De cómo y por qué se coronó Manzanares en Dax.

manzanares ll

Por J.A. del Moral.

Fue por la mañana y con sol salvo un momentito en el que amenazó llover. Quedó en nada. La plaza, otra vez abarrotada como en la tarde anterior solo que, los de sol vieron la corrida en sombra y los de sombra bajo los rayos del astro solar aunque, la verdad sea dicha, no molestaron casi nada salvo a Morante quien, siempre personal y desinhibido ante cualquier comentario jocoso por su manera de ser y de estar digamos civilmente, vio torear con la muleta a José María Manzanares y a Juan Leal bajo un gran paraguas negro sostenido por su mozo de espadas mientras el resto de los coletudos actuantes se tostaban de lo lindo. Fue la anécdota de la jornada matinal pero no el argumento principal.

Empezando por el principio, el ganado. Una excelente corrida para hacer el toreo con tal o cual problema, casi todos solucionables. Con un tercer toro para cantarlo en latín, el tercero, y otro, el quinto, que fue precisamente cantado en latín gracias a lo que le hizo José María Manzanares en una faena in-crescendo como las óperas de Gioachino Rossini. Increscendos rossinianos, como dicen los entendidos del bel canto italiano e increscendos mazanaristas como fueron, digo yo,  las faenas que hizo ayer el alicantino, sobre todo la del quinto.

Ya en el tercero hizo lo debido. Procurar que el toro no le enganchara el capote en la brega ni en los lances lucidos, medir exactamente el castigo en varas, “hacerlo” en la muleta para poder dar luego rienda suelta al gran toreo hasta, una vez adueñado de las embestidas, y matar como matarían los ángeles del Cielo si fueran matadores de toros. La primera estocada fue a volapié. Colosal. Le dieron a Manzanares la primera oreja de la mañana. Y la segunda recibiendo como solamente recibe Josemari. Digamos lo mismo  que ya hemos dicho muchas veces sobre el matador José María Manzanares: es quien mejor hace la suerte suprema en su doble y más pura versión, no solo del toreo actual sino de muchas otras épocas. Solo por eso merece el lugar que ocupa aunque no pocos quieran que no lo ocupe. Lo que pasa es que quien quiere ser el mejor es él. Por eso tiene tantos enemigos que, cada vez que triunfa, salen de la plaza diciendo que se los pasa lejos… Hombre, se los pasa lejos para no atosigar a los toros de entrada en sus faenas y, una vez embebidos en la muleta, se los pasa todo lo cerca que a él le da la gana.

Surge entonces el toreo mecido, ligado, aterciopelado, empacado, dulce e imperial y, claro está que rugen los tendidos mientras revientan de rabia sus detractores.  Que fue lo que pasó en su gran faena al quinto. Un animal que salió haciendo cosas muy feas y terminó como un bendito cordero. Las cosas feas empezaron a ser corregidas por Manzanares en un recibo de brega sencillamente magistral. Y es que, muchas veces, sobre todo con esta clase de toros tan en el límite, hay que empezar sacrificando la posible belleza en pos de la posterior mejora y duración del oponente.

En la primera faena de Manzanares ayer, si no hubiera espaciado tanto como lo hizo tras cada tanda de muletazos, el animalito se hubiera venido completamente abajo tras la segunda.  Pegó seis de seis muletazos y el remate, siete. Y con el quinto, más fuerte y resistente, si la caricia muletera fue la tónica general del largo, ancho y hondo trasteo, el final fue pura filigrana repleta de inspiración y de virguerías preciosistas que, además de intensas – los pectorales en redondo, los dobles circulares invertidos y la eterna dosantina  – fueron monumentales.  Claro que cayeron las dos orejas. En otros tiempos vividos por mí en esta misma plaza de Dax, al Manzanares del siglo XXI le hubieran dado cuatro orejas y un rabo en vez de la tres que cortó. Cuando daba la vuelta al ruedo, me acordé de una tarde aquí mismo en Dax que su padre, el Manzanares del siglo XX, tras cortar dos orejas,  la dio llevando de su mano al niño que ayer se coronó en esta misma plaza. Yo escribí sobre la faena del padre aquella tarde una crónica que titulé “Cinco minutos en la Corte Celestial”.  Ayer fueron diez.

