Juan Mora: “Cada vez que me he vestido de luces, ha sido para dignificar mi profesión”

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De SOL y SOMBRA.

Trillo le tributó un sentido homenaje al placentino Juan Mora, que el diestro correspondió llenando con su humanidad, modesta y grande, la Casa de la Cultura. El tributo al torero tomó la forma de una entrevista. El periodista Juan Carlos Antón supo crear el clima de confianza necesario para que el maestro confesase a la audiencia abiertamente su manera de ver el toro, el toreo y la vida.

El maestro placentino Juan Mora tomo la alternativa el Domingo de Resurrección de 1983 en la Maestranza de Sevilla con Manolo Vázquez como padrino y Curro Romero de testigo.  Sin embargo, como bien recordó el joven periodista Juan Carlos Antón, que condujo en una atinada entrevista la sabiduría profesional y humana del diestro, en 2014 se cumplen otros aniversarios en la trayectoria de Mora, como el trigésimo quinto aniversario de su presentación como novillero en Madrid, el vigésimo de su puerta grande en Pamplona o, igualmente, el vigésimo de su primera puerta grande en Las Ventas de Madrid. “Sin olvidar –señaló el plumilla- la encerrona en Cáceres con toros de Victorino en el año 1995”.

“Digo las cosas como las siento, y lo mismo hago sobre el albero. Tengo la sensación de iniciar una liturgia, porque, para mí, el toreo es una religión. Y, como bien dices, tengo la gran suerte de poder dejar escrita sobre su arena mi personalidad, y trazados mis sentimientos”. Declaró el torero.

Mora es hijo de Mirabeleño, un novillero de los años 50 “que me lo enseñó todo, y más que cualquier otra cosa, la dignidad sobre la plaza”, y de una mujer “con una voluntad de hierro”.  Bebiendo de estas dos fuentes de aguas frescas, el diestro sintió muy pronto la llamada del traje de luces, siempre desde un respeto a las grandes figuras del toreo “que ahora parece desvanecido”, apuntó Antón, y que “yo siempre viví en casa”, apuntó el protagonista.

Mora, afincado en Sevilla, pero marcado por Madrid, también habló sobre su amor por ambas plazas. “Yo me siento de todos lados. La afición de Madrid es muy exigente. No te aplaude un gesto, hasta que llega el día en que tocas su sensibilidad, y todo lo da por bueno. Es la primera plaza del mundo y un triunfo allí tiene una repercusión incomparable”, señaló. Mora resaltó que tanto una como otra afición percibe el detalle. “No se necesita una faena larga para conquistarlas”, resaltó. Y en este punto, salió a colación, por primera vez, la gran tarde de toros que dio Mora en la feria de otoño de Las Ventas, en octubre de 2010. “Mi última puerta grande en Madrid, la conseguí con quince o dieciséis muletazos, no más”, recordó Mora.

Sin entrar en profundidades, Mora observó que “ahora predomina lo de Domecq”, animando a los ganaderos a “perseverar en su idea del toro”.

Juan Mora estuvo en el cartel de la última tarde de toros en la Monumental de Barcelona, junto con José Tomás y el torero catalán Serafín Marín. “Fue un momento de  sentimientos encontrados. Las calles, aquel domingo, estaban vacías; la plaza, llena a rebosar con más de veinte mil almas. Fue emocionante vivir aquello, que fue un ejemplo de civismo. En todo caso, no entiendo por qué hay gente que quiere añadirle dificultades a la vida, cuando ya tiene tantas. Desde mi punto de vista, nos están coartando la libertad”, dijo.

Mora se mostró partidario de las medidas que se están tomando para proteger la fiesta de los toros. “En España ser torero debería estar más valorado. Al fin y al cabo, hemos inventado este arte aquí. El toreo hay que sentirlo. Así es como hay que acercarse a él”, señaló.

El día 13 de octubre de 2010. La gloria llegó después de una etapa muy dura en la que el diestro sufrió ocho años de desidia por parte de la empresa taurina. “Me sentí proscrito”, reconoció. Sin embargo, ya al borde de los cincuenta años, Mora seguía preparándose con la misma ilusión que el primer día. “Sentía en mi espíritu que todavía me quedaba toreo. En esa travesía por el desierto, uno tira de valores, de la educación taurina de que hablábamos antes, de la fuerza de voluntad. Todo eso aflora”, señaló. 

Para el diestro lo más duro fue escuchar a sus hijos preguntarle: “¿Papá, tú sigues siendo torero?, porque en el colegio nos dicen que ya no”. “Les respondí que seré torero mientras viva y mis hijos se quedaron tranquilos, porque además me veían esforzarme cada mañana. Por eso le di tantas gracias a Dios, después de aquella tarde”, dijo. 

En Las Ventas, Mora paró el tiempo en la cara del toro. Hizo el toreo eterno, llegaron los momentos de esencia y, con no más de veinte muletazos por faena, puso la plaza boca abajo. “Por eso siempre digo que cada vez que me he vestido de torero, salgan mejor o peor las cosas, ha sido para dignificar mi profesión”, dijo Mora. 

El placentino, aun maravillosamente en activo, sigue aprendiendo cada día. “Me siento fuerte física y mentalmente, y mientras sea así, seguiré en los ruedos. Todavía siento la necesidad de torear, como la he sentido desde que era un crío”. 

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