Vigésima de Feria. Una tarde con Isabel Preysler

Manzanares 124

Por José Ramón Márquez.

La cosa estaba cantada, porque siempre es igual. Mandaron al campo a una legión de ojeadores, oteadores, veedores y mirones y se trajeron a Madrid, envuelta en celofán, la más pura basura. Cuando decimos basura nos referimos a los seis semovientes que vinieron a Las Ventas desde Salamanca, disparate ganadero perpetrado por un tal don Moisés Fraile Martín, ganaduros de Tamames.

A ver cómo explicamos la defecación que envió a Madrid el tal don Moisés. A ver cómo se puede expresar la profunda vocación antitaurina de quien cría semejantes birrias y no tiene empacho en embarcarlas en un camión con destino a Las Ventas cuando su único destino posible es el matadero. A ver cómo explicamos que los tales Fraile, los unos y los otros, excepto Carolina, que atesora el grial de Graciliano, son unos pésimos ganaderos, y a las pruebas me remito, que ni con los lisarnasios ni con los atasardios ni con los juampedritis ni con ná de ná son capaces de echar en Madrid una maldita corrida de toros como Dios manda.

A Madrid vinieron seis detritus como si fuesen toros de lidia, que a buen seguro los trajeron en el camión de la basura, a hacer el mayor vilipendio de los pocos que se dedican con ahínco, con responsabilidad, romanticismo y empeño en la cría de auténticos toros de lidia, porque lo que vino a Madrid no eran toros, eran vacos débiles, febles, contrahechos, feos, mal presentados. Y el tal don Moisés se estaría partiendo de la risa al ver que el Presidente, un señor que guarda cierto parecido con don Manuel Azaña, se tragó las seis mugres que mandó a Madrid en el reconocimiento previo, en el de antes de la corrida, así como en el ruedo que esos desechos nunca debieron hollar.

Decimos El Pilar y la mente del aficionado vuela de inmediato hacia El Raboso, que fue el que fundó esta ganadería a base de ese vivero de bravura, casta, fiereza y acometividad que es el hierro de Aldeanueva, ganadería dilecta de los toreros de la parte alta del escalafón hace no tantos lustros, basada en el inefable juampedro y seguramente con alguna adición de Lisarnasio, que lo Lisarnasio a estos Fraile les gusta más que a un tonto una tiza, y digo lo de la adición porque el miserable del cuarto, Potrico, número 49, tenía una lisarnasiez encima que no se la saltaba un Fraile, aunque de esto quien nos podría informar de dulce sería Barquerito, que es el que chana.

La bazofia del Raboso, acrecentada por la acción y efecto del bueno de don Moisés, por su esmerada selección, por sus cuidadas tientas, por su ojo experto, ha dado lugar a un nuevo tipo de ganadería, la ganadería en plancha, un ganado de aptitud cárnica que está pidiendo a gritos la sala de despiece del matadero frigorífico de Béjar o del de Guijuelo, nobilísimo fin para esos bueyes.

La terna que husmeó, revisó, requetemiró y aceptó los bueyes de don Moisés estuvo compuesta por Sebastián Castella, José María Dolls Manzanares III, y Alejandro Talavante, torero extremeño.

De la plasta que pegó Castella con su primero y de la que repitió con el segundo casi no se debe ni hablar. Castella no dio un solo pase a derechas, no se colocó una vez ni medio bien, no hizo un quite, ni una sola cosa que se deba reseñar. Castella sólo vino a Madrid armado de un gran paraguas de aburrimiento con el que tundir al toro y a los bobos que estábamos en la Plaza. Dicen que venía de una cogida, pero nadie le pide que se anuncie si no está bien, aunque da la impresión de que lo mal que ha estado tiene más que ver con otros asuntos distintos de lo de la recuperación.

Lo de Manzanares III es inefable. Se presenta el tío con un vestido que parece que lo ha robado de una carroza del desfile del Orgullo Gay. Previamente había hecho unas declaraciones de que él estaba fuera del griterío de la PPTPM (Primera Paza de Toros de Pueblo del Mundo) porque lo suyo es disfrutar y se iba a pegar un atracón de disfrute esta tarde en Madrid. Ahora, que, para calibrar eso, sería preciso aquilatar qué es para Manza eso del disfrute, que mucho me temo es estar haciendo corretear al toro a su alrededor, como los derviches giróvagos, hasta que se produzca el éxtasis. O porque no le salió lo que él quería o porque no era su tarde y no le salió nada de lo que intentó con el toro.

El toro, tonto como el que asó la manteca -y esto vale para ambos-, estaba de ayudante del disfrute, y bien porque no le habían avisado o bien porque no se enteró, no supo qué hacer para ayudar al Maestro a lo del disfrute. El resultado es que Manzanares III no disfrutó, o no hizo llegar al tendido la sensación de que había disfrutado, aunque a veces la procesión va por dentro, como es bien sabido. Estuvo realmente pesado, que a lo mejor su forma de disfrute es dar la murga a 24.000 personas que no le han hecho nada.

Y luego Tala. Tala, Tala, Talavante. Ahora, imbuido del espíritu de Curro Vázquez, su vigente influencia, se arriesga a hacer en uno unas verónicas y en otro unos delantales. Con el primero Talavante se contagió de la plasta de Castella o del disfrute de Manza y su faena no existió, simplemente se dejó correr el reloj hasta que llegó el momento de meterle un espadazo al toro. Con el segundo fueron muchos -¿todos extremeños?- los que pensaron que la cosa iba a funcionar, aunque el buey no estaba por la labor. Con el sexto dio los mejores momentos de una tarde prescindible y gafada desde el principio por la ganadería; se medio quedó en una serie de redondos y por lo menos estuvo vertical. Pedirle que se cruzara o que por lo menos no retrasase la pierna de salida era como pedirle a uno de los canarios de Cucho que se ponga a interpretar la 9ª Sinfonía de Mahler. Como viene siendo habitual en el torero la faena se fue desarrollando en diversos lugares de la Plaza. No podemos hablar de altibajos en ella porque todo fue de tipo bajo.

Si esta corrida la llegan a organizar los antitaurinos esos del PETA no lo hubiesen hecho mejor. En una tarde de “No hay billetes”, con famosos en los tendidos, con fotógrafos y cámaras de TV, la corrida tenía que haber sido un éxito clamoroso. De esta manera, principalmente, aunque no totalmente, por culpa del ganado, la corrida ha sido una espléndida propaganda del antitaurinismo del interior, que es el que cree que se puede tapar la ausencia de toro gracias a las beldades que llevan bordado de oro en la chaquetilla y no son picadores. Deplorable espectáculo el que se ha ofrecido, porque, no cesaremos de repetirlo, en un espectáculo que se llama “los toros”, la única salvación está, precisamente, en el toro.

Via: http://salmonetesyanonosquedan.blogspot.mx

1 comentario »

  1. Coño, que capacidad del cronista de irrigar estiércol. Ni dándole handicap al mas sofisticado sistema de riego de aguas negras se le podría alcanzar, pero bueno, no extraña , ese es el común denominador de los amarguetas penisulares… pasumare.

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