El Bardo y Páez – Sin Tapujos: Antonio Corbacho, encuentros.

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Bardo de la Taurina:

Como buen charlista que era de la vida, aparte de auto-guionista-dramaturgo, lo que le permitía tener muchas puestas en escena, en la que se sentía más a gusto era cuando le subía el switch al arcoíris, se iluminaba y empezaba a sacarse de la boina palabras como yoga, karmas, reencarnación, metafísica o salud, que no es lo mismo que ¡‘salú’!, términos que ligaba con lo taurómaco y que los manejaba con solvencia envolvente y como estaba convencido de convencer con ellos, pues no toleraba que se discrepara así que cuando malabareaba lo sideral y El Bardo exclamaba: ‘Asústame Panteón’, prefería cambiar de tercio y entonces le daba por largar de lo periodístico y lo hacía con una autoridad como si se apellidara Pulitzer.

En correspondencia a lo que refería de la prensa abordábamos el tema del apoderamiento donde, dígase lo que se diga y así lo demuestran los hechos, lo fue más entre lo nebuloso que lo luminoso, y es que Corbacho fue prioritariamente un académico, formador, ilusionador, motivador, acicateador, propagandista de toreros pero de eso a llevar por buen cauce en lo taurino, lo administrativo y lo económico a un espada, distaba en él un océano.

Y hablando de lejanías creo recordar que el señor que ya es pasado viviente fue oriundo de uno de los barrios madrileños más salerosos de Madrid que es donde se encuentra hace unos 70 años ‘La Gran Tasca de Chamberí’ apoltronada en la calle de Santa Engracia, donde usted la encontrará sin ningún problema por el rumbo de Cuatro Caminos, en donde la distinguirá por su sobria marquesina en color vino caligrafiada en letras áureas y un pendón donde reza, ‘Guisos y Comida Casera’.

Pa’ más señas, guardando la puerta está un barril que invita al buen beber, cuando ya usted se adentra en el recinto que gracias a Dios no es muy grande y sí acogedor lo estará haciendo al bar restaurante, que goza de la fama de guisar el mejor cocido madrileño del mundo, así que yo le recomendaría que nada más pa’ abrir apetito lo haga degustando unas ancas de rana y ya con unos tintos de recibo pues venga a partir por la yema el famoso cocido, el cual se lo servirán bajo el ritual de prepáreselo al gusto.

Frente a usted colocarán un robusto tazón rebosante de hirviente caldo y a media mesa un platón con los diversos ingredientes, que van desde los trozos de hueso que guardan el codiciado tuétano hasta las macizas porciones de vacuno acompañadas de la col agria, las patatas y todo lo demás.

Y pa’ rematar la faena unas torrijas al alimón con una taza de café merengueado y por supuesto uno o varios Lepanto o un Duque de Alba… por tu lánguido descanso, Corbacho.

Leonardo Páez:

“Tan bueno que era”, es la imaginativa frase que suele soltar el necrofílico lugar común cuando alguien se va de este mundo.

Pero en el caso de Antonio Corbacho (Madrid, 18 de septiembre de 1951-31 de julio de 2013) su especial bondad exhibió ricas y variadas vertientes, sobre todo en materia de conocimiento de la lidia y de las actitudes y valores éticos del lidiador.

Desde luego nada más alejado del estilo de Corbacho que ser “buenito”, amable y apacible, sino bueno en el sentido de entender y de trasmitir ese entendimiento, de ser útil en sus propios términos, no desde las expectativas del otro, en este caso la larga fila de aprendices del toreo que conocieron su modo de inculcar, imponer y persuadir.

Tuve el gusto de conversar con Antonio en tres ocasiones privilegiadas, ya que dos de ellas fueron comidas a las que no pudieron asistir sus poderdantes y otra durante un inolvidable traslado, en mi auto, de un estudio de televisión al domicilio del ganadero José Chafik, donde se hospedaban aquél y José Tomás, aún en su etapa novilleril.

El primer encuentro fue en 1994, en un restorán de Avenida de los Insurgentes, donde me había citado el entonces matador de novillos Marcial Herce, quien no llegó pero en su lugar apareció su mentor Corbacho, y si los toros bravos se pican solos, los interlocutores pensantes al primer cite temático se arrancan de largo.

Esa vez sólo hablamos de toros y de su prometedor poderdante, al que el aturdido sistema taurino mexicano relegaría injustamente. Quedamos de volver a vernos.

Al poco tiempo nos reunimos en un sitio de la misma avenida pero más al sur. Ahora sí, Corbacho desplegó su repertorio new age-tauromáquico, y lo hizo con tal vehemencia y convicción que preferí escucharlo a cuestionarlo, salvo para decirle: “maestro, no importa el signo, todo fundamentalismo es estrecho, y la disposición al sacrificio también exige estrategia”.

Al año siguiente, mientras esquivaba las embestidas de otros automóviles, con José Tomás de copiloto y su apoderado en el asiento trasero, me permití decirle al de Galapagar: “Con respeto te recuerdo no confundir aguante con quietismo; el primero depende de tu criterio; el segundo del instinto del toro”.

Corbacho saltó del asiento y gritó: “¡Escucha lo que te está diciendo!”. Tomás escuchó pero no se ha convencido.

Hasta pronto, Antonio.

Twitter @Twittaurino

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