Hemingway y la Fiesta de San Fermín

Por Corina Canale.

El 6 de julio de 1923 el escritor Ernest Hemingway se dejaba llevar, imposible no hacerlo, hacia la plaza del Ayuntamiento de Pamplona, ciudad que se cree que fundó el general romano Pompeyo.

Lo empujaba una multitud vestida de rojo y blanco que esperaba el “chupinazo”, el cohete avisador que se dispara desde los balcones del consistorio, para que comience la Fiesta de San Fermín.

Pamplona lo había intrigado con el encierro de los toros, el desenfrenado descorche de vinos y champán y la alegría pagana de una fiesta religiosa.

Y allí estaba, a minutos del mediodía de ese 6 de julio, esperando a los músicos y a los gaiteros de sus primeros sanfermines.

Era la víspera del 7 de julio, Día de San Fermín, el misionero cristiano patrono de la ciudad y también de viñateros, boteros y panaderos.

El espectáculo de los pamploneses corriendo adelante de los temerarios cuernos de los toros, recién liberados del encierro, lo marcó para siempre.

Raudas carreras de 825 metros y apenas tres minutos, que atraviesan el casco antiguo hasta el coso taurino donde los animales serán lidiados en las corridas de esa tarde.

Ese juego bestial entre el hombre, el toro y la muerte inspiró su novela “Fiesta” –en inglés “The Sun also Rises”.

Una obra que hizo que esta celebración doméstica, poco conocida fuera de España, se convirtiera, luego de su publicación, en 1926, en una de las fiestas más famosas del mundo.

Tal vez fue entonces, con el advenimiento de aquel relato, que Pamplona dejó de ser el pueblucho amurallado que cobijó a Hemingway y a sus amigos en 1923, para comenzar a ser la ciudad actual.

Sin vanidad alguna, en 1959 el escrito dijo: “Describí una vez Pamplona y para siempre”.

Y, realmente, leyendo “Fiesta”, uno se da cuenta que no había nada más que agregar a un texto que, a través de los años, se muestra fresco como una lechuga recién arrancada.

El lector siente que los ojos del escritor, que no sabía con qué se iba a encontrar en esa fiesta, contaron lo que vieron con rigor visceral.

Y eso fue posible porque su experiencia no se limitó a la mera observación de la fiesta.

Es que, precisamente, él corrió delante de los toros, bebió vino hasta el hartazgo, ganó amigos y sintió la alegría y la euforia que desatan los sanfermines.

Y asistió, como contracara festiva, al dolor por la muerte de un joven corredor, en 1924, la primera feria en la que fue un activo protagonista.

Hemingway continuo asisiendo hasta 1927, con una falta al año siguiente, pero reanudando hasta 1931.

Después llegó la oscuridad de la Guerra Civil Española y de la Segunda Guerra Mundial.

Pero regresaría a los sanfermines de 1953 a  1959. Este sería el último año en el que el norteamericano visitó la ciudad.

Y cuando el 6 de julio de 1961 los jóvenes de Pamplona desempolvaban el pañuelo rojo y ataban con cintas blancas sus tobillos, en Ketchum, un pequeño pueblo del estado de Idaho, en Estados Unidos, un grupo mínimo de amigos acompañaban a la viuda de Hemingway a despedir al escritor.

Habían pasado exactamente 38 años desde aquel 6 de julio de 1923, en que el joven escritor, en ese tiempo habitante de la colonia americana en París, aguardó el comienzo de una fiesta que le inspiraría el libro con el que inició su exitosa obra literaria.

Días antes, el 2 de julio, el hombre premiado con el Pullitzer en 1953 y con el Nobel, un año después, se había quitado la vida…

Via; http://www.lanueva.com/domingo-impresa/816660/hemingway-y-la-fiesta-de-san-fermin-en-pamplona.html

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