Óscar López Gamboa*
A un año de haber fallecido el próximo día 5 de octubre del presente año, en un humilde pero sentido homenaje a mi amigo ido, me permito transcribir un excelente artículo que escribió don Leonardo Páez en el periódico Ovaciones, el 28 de enero de 1997.
Hubo una época en que el arte del toreo consistía en saber torear y cubierto este requisito, en intentar una expresión personal, interior, emocional. Claro que en esa época, no muy lejana, por cierto, LOS TOROS NO PERDONABAN LA IGNORANCIA y menos el afán de torear “bonito” por encima del dominio técnico. De tal manera que para de verdad ser torero, primero había que poder con los toros, fuesen buenos, regulares o malos, y después, sólo después, intentar ser artista.
No, estimado lector, la nostalgia nunca ha sido mi fuerte, convencido como estoy de que “la eternidad es el instante”, pero de unas décadas para acá, LA CONCEPCIÓN QUE LOS GANADEROS HAN TENIDO DE LA BRAVURA, MODIFICÓ CONSIDERABLEMENTE EL CONCEPTO DEL TOREO, SU TÉCNICA Y SU DIFÍCIL EXPRESIÓN ARTÍSTICA. Se podrá argumentar que han sido siempre los públicos y la crítica quienes determinan el espíritu de una época, sus gustos y aversiones, en las plazas y fuera de ellas, pero en el caso concreto de la fiesta, son los productores de su materia prima quienes se han dejado influir hasta la exageración por las veleidades o el desconocimiento de terceros.
Así, LOS LLAMADOS TAURINOS EN VEZ DE CONTRIBUIR A QUE EL PÚBLICO APRENDIERA A PEDIR, PREFIRIERON DARLE LO QUE PIDIERA, independientemente de que atentara contra sus propios intereses, es decir, contra los del toro bravo. Y ya sabemos que el toro, como toda deidad que se respete, es extremadamente celoso de su culto y de su devoción. Si se le disminuye edad, trapío o bravura, automáticamente disminuyen “sus milagros” reduciendo el mínimo las posibilidades de tauromaquia, de grandeza artística, de inteligencia creadora frente al toro.
TORERO PARA SÍ MISMO
La reflexión anterior con motivo de un torero que por sus notables características resultó TOTALMENTE FUERA DE LA ÉPOCA QUE LE TOCÓ VIVIR: MARIANO RAMOS NARVAEZ, en la mejor cuerda del “aristotelismo taurino”, ese para el que la lidia no tiene secretos, porque se basa en el conocimiento profundo de la técnica, en el entrenamiento cotidiano en el campo y en el dominio cabal de las reses en los ruedos. En efecto. Tantas virtudes estrictamente toreras atesoradas por el maestro RAMOS, de poco le valieron en una época caracterizada por los excesos administrativos, el maternalismo en empresas y ganaderos y la superficialidad en los espectadores, empeñados todos en hacer y asistir a una fiesta “bonita” más que brava, amable más que dramática, predecible más que azarosa.
¿Cómo lucir entonces una privilegiada capacidad de dominio cuando los toros sólo por excepción requieren ser verdaderamente dominados para hacerles fiestas? ¿Cómo demostrar su elevada estatura torera cuando al maestro le importan un comino la buena imagen, la mercadotecnia, las relaciones públicas, el qué dirán, la procedencia del ganado, los públicos y TODO, ABSOLUTAMENTE TODO LO QUE NO SEA TOREAR PARA ÉL MISMO, en la plaza, en el campo o en sueños? ¿Cómo por último, hacer valer a un superdotado del toreo al que tampoco le preocupan en lo más mínimo la adecuada administración, las declaraciones oportunas, los desafíos a voz en cuello y las simpatías con el tendido?
PÚBLICO INADVERTIDO
Además de los marianistas, a la decimocuarta corrida de la temporada asistieron aquellos a los que no les gusta el futbol americano y… los que debieron quedarse a ver el superalgo en lugar de ir a exigir y a premiar sin ton ni son, incapaces de advertir las enésimas lecciones del torero-charro. De noche literalmente le pasó al grueso de los espectadores la enterada labor del TORERO DE LA VIGA con el lote más hecho y difícil de la interesante corrida de LOS MARTÍNEZ, brava con los caballos pero descastada o incierta en el último tercio. A su primero, MARIANO, a fuerza de colocación, aguante y mando, lo hizo pasar en magníficas tandas de derechazos. Magníficas porque EL TORERO IMPUSO SU VOLUNTAD sobre un animal con edad, trapío y poca disposición a embestir, al que todavía le intentaría sacar partido por el izquierdo: Sin embargo, como la suerte suprema nunca ha sido la especialidad de RAMOS, los tránsfugas del superalgo poco valoraron aquella madura labor muletril.
Y con su segundo, que fue de largo y con fuerza a la cabalgadura, recargando en dos varas, el de La Viga volvió a derrochar ese estilo tranquilote y desenfadado por el que LA GENTE SUPONE QUE LO HECHO POR MARIANO CARECE DE DIFICULTAD y, por lo tanto, de mérito. De nueva cuenta una faena altamente meritoria por ambos lados que no permitió ver el grado de dificultad del toro. Y de nueva cuenta mal con la espada, para se avisado. Ojalá que en su nueva y prometedora faceta como rejoneador, MARIANO se acuerde de la buena administración y de “vender” las suertes, para que el grueso de los espectadores aquilate mejor la inteligencia torera de este hombre, “CAPAZ DE NO ALZAR LA VOZ Y DE JUGARSE LA VIDA”
Es todo por hoy y hasta la próxima sí el Divino Creador lo permite.
Octubre 5 de 2013.
*Ex Juez de plaza Calafia y comentarista en Grupo Radiorama




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