La música callada del toreo (I)

Por Jose Bergamin.

El arte mágico y prodigioso de torear tiene también su música (por dentro y por fuera) y es lo mejor que tiene. Música para los ojos del alma y para el oído del corazón: que es el tercer oído del que nos habló Nietzsche: el que escucha las armonías superiores.

Con el tercer oído (que decimos del corazón) es con el que escuchaba Carlyle su propio pensamiento cuando decía que “el pensamiento más profundo canta”. Nos parece que es esa música, ese canto, el que oímos cuando escuchamos atentamente el toreo para verlo mejor. “Oír con los ojos, ver con los oídos”, nos aconseja la Santa Escritura. Ver cómo se queda, se aposenta la música en el aire, cómo se oye su luz en el corazón.

Creo que ha sido el toreo de Rafael de Paula el primero que le ha llamado en lenguaje taurino al sentimiento del toreo, pensamiento; y pensamiento tan profundo que es canto y cante; que es musical. Música que “en el aire se aposenta”, nos dice Lope (“la música en el aire se aposenta”, reza en su verso el torerísimo poeta). Música callada, sonora soledad.

Para el vasco Unamuno, el pensamiento es el que crea el sentimiento: y no al revés, como pensaba Goethe. “Los sentimientos son pensamientos en conmoción”. El dolorido sentir de Gracilazo, ¿qué otra cosa puede ser sino pensamiento conmovido? El toreo lo es. Pero no siempre necesariamente dolorido. Aunque siempre nos conmueva por serlo. Pienso ahora, evoco, recuerdo, el toreo de Rafael el Gallo, el de su hermano Joselito, el de Belmonte… que nos hablaron de su “sentimiento del toreo”, dolorido y gozoso a la vez. Y la música callada de aquel toreo suyo nos renace a los ojos del alma y al oído del corazón como si la estuviéramos mirando y escuchando de nuevo cuando la evocamos. Como si se hubiera aposentado y quedado en el alma, en el aire, en el tiempo, para siempre. La vemos, la oímos todavía. Y es porque la sentimos aún al evocarla porque nos conmueve su pensamiento; porque nos sigue conmoviendo el pensarlo.

Muchas veces, cuando vemos torear por vez primera a un torero que con su toreo nos conmueve, como otros que vimos antes, porque llega a esas alturas sublimes de su arte que aquéllos alcanzaron, pensamos en aquellos otros. Y no porque se les parezcan o asemejen, no, sino porque han llegado a esas cumbres del arte mágico y prodigioso de torear. Porque son originales y no novedosos, como dijo Machado de los escritores, de los poetas. Y en todas las artes de la belleza es así (la música, la pintura, la poesía, la arquitectura y escultura). Como en el cante y en el baile flamencos, acompañantes invisibles, inaudibles, inseparables del arte mágico de torear.

La primera vez que vi torear, hace muchos años, en Madrid, a Curro Romero, pensé en Antonio Fuentes; con el que no tiene parecido ni semejanza alguna tal vez (o tal vez sí). Y es que Antonio Fuentes fue el primer torero cuyo toreo me conmovió por primer vez; se me reveló mágicamente con esa música callada y soledad sonora; con esa emoción conmovedora de pensamiento “que suspende y arrebata el ánimo con su maravillosa violencia”, como dijo el divino poeta sevillano. Con esa armoniosa musicalidad superior, quieta, sosegada, aposentada, que llamó Cervantes “un maravilloso silencio”. Y de este mismo modo, cuando vi torear por primera vez a Rafael de Paula, pensé en Rafael el Gallo; y tampoco por parecido o semejanza; sino por coincidencia con su profundo pensamiento musical: por la revelación maravillosa de una belleza viva, que es la del arte de torear mismo. Su “espíritu sin nombre”, su “indefinible esencia”, diría Bécquer.

Llegando a ese nivel, “alto y profundo”, de las artes de la belleza, no hay en la del toreo como no la hay en las otras de la poesía, la música, la pintura… ni un más ni menos, ni un mejor ni pero. No lo hay entre artistas a ese nivel (Velásquez, Murillo, el Greco, Goya… como Cervantes, Lope, Góngora, Quevedo, Garcián, Calderón…) si sólo de españoles hablamos. No la hay entre toreros como Fuentes, los Gallos Rafael y José, Belmonte, Gaona, Cagancho, Pepe Luis Vásquez, Bienvenida, Ordóñez, Curro Romero y Rafael de Paula… y hablo solo de los que yo he visto y oído torear.

