Ocho con Ocho – José Mari Manzanares Por Luis Ramón Carazo

Recibí la noticia de la muerte de José María Manzanares (nombre artístico de José María Dolls Abellán su nombre ciudadano) de parte de mi hijo Ramón, quién decidió avisarme en cuanto lo supo por las tantas menciones que le he hecho en las charlas que hemos sostenido sobre el concepto de lo que es torear, esto es aproximarse a la tauromaquia comprendiendo su técnica y estilo.

Me dio nostalgia al recordar el tiempo que muy callado ha transcurrido, desde la primera vez que lo vi torear en la plaza México a Manzanares en su confirmación de alternativa, el 3 de diciembre de 1972.

Sabía Ramón que José María es uno de mis toreros preferidos y de cuando en cuando charlamos de que me tocó el honor de estar en la narración de su tarde de despedida en la Plaza México el 9 de febrero de 1997, cuando alternó con Guillermo Capetillo y Miguel Armillita o también aquella vez en la que el 29 de noviembre de 1992 sostuvo un mano a mano con Mariano Ramos con unos toros de gran catadura de José Julián Llaguno o muy en especial, el mano a mano del 29 de abril de 1984 alternando con Eloy Cavazos quién inmortalizó a Mesonero, para que a su vez Manzanares lo hiciera con Gazpachero, toros ambos de un gran encierro de la ganadería de Don Javier Garfias.

En 1998 tuve la oportunidad de platicar con Antonio Ordoñez en Ronda cuando vi actuar al alicantino (junto con mi familia incluido Ramón por supuesto) al lado de José Tomás y de Francisco Rivera Ordoñez, allí don Antonio se refirió conmigo a Manzanares “como uno de los espejos de su tauromaquia” hoy los dos para desgracia nuestra y fortuna del cielo, en la Gloria.

Manzanares era torero académico esto es interpretaba todas las suertes con lo que se le conoce como técnica y dominio de la lidia, entendiendo las embestidas de los astados para plantear las faenas aderezadas con la estética natural del trazo en sus faenas, con la madurez, la estética fue a mi modo de ver, su característica preponderante.

Con el capote en algunas ocasiones, en especial al iniciar su carrera como matador de toros, ejecutó como lance de recibo la larga cambiada de rodillas donde se situaba casi en las rayas del tercio con el toro recorriendo el ruedo por dentro, unos instantes antes de marcar la salida por el lado izquierdo, exactamente cuando el toro tuvo que cambiar la trayectoria de su embestida.

Si algo recordamos de la tarde de Gazpachero de Garfias, fueron sus verónicas de adelantar la pierna contraria para reunirse en el embroque con el toro jugando con gran plasticidad los brazos, en especial por el izquierdo, que los bajaba al culminar cada lance avanzando del tercio a los medio, para después de una serie, rematar colocando su cuerpo en vertical para ejecutar la media verónica a pies juntos o bien con el compás abierto.

En los quites privilegió al lance de Chicuelo, la chicuelina, que fue haciéndola propia para rememorar en México a Silverio Pérez quién como él la ejecutaba muy pausada, enroscándose lentamente al toro en el vuelo del capote y bajando la mano que recibe al astado, al nivel de los tobillos, a diferencia de la mayoría que la ejecuta con mano alta. Galleaba con el capote toreando caminando y de cuando en cuando, ejecutó largas echándose el capote a la espalda a una mano, su repertorio en general con los engaños era corto.

Con la muleta gustaba de interpretar ayudado con las dos manos, con los pies juntos o a veces con el compás abierto. Los trincherazos los ejecutaba con los pies casi juntos, con la muleta adelantada, Manzanares erguido y una vez que el toro tomaba el engaño, vaciar la embestida hacia adentro, prolongando la embestida que regresaba en curva, embelesado.

Con la muleta en la mano derecha pero en particular con la izquierda, poniendo la muleta por delante el de Alicante para, con unas muñecas de privilegio, conducir la embestida del toro con la cintura acompañando los muletazos, sujeto el trapo rojo con la palma de la mano y los dedos tomando la muleta con gran suavidad, para en el último momento del pase, dar el pecho para verle pasar enfrente de su figura mirando al toro, templando en su recorrido sin posibilidad de alcanzar el engaño, rematando con señoriales pases de pecho.

El concepto del toreo de Manzanares se pudiera resumir en una palabra, elegancia, la cual era evidente al ejecutar las estocadas con calma, sin prisas, que como diría Juncal ”que las prisas son para los rateros y para los malos toreros” Por eso se convirtió José María en un torero modelo, que se va de este mundo habiendo sido uno de los grandes pilares del toreo de todos los tiempos.

Mucho le vamos a extrañar a Manzanas, como le decían en México sus grandes amigos entre otros Chabola y Aurelio García Montoya, el primero en el cielo, el segundo derramando lágrimas llorando seguramente por su gran amigo ahora ya en la inmortalidad de los tiempos.

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