¿La Fiesta en Paz? Tres décadas de taurinismo jornalero o el cuestionamiento de una fiesta obtusa.

Por Leonardo Páez.

Alguna ocasión un fugaz consultor del jefe de Gobierno del DF afirmó que La Jornada no era precisamente el periódico más taurino de México, pues por “taurino” entendía alcahuetear sistemáticamente a la tauromafia y a los autorregulados dueños del duopolio de la fiesta de toros en México, es decir, llevar la fiesta en paz, como los positivos falsos, siendo que desde su fundación este diario, con un concepto periodístico de amplio espectro, decidió no excluir de sus páginas temas inapropiados para la falsa modernidad, a partir de su sumisión al pensamiento único, pero inmersos hasta la médula en la historia e idiosincrasia del pueblo.

Así, la tradición taurina de México continúa en picada precisamente por la escasez de una crítica que señale, con bases, los desvíos y tergiversaciones en que han incurrido los potentados que la tienen secuestrada, a ciencia y paciencia de gremios, autoridades y público, más el acoso de animalistas subvencionados por los que sueñan con atenuar la milenaria crueldad del planeta aboliendo la lidia de toros, y eventuales pero grotescos pronunciamientos de legisladores tan demagogos como oportunistas.

En este espacio se hace una lectura amplia del fenómeno taurino que rebasa las ocasionales hazañas en los ruedos ante la disminución de bravura en las reses, con la falacia de que “ahora se torea mejor que nunca”. Como son contados los toreros con verdadera expresión estética y selecta minoría los diestros de sentimiento, a la fiesta se le ha despojado de la emoción que sólo da la auténtica bravura, no el toro joven que pasa y pasa sin que a la postre pase nada, excepto solicitar y conceder orejas como confeti en una sucesión de confusiones empresariales, ganaderas, toreras y de público.

Igualmente aquí hemos señalado que en el mundo la única réplica tauromáquica a la fiesta de España es la mexicana, con un historial brillante a cargo de criadores talentosos comprometidos con el toro bravo y de toreros de acusada personalidad, particular sentido del temple y verdadero espíritu de competencia, capaces de dar la pelea y superar a las figuras importadas. Advertimos asimismo de las dos globalizaciones: la de los países poderosos y la taurina por parte de España, recubierta de un internacionalismo sin mayor reciprocidad gracias a evidentes complejos en ambos países.

Al retorcido argumento de un poderoso empresario de que “al que no le gusten los toros que no vaya”, hay que responder que precisamente porque a muchos les emocionan es que rechazan la anodina oferta de espectáculo del intocable duopolio, empeñado en un modelo de negocio taurino agotado y escaso de imaginación y profesionalismo, sin fomentar la tradición taurina mediante la rivalidad en los ruedos ni de formar e informar a la gente. Tras la desaparición del Anuario Taurino de México, en 1997, sigue sin haber una sola publicación seria sobre el tema, mientras se multiplican los portales en Internet y el publirrelacionismo en televisión.

Desde esta perspectiva La Jornada, con su postura de análisis y cuestionamiento, así como de respeto a la inteligencia de sus lectores, resulta ser entonces el periódico “más taurino”, habida cuenta de que el taurineo y la complicidad con un deplorable estado de cosas sólo han contribuido a avalar el secuestro cultural de que es objeto la fiesta de toros en México. “Oiga, ¿por qué tanta hiel?”, me preguntaba hace años un aficionado. “Para contrarrestar tanta miel de jilgueritos alcahuetes y positivistas hipócritas”, le respondí, pues la denuncia de los abusos de empresas taurinas y su connivencia con autoridades omisas ha sido la línea de esta columna, gracias al sólido concepto de periodismo suscrito por Carmen Lira, nuestra directora, a quien envío un fuerte abrazo con mi reconocimiento y gratitud por su valiente contribución a la salud social del país.

¿Otra temporada de espaldas al público?

A punto de concluir en la Plaza México otra temporada de novilladas sin pies ni cabeza –21 años sin haber sacado una sola figura–, realizada como mero trámite para que la delegación autorice a la empresa la venta del derecho de apartado de la próxima temporada “grande”, sin el menor propósito de meter a la gente no sólo en el coso sino en el ánimo del inminente serial mediante la oferta de carteles atractivos y bien publicitados, repetición de los jóvenes triunfadores y, lo inconcebible para esta empresa, preparación de nuevas camadas de toreros que en el corto plazo contribuyan al repunte del espectáculo, poco o nada se puede decir de lo ocurrido, dada la intrascendencia que prevaleció, reflejada en pobres entradas que ocasionalmente rebasaron el 5 por ciento del aforo de la plaza, en la única respuesta que le queda a un público al que le gustan los toros pero no que le tomen el pelo semana a semana.

Corre el rumor de que la empresa no ha llegado a un arreglo con Joselito Adame, el torero mexicano joven más consistente en ruedos de México y España. ¡Ah, pero regresa Ponce!

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