Opinión: Rafaelillo, el torero curtido

Rafaelillo. El torero murciano lleva media vida matando miuras. Su carrera comenzó con 10 años tirándose al ruedo en Mazarrón, cuando tuvo que salir de la plaza oculto entre capotes para despistar a la Policía

Por Rosa Palo.

Mi hijo quiere ser youtuber. Ni bombero, ni astronauta, ni futbolista: youtuber. Son los disgustos 2.0 que nos dan ahora a los padres. Solo me hubiera mosqueado más si me dice que quiere ser tronista, que me aparece el día de mañana mazao vivo, con las cejas depiladas y más escote que yo, y me internan.
Pero hay críos a los que la vocación les sale antes que el bigote. Y eso le pasó a Rafael Rubio ‘Rafaelillo’: siendo un chichinabo de ocho años, el torero del Barrio del Carmen ingresó en la Escuela de Tauromaquia de Murcia. No levantaba un palmo del suelo y ya estaba dispuesto a jugarse el tipo delante de un toro, con esa cabezonería que solo tienen los chiquillos. Y tanta tenía que, a los diez años, estaba dispuesto a torear un festival en Mazarrón, pero la delegada del Gobierno se lo prohibió y avisó a la policía. 

De la rabia que le dio, Rafaelillo se tiró al ruedo en uno de los novillos y le pegó varios pases ante la ovación del respetable. Cuando la policía fue a por él, tuvieron que sacarle de la plaza escondido entre los capotes para que no le detuvieran. «Fue de película, huyendo mi padre y yo como El Lute o El Vaquilla», le contaba a Francisco Ojados en una entrevista en este periódico.

Pero a Rafaelillo no le paraba ni la policía, ni la delegada del gobierno, ni desencadenado: a los once años dejó su casa, su familia, su mundo, y se fue a vivir a la finca del sobrino del apoderado de Enrique Ponce. Allí renunció a su infancia pero, a cambio, aprendió a leer los toros nada más al verlos. Y en 1992, recién cumplidos los trece y mientras media España discutía sobre qué bicho era más feo, si Curro o Cobi, él se enfrentaba a un bicho de verdad, de los peligrosos, y mataba su primer becerro en público en las Navas de San Juan (Jaén).

Rafaelillo tomó la alternativa en Murcia en 1996, con Enrique Ponce como padrino y Francisco Rivera Ordoñez como testigo. Por aquel entonces, Fran Rivera estaba peleado con la que luego sería su mujer, Eugenia Martínez de Irujo, que se había tomado un ‘kit-kat’ en la relación y estaba dando la vuelta al ruedo con El Litri. Qué le gusta a Eugenia un torero, o un empresario, o un actor, o un tío, vamos, que «la bajita plateá», como le decía su suegra Carmina Ordóñez (a la mujer de su padre, Antonio Ordóñez, Carmina le llamaba La Oso, y a Blanca Romero, que era de Gijón, La Jijonenca) es una tora jabonera: con José Coronado está ahora, y se ha tenido que comprar unas cuñas con andamios para poder llegarle al actor al morrillo. Me despisto, lo sé. 
Vuelvo al ruedo como Rafaelillo, que regresó a Murcia con 20 años convertido en figura entre los novilleros, con triunfos en España y en Francia, pero sin suerte como matador de toros: en 1999 solamente torea dos tardes y no actúa durante las campañas del 2000 y 2001. Sin apoderado y sin un duro, lo único que tenía en el bolsillo eran las ganas de torear. Pero el torero aguantó varas y se creció al castigo. Y confirmó la alternativa en Madrid en 2003. Y esa tarde dio la vuelta al ruedo.

Desde entonces hasta hoy, Rafaelillo se ha hartado de torear ganaderías duras, de colocarse delante de los miuras. «El diestro es la vertical, y el toro la horizontal», escribió Zorrilla

Rafaelillo es una vertical pequeña y delgada, y el toro es una horizontal de 600 kilos. Es como poner a Rodolfo Chikilicuatre al lado de Terminator. Por eso solo la rabia, el genio, el arte y la cabezonería de aquel chiquillo de ocho años hacen que la vertical crezca, a veces hasta el cielo, como este año en Las Ventas, que hizo un faenón de los que quitan el sentío: «Rafaelillo hace crujir a Madrid», «Rafaelillo goza a cámara lenta de un miura pastueño» o «Rafaelillo goza la gloria en Madrid» fueron los titulares.

«Las prisas son para los delincuentes y para los malos toreros», decía Juncal. Y Rafaelillo ha estado esperando hasta que le ha llegado el reconocimiento. Y no le ha hecho falta ni que lo vista Dolce y Gabbana, ni salir en un reality, ni aparecer en un De Luxe, ni fabricar bodas con chistera para ¡HOLA! Ni siquiera le salen exnovias como donettes ni le reclaman paternidades, que tiene bastante con su mujer y con sus dos hijas. 

No, para ser figura solo le ha hecho falta ser buen torero, que las únicas portadas que protagoniza Rafaelillo son las de las revistas de toros. Porque Rafaelillo es un torero de los de antes, de los de rizo domado por la gomina, gesto serio y cruz al pecho, de los que sirven de inspiración para poemas tristes, para canciones de luto y sangre y hasta para videoinstalaciones: el artista Alex Francés utilizó imágenes de una corrida suya en Córdoba para la exposición ‘Estados de dolor’. 

Y el nombre le venía al pelo, porque Rafaelillo conoce bien el dolor como estado físico (tuvo una gravísima cogida en Quito en 2010) y anímico, que unas veces la vida es puta, y otras, perra. Pero de vez en cuando, cuando las piezas encajan, la vida mola. Y, ahora, Rafaelillo mola y se mola, porque está en su punto exacto de maduración, como un melocotón de Cieza.

Mientras yo escribo sobre el torero, mi hijo está jugando a ‘Plantas versus Zombies’ en la Play. 

Ahí está el tío, parando, templando, mandando y matando, que se ha transformado en un guisante transgénico con muy mala leche que dispara semillas tóxicas para cargarse a los muertos vivientes. Y, entre zombi y zombi, me repite que le compre una capturadora y unos cascos con micro porque quiere ser youtuber. Hay gente ‘pa tó’, que decía El Gallo.

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