tauromaquia. En ti, que derramas alegría y corazón en tantas tardes al año y hoy mandaste a tu fantasma a ofrecerle trapo a los cárdenos, a trazar con indolencia y padecer luego las consecuencias, sin una sonrisa en el día escrito para tu santo. Lo pasaste mal en ese rinconcito de la plaza en que te encontrabas, Tala, yo lo sé. Y sufrí contigo.
Por eso me quedé a verte salir del ruedo, a ti o a tu fantasma, sabiendo que padecías y que no dormirías bien la noche que era tu fiesta, porque querías darle al toreo, te nacía darle al toro, y te daba el toro a ti hasta en el cielo de la boca. Por eso lo pasé mal, te lo juro. Porque no entiendo que una persona, aficionada al toreo, se alegre de salieras entre almohadillas y broncas.
No fuimos a eso, Tala. Ni tú ni nosotros. Por eso conviene aprender que un torero es también hombre. Y que el hombre pagó el banquete por adelantado y en todos los medios, aunque saliera el torero debiendo el importe.
Lo pasé mal, Alejandro. No te quepa la menor duda.
FICHA DEL FESTEJO
Plaza de toros de Las Ventas, feria de San Isidro, décima de abono. Toros de Victorino Martín. Sin clase ni ritmo el galopón sin entrega que abrió plaza; sin clase, ni entrega ni fondo el reponedor segundo; de buen pitón izquierdo el tercero; mansurrón sin fondo el cuarto; sin raza ni espíritu el quinto, de mejor condición en la embestida; mansurrón el sexto.
Alejandro Talavante en solitario (sangre de toro y azabache): silencio, silencio, ovación tras aviso, silencio, silencio y bronca.
Lleno de ‘no hay billetes’ en tarde encapotada.





Responder a andres rosado riveraCancelar respuesta