Ocho con Ocho – Un palillo Por Luis Ramón Carazo

Y no me refiero al empresario y apoderado del mismo apodo, mi tocayo Luis Álvarez, hijo de uno de los socios de la ganadería de Barralva, mis tocayos también Luis y Ramón y que el domingo pasado viniera de poderdante del rejoneador queretano Alejandro Zendejas (a quién entendiendo que apenas empieza, pudiera juzgarse su actuación, como promisoria).

Los Álvarez por cierto, el domingo lidiarán dos novillos en la final del magnífico certamen, Descubriendo a un Torero, que presenta como finalistas a Edgar Badillo, a Carlos Casanueva y a José Zavala de los cuales se hablan buenas referencias, en particular del poblano Zavala, quién el domingo pasado en la semifinal en Aguascalientes, dejó una imborrable faena a un novillo de El Rosedal de José Arturo Jiménez Mangas, malograda con la espada.

Ya veremos de cual cuero salen más correas aunque más que un ganador, pero es obvio que existe cantera en México y que es importante hacer novilladas para su maduración futura. Es una gran iniciativa la de los ganaderos, secundada por los profesionales del toreo, con aspectos por mejorar como siempre, pero de que dieron un gran paso, es necio negarlo.

Pero regreso al título de mi colaboración con relación a uno de los elementos que en conjunto con la muleta y en las manos de un espada, convierten a los llamados trastos, en instrumentos que permiten la gestación de arte efímero en el ruedo. Gracias al capote, a la muleta y otros accesorios como las banderillas, la garrocha y la muleta, en el toreo a pie, las reacciones del toro se pueden someter en un proceso de creación que puede culminar en la belleza de una faena inmortal.

Terminado el tercio de banderillas, el torero coge la espada y la muleta para comenzar el último tercio, el de la espada. Lleva una muleta con el estaquillador o palillo y una ayuda de acero muy ligera de metal o de madera. De manejar de manera precisa los trastos, puede entrar en la distancia donde es tan difícil templar, someter y poder cargar la suerte, esto es extender al infinito el muletazo como lo hemos visto recientemente con José Tomás o con Morante.

La muleta, va montada sobre un palillo fino de madera que se le conoce como estaquillador o popularmente como palillo, los palillos son fundamentales porque hay gente que al montar la muleta con la mano necesita 5 centímetros más, para que al presentar la muleta toque de una manera que le haga sentirse más cómodo; y hay también quien lo necesita más pequeño.

El palillo junto al corte de la tela, es lo que marca la presentación de la muleta a la cara de los astados. Después de toda esta explicación, montar la muleta puede parecer algo de rutina y, sin embargo, también es vital. Algunos juntan los dos picos de izquierda derecha o de derecha a izquierda dejando la madera libre para tener un buen tacto. En cambio otros prefieren cubrir el palillo. Cuestión personal.

Y todo lo del palillo se me vino a la mente al recibir de manos de Bernardo Muñoz uno de los socios de la ganadería de Zacatepec, hijo del inmortal Don Mariano, un palillo que era propiedad de mi padre, José Luis Carazo Vega y que nadie mismo sabe cómo apareció en la plaza de tientas de la ganadería de Zacatepec, en una muleta que tenía años de no usarse. ¿Cómo llegó a la dehesa? Será una materia de investigación. Imagínese lo que significa para nuestra familia, recibir un palillo con el nombre de mi padre conocido como cronista como Arenero, a más de 20 años de que se fuera a la Gloria.

No sabemos si lo usó en el Rancho del Charro, en Puente de Vigas, en Acapulco, La México o en El Toreo de Cuatro Caminos, cuando intentaba ser figura del toreo por allá principio de los cincuenta, pero al reflexionar la importancia de un palillo para el arte de torear, ya me imaginó lo que debe haber soñado cuando entrenaba con él, en el Venustiano Carranza o en los Viveros.

Seguramente le acompañó muchos años de su existencia, es un objeto inerte que vivió en sus manos y luego vaya usted a saber en las manos de quién. A todos los que lo hayan usado, gracias por conservarlo incólume, no tenemos palabras para agradecerles su buen uso pero sobre todo a los Muñoz, amigos cabales de muchos años quienes con un palillo, nos trajeron de regreso las ilusiones de un hombre que vivió intensamente el toreo y del que tenemos la fortuna sus hijos de ser los herederos de su apellido.

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