Tendido 7: ¡Un compromiso atávico!

Por Xavier Toscano G. de Quevedo.

En los primeros días de la semana anterior me encontré con un amigo con el que tenía una muy importante y recíproca amistad, pero que las circunstancias de la vida plantearon que se diera una prolongada e inevitable separación. Muchos años de no habernos visto, y el encuentro fue motivo de grande alegría, por lo que determinamos juntarnos al día siguiente a comer y perder —¿o no sería mejor decir a ganar?, y ¡con creces!— una tarde de placentera charla y excelentes remembranzas de más de doce años de haber compartido los salones de clases y de la formación recibida de nuestros maestros Jesuitas. Sin embargo, pasadas algunas horas, la conversación se fue desviando —¡y cómo no! si es tema obligado— a platicar de mi pasión felizmente adquirida desde mi niñez, que es la Fiesta Brava.

Su pregunta fue un poco ambigua, ya que él nunca ha sido adepto al Espectáculo Taurino y me confesó —situación que yo conocía perfectamente y más aún porque él vive en Boston— que nunca ha estado en una plaza de toros, pero que tampoco critica y mucho menos censura la Fiesta Brava, ¡cada quien tiene sus gustos, y siempre habrá que respetarlos!, me lo dijo con mucha seguridad, ¡y bien!, ¿cuál es tu pregunta? —¡Explícame por favor cuál es la raza del toro!—; aunque su cuestionamiento no fue apropiadamente formulado, creo que entendí cuál era la respuesta que él buscaba. Así, me di a la tarea de hablarle muy sencillamente del origen y las características que circundan a nuestro regio e  imponente Toro Bravo.

Entre las especies de la creación existe una con características tan particulares y diferentes, cuya clasificación zoológica es “Bos Taurus Primigenius”  o Uro, que es el origen de nuestro Toro Bravo y que pobló hace miles de años gran parte de los bosques de la Europa Central, aunque algunos historiadores lo sitúan también en algunas regiones de la parte Norte de Egipto y Mesopotamia. A través del paso de los siglos fue paulatinamente extinguiéndose, hasta ver reducido su espacio a las zonas boscosas de Navarra y Aragón, cuyos animales ahí encontrados —por mera casualidad— poseían una evidente característica de agresividad, que se traducía en violencia y acometividad a la más mínima provocación, probablemente por la influencia de su hábitat.

Pero volvamos siglos atrás, mucho antes del nacimiento de nuestra era Cristiana, cuando el entorno de este magnífico galán de la naturaleza era considerablemente más extendido. Situémonos en la Grecia primitiva y justamente en la isla de Creta, en donde arqueólogos encontraron en las ruinas del palacio de “Cnosos” frescos que nos proporcionan información gráfica y fehaciente de lo que debieron ser sus juegos y ceremonias, en los que el protagonista principal era el Toro. De sus características absolutamente religiosas no puede dudarse, ya que en relieves y talles aparecen escenas en donde la figura femenina es la que está interviniendo en estos ritos, proporcionándonos las imágenes encontradas, una clara alusión del enfrentamiento entre mujeres y toros, revelándonos así a las primeras toreadoras de que tenemos noticia.

Muchos siglos después, ya en nuestra era, cuando el espacio del toro se había reducido a la Península Ibérica y sus pobladores ya tenían conocimiento de la existencia en los bosque de estos toros, fueron los caballeros españoles quienes alanceaban a estas reses, valiéndose de su acometividad, como una preparación militar para la guerra que sostenían contra los Moros. Finalmente terminada ésta en el año de 1492 con el triunfo de los Reyes Católicos Isabel y Fernando, la antigua preparación militar se va transformando en juegos de la nobleza ante los toros y sirviéndose éstos como ayuda, con sus mozos de estribos o de a pie.

Así, poco a poco la Fiesta va evolucionando y los mozos de a pie van ganando prestigio y relevancia, dando así paso al nacimiento del toreo moderno, surgiendo los primeros toreros que se presentaban en las plazas centrales de los poblados, acondicionados como recintos para las corridas, y junto con ellos como obvia necesidad, aparecen los hombres que dedicarían su tiempo, esfuerzo y entusiasmo al cuidado, crianza y selección de su Majestad el Toro Bravo, convirtiéndose en una inigualable y mágica pasión para aquellos que la llevan a cabo, con autenticidad, honradez y rectitud.

El Toro Bravo había dado vida a este único, místico y señorial espectáculo, él es y siempre será el eje central de esta fiesta y los toreros lo sabían, aunque ellos se convertirían en los héroes de los públicos; pero, ¿sin la presencia del toro en las plazas, existirían? Es por ello que desde sus inicios y siempre en los carteles y pancartas, se anunciaría primero y antes que nadie, las ganaderías de las cuales provenían las reses a lidiarse. Fue así por siglos, con los grandes como Pedro Romero, Frascuelo, Lagartijo y Chicuelo, e inclusive hasta nuestra Época de Oro, la de Belmonte, Joselito “El Gallo”, Gaona, Armillita, Manolete, Silverio, Garza, etc. ¡Siempre primero la ganadería!

Nuestra charla se prolongó hasta bien entrada la noche, y continuamos nuestra plática con el tema referente  a nuestro toro, en el que mi amigo se mostraba cada vez más intereses, pero me sería imposible narrarles toda la conversación porque el espacio tiene sus limitaciones. Pero al final él me afirmó categórico: “¡La presencia del Toro Bravo es determinante en su espectáculo!” —¡Sí, esto así es!— le conteste con tristeza. Pero hoy no lo quieren entender muchas personas, y principalmente aunque parezca contradicción, principalmente los empresarios y los actores del espectáculo.

“¡Hombre, vaya que están con serias dificultades!”, afirmó. —¿Qué te parece nuestra situación?— “¡Mal, muy mal que tristeza! ¿Es qué no les gusta el Espectáculo Taurino?” —¡Por lo que se ve No!— “¡Qué mal, qué mal!”. ¡Y ahora!  Espero que algún día, por fin se pueda volver a la senda única y verdadera de este extraordinario e inigualable mundo que es el auténtico Espectáculo Taurino, que solamente se conduce, con la presencia de su Majestad: El Toro Bravo.

Publicado en El Informador.

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