La música callada de Bergamín

Por Enrique Vila-Matas

Decía Jules Renard que la justicia existe, pero la imparte un bromista. Viene esto a cuento al observar el tratamiento cicatero que se da a la obra de José Bergamín en España. Como escribe González Troyano, “el paso de los años no ha estabilizado la figura literaria de Bergamín, sus obras continúan desprendiendo un cierto aire de escritor incómodo y evasivo ante los intentos mejor intencionados de catalogarlo”. Mientras sus compañeros de generación han sido ya sometidos y diseccionados e incorporados al panteón nacional de los ilustres, Bergamín o, mejor dicho, su inclasificable obra presencia día tras día cómo las autoridades culturales españolas, autoridades bien bromistas, siguen sin hacerle justicia.

Tal vez sea mejor para él y para la “risa de su esqueleto”. Pero en cualquier caso no deja de ser revelador y asombroso que no se le haga ninguna justicia en lo que se refiere, por ejemplo, a su poesía, que se diría que nunca existió y, sin embargo, en cualquier país con un cierto sentido común ocuparía el lugar que merece y, es más, andaría por los cuernos de la luna.

Al destino de la obra de Bergamín en España se le podría aplicar uno de los aforismos de este escritor —”maestro del aforismo/ que gota a gota derramas”, le escribió Alfonso Reyes—, de este hombre que navegó siempre contracorriente, que nunca se asentó y fue eterno exiliado, esqueleto él mismo de todas las paradojas del mundo, siempre buscando las raíces “en una forma subterránea del aéreo irse por las ramas” o por las ventanas: “De casi todos los sitios en que se entra fácilmente por la puerta, se suele salir por la ventana”. Yo veo ecos, en este aforismo del fundador en 1939 en México de la editorial Séneca, de otro aforismo más antiguo, escrito por el mismísimo Séneca: “La cosa mejor que ha hecho la ley eterna es que, habiéndonos dado una sola entrada a la vida, nos ha procurado miles de salidas”.

Parafraseando a Lope de Vega puede decirse que el gran y frágil Bergamín las artes hizo mágicas volando. Las artes mágicas del vuelo por la ventana: el cante, el baile, las corridas de toros españolas, como el toque de improvisación que acompaña al que canta hondo, las artes mágicas del vuelo. Esas artes, decía Bergamín, “sin huella o trazo literal que señalen su ruta para repetirse”. Sólo cuando volvía a exiliarse, Bergamín se repetía. Pero su arte no participaba de la repetición, quedan de él las huellas o los trazos literales, y eso dificulta a los que intentan atraparlo. De Bergamín son estos versos inéditos que publico la revista Archipiélago: “Somos los herederos de un lenguaje,/ tan lejano en el tiempo,/ que se pierde en oscura lejanía/ como una voz sin cuerpo”.

Como una voz sin cuerpo le ve Giorgio Agamben que se pregunta cuál fue en realidad el estatuto del yo poético en el autor de La música callada del toreo. Y dice Agamben que Bergamín supo plantear alguna de las preguntas fundamentales sobre la cuestión del quién. Y que las figuras del fantasma y del esqueleto fueron las únicas respuestas que encontró aceptables. “Sólo soy una sombra”, solía decir Bergamín, que convirtió su nombre propio en un seudónimo, inventando, en palabras de Agamben, la “seudonimia al cubo, o mejor dicho, a la enésima potencia”, pues siempre quiso “sucederse a sí mismo” a lo largo de su obra aérea. Es de desear un homenaje y un reconocimiento que contribuya a mover algo en las cosas en torno a la obra de Bergamín, aunque —no nos hagamos ilusiones— la justicia literaria española van a seguir impartiéndola los bromistas. Claro que para bromistas se basta y sobra el propio Bergamín, que les decía a sus amigos: “Cuando yo me muera, no me recordéis”.

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