La gran pega de la corrida de Garcigrande, que todohay que decirlo, esa pega que tanto preocupa, fue que las reses fueron de vitrina, por demasiado “bonitos” y algunos con los pitones demasiado romos además de escasos aunque salió un cuarto muy descarado por veleto que compensó el desigual lote que le tocó a Morante de la Puebla.

Morante hizo lo más hermoso de la mañana si consideramos sus individuales lances y muletazos, tanto por sus verónicas como por los no pocos pases fundamentales y de adorno que pintó como solamente él sabe pintarlos.  A la gente le enamoraron – y a mí también – como cada vez que se estira a gusto el de La Puebla con esas maneras de torear como nadie. . Sí, como nadie. Pero una cosa son las maneras, las formas, el arte expresivo que en Morante es punto y aparte, y otra lo que se llama “resolver”. 

Y ¿qué es resolver? Pues algo muy fácil para los que saben lograrlo y muy difícil para los diestros que se empeñan mucho más en crear belleza que en procurar que las reses no se estropeen y mejoren en cualquier caso. Parecen no darse cuenta de que lo hacen en contra de ellos mismos. Es decir, que torean más a favor de sí mismos que del toro aunque, a la postre, los que se esmeran en lo primero suelen triunfar a menudo mientras que los del arte por el arte suelen empezar muy bien sus faenas y casi siempre las terminan mal por haber abusado de los animales. Cosa que, cuando los toros carecen de suficiente casta y fuerza, termina en el desastre que incluye ese venirse abajo antes de la cuenta, ese empezar a pararse, ese tardear y a defenderse por arriba cuando no en rajarse o caerse.

Y, no digamos cuando se derrumban. Entonces, lo que había comenzado deslumbrando, termina en displicencia. De los oles rasgados que llenan las almas se pasa al silencio e incluso a la desilusión. Es como cuando los niños se enteran de que los Reyes Magos son los padres. Y eso fue lo que pasó con Morante en sus dos toros a los que, para colmo de los estropicios, se pusieron imposibles para entrarlos a matar. Menos mal que, en la mente de no pocos tras ser arrastrados sus dos enemigos, aún quedaban esas maravillosas  imágenes imposibles de olvidar. A Morante, por ello, le obligaron a saludar montera en mano tras el arrastre del dilapidado. Y Morante salió del burladero con media sonrisa, la media sonrisa de la insatisfacción.              

Vi por primera vez a Juan Leal, un guapo mozo del allende galo cercano al Mediterráneo que a su buena planta torera añade un acrisolado valor y un buen concepto del toreo en el fondo de sus todavía verdes intenciones.  El valor, mostrado en varias situaciones más que arriesgadas y ciertamente innecesarias por excesivas,  y en cómo mató a sus dos toros con estocadas de querer morir matando, fueron las notas más llamativas de sus quehaceres toreros. 

Quizá excesivamente llamativas. Leal, observé también, lleva a Paco Ojeda en la cabeza. Tanto, que se templa mucho más en las distancias cortas que en las largas. Y lo que sobresale de su cosecha propia es su manera de salir de las tandas, mediante elegantes y relajados desdenes que son como el rayo de luz tras el trueno.

Tuvo un gran lote que incluyó al mejor del envío, el tercer toro. Un bravísimo ejemplar que, además, embistió muy por abajo, largo, duradero y con fijeza hasta decir basta – le dieron con justicia la vuelta al ruedo en su arrastre – por lo que estando bien Leal, no a la altura de su excepcional oponente. Lógico por la ternura de su valía. Cortó una oreja… Y otra del sexto por similar actuación. Los aficionados de Dax le apoyaron continuamente. Hasta con palmas por bulerías de ánimo antes de que saltara al ruedo el gran tercero de la mañana. Mi pronóstico primerizo es que Juan tiene mucha madera que pulir y que creo que lo conseguirá porque buenos consejos no le van a faltar. Seguiremos atentos a su devenir y a lo por venir que espero y deseo sea fructífero.

 

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