OPINION: Puerta grande, túnel de gloria.

Escuchar en vivo el ruido de la calle de Alcalá es el premio más grande.
Escuchar en vivo el ruido de la calle de Alcalá es el premio más grande.

Por Antonio Lorca.

Desde el ruedo arenoso de la plaza de las Ventas se puede percibir pero no tocar el ruido de la calle de Alcalá. Para ello, hay que convertir el silencio penetrante de los tendidos en una conmoción arrebatadora, esa que envuelve al espectador, consigue levantarlo como un resorte del pedroso asiento y le inyecta una dosis inconmensurable de felicidad. Es el momento en que el torero, ese que se está jugando ahí la vida y no sabe si la perderá, comienza a flotar, con la vista seguro que nublada, con las ideas confusas, y algo perdida la noción del tiempo y el espacio, y entra en otra dimensión. La plaza entera cambia de color. Es el instante del triunfo.

En su interior, el matador escucha cómo se descerraja la puerta que accede a un túnel oscuro e impersonal, que comienza a perder su vacío y se llena de puntos negros y miradas al cielo. Es el gentío que se agolpa para tocar al ser humano vestido de oro.

El hombre, feliz, emocionado, inquieto y conmovido, es izado a hombros, agitado por un tropel de admiradores, alza los brazos y responde con la cara radiante por la recompensa soñada. Y, así, en el centro del universo, protagonista absoluto de un instante inenarrable, ensordecido por una alocada algarabía, el torero abandona el círculo donde ha sido único, y comienza a recorrer en andas, vapuleado, golpeado y sacudido por un fervor popular, que le acompaña por ese túnel que es la entrada y la salida a la gloria taurina.

Pasar por el dintel de la Puerta Grande de Madrid y llegar al coche de cuadrillas con el cuerpo ya roto parece una odisea inalcanzable entre una muchedumbre de fotógrafos, policías, aficionados, curiosos y amigos de las reliquias robadas del vestido de luces. Pero escuchar en vivo el ruido de la calle de Alcalá es el más grande premio que un torero pueda soñar en sus noches de duermevela.

El pasado domingo, dos jóvenes novilleros, José Garrido y Borja Jiménez, cortaron tres orejas cada uno en Sevilla y gozaron la indescriptible emoción de salir a hombros por la Puerta del Príncipe, entrando en la Historia. Dos días después, Miguel Ángel Perera, diez años de matador de toros, hombre serio, circunspecto, sobrio y hierático, figura del toreo, oyó por segunda vez en pocos días cómo se descerrajaba la Puerta Grande de Las Ventas, que ya había cruzado en volandas el 23 de mayo dentro del mismo ciclo de San Isidro. La última vez que un torero había salido dos veces por la puerta grande del coso madrileño en la misma feria fue en 1991, cuando el colombiano César Rincón besó la gloria en dos tardes consecutivas. En aquella temporada, Rincón volvería a salir a hombros de Las Ventas otras dos veces: una en la corrida de Beneficencia y otra en la Feria de Otoño.

La Puerta Grande de las Ventas es la gloria; como lo es la del Príncipe de la Maestranza de Sevilla. Es el prestigio, la constatación de un don, la confianza… Es la proclamación de figura del toreo. Es el héroe elevado a los altares. Y sobre todo, ese triunfo, vetado a la inmensa mayoría de los que se visten de luces, aumenta el número de contratos de quien lo conquista, eleva el caché del matador —que ve abierta la posibilidad de renegociar muy al alza sus pretensiones económicas de cara a inmediatos compromisos—, concede honores y privilegios y confiere lo más sagrado: la admiración y el respeto de la afición.

Pero la gloria hay que saber administrarla. Puede asfixiar de éxito. La gloria es exigencia y reivindica un esfuerzo sobrehumano para mantenerse en ella. En la gloria abundan los amigos, pero también la soledad. No han sido pocos los que la han conocido y la han añorado el resto de sus vidas; los que la han gozado y perdido al poco tiempo. La gloria es, incluso, caprichosa; y no solo porque la suerte puede determinar el umbral entre el éxito o el olvido, sino porque el pasaporte ni siquiera está regulado en las normas.

El vigente Reglamento Taurino no concreta las condiciones. El artículo 82 señala que “la salida a hombros por la puerta principal de la plaza sólo se permitirá cuando el espada haya obtenido el trofeo de dos orejas, como mínimo, durante la lidia de sus toros”. Este es el requisito que se utiliza en Madrid, pero no en Sevilla, donde son necesarios tres trofeos para salir por la Puerta del Príncipe.

Así es la gloria de voluble y antojadiza: el premio más importante solo depende de la costumbre.

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