Por Gabriel Lecumberri.
Muchas razones han sido esgrimidas para intentar un diálogo con los adversarios de los toros, unas buenas, otras no tanto, y todas han caído en oídos sordos, sencillamente porque la sociedad actual, descaradamente hipócrita, se mueve en los límites de lo políticamente correcto, en un afán absurdo por tapar el sol con un dedo.
En ese esfuerzo se cambia hasta el idioma y, con tal de ser correctos, se dice que un minusválido es una persona con capacidades diferentes, que un homosexual es gay o que un hombre de raza negra es afroamericano, como si cualquiera de ellos, por su sola condición de persona, no fuera merecedor del más absoluto de los respetos.
En esa tónica el tema toros resulta incorrecto, por su visible violencia, pero el tema aborto resulta no sólo correcto, sino legalizado de manera general y aceptado por la mayoría. ¿Hay alguna lógica en todo esto? Sencillamente sucede que la violencia brutal de terminar con la vida de un ser humano indefenso no se ve ni se siente como un evento cercano.
Igualmente, los sajones que critican la muerte de seis toros en una tarde cualquiera son capaces de bombardear sin rubor a Iraq, a Afganistán, o a cualquier otro sitio que se tercie, también en una tarde cualquiera, matando a miles y enarbolando impunemente la bandera de una democracia inexistente, con una doble moral escandalosa.
En ejemplos menos dramáticos, la industria alimenticia global esclaviza y mata vacas lecheras, ganado de carne, equinos, cerdos, corderos, conejos, peces, aves de engorda o gallinas ponedoras, dándoles un destino infame, en cifras anuales de decenas de millones de animales, en contraposición con los pocos cientos de toros bravos muertos en las plazas, que no aportan ni una sola décima de punto porcentual a la cuenta de semejante masacre.
De nuevo, ese sufrimiento animal, discutible en el entorno de las políticas alimentarias mundiales, pero cierto de toda certeza en la teoría animalista, se ignora, como en los casos del aborto o de la guerra, por la simple razón de que no se ve ni se siente como un evento cercano.
Si a todo ello aunamos los intereses políticos de los separatistas antiespañoles, en el asunto catalán, o de los candidatos y legisladores nuestros que buscan simpatías y votos a costa de lo que sea, en este caso a costa de los toros, el futuro de la fiesta brava no se mira bien.
Se pueden alegar tradición, grandeza, cultura, inversión, empleo, incluso conservación ecológica, sustentabilidad y todo lo que los toros tengan de bueno, y será tanto como hablarle a un muro. En nuestra humilde opinión es hora de ponerle a estas ridiculeces un hasta aquí. ¿Le gustan a usted los toros? Pues ejerza su gusto, salga del clóset y declárese partidario contra viento y marea. Y que no le dé vergüenza.
¿Que no le gustan? Pues no vaya usted a la plaza y deje de jorobar. Y si esto llegara a la total prohibición, cosa que no parece muy remota, será un placer informarles desde ahora a los animalistas de todos los colores que a la clandestinidad iremos. Con la ayuda de Dios, y de algún rebelde, se hará lo que se pueda, como dijo Belmonte, por mantener los empadres.
¡Ah!, y si no se permite el transporte de los toros a las plazas, los lidiaremos entonces en casa una vez al año, con caballo, banderillas y estoque, aunque después nos los tengamos que comer en tacos y nos metan presos a todos.
Mientras exista un toro bravo, y un muchacho con valor para ponerse delante, con alguna pizca de arte, ahí estaremos en una plaza, como ha sido siempre, o en el palco de un tentadero, pasándonos las prohibiciones por el forro.
Bastará con que Dios nos preste vida.





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