Opinión: Es siniestro

Diego Urdiales con un astado de Barralva en la Plaza México.

Por José Antonio Luna.

Gabriel Lecumberri me llama por teléfono para contarme feliz, que en su tentadero han lidiado dos toros, que salieron bravísimos y con buen estilo. Uno mejor que el otro. Me lo narra con la misma ilusión con la que un niño relata lo que le han traído de regalo los Santos Reyes.

De que los Lecumberri salen bravos da fe el que firma este artículo. Los he visto empujar el caballo hasta los medios y estuve una mañana en la que un tal “Zanahorio”, de feliz memoria, metiendo bien la cabeza tras la muleta de un novillero llamado Francisco, duró casi lo que la dominación árabe en España.

Cuelgo el auricular y pienso, lo que pasa es que los que asisten a la Plaza México o tienen complejo de inferioridad o son unos sinodales más buenos que el pan. Por una o por otra, la cosa es que se ha perdido la grandeza del toreo. Todo les da lo mismo. Les vale gorro que un torero descargue la suerte, también que alguien la cargue alguna vez; que el diestro reciba con una larga cambiada de rodillas cobijadito en tablas, ¡órales!; que despida echando al toro para afuera, ni les va ni les viene.

De igual modo, si el morucho se cae a la mitad del pase, se sigue cantando ese ole largo que es como los tacos de canasta: sabroso y muy barato. Incluso, si un matador quedó del asco la última vez que actuó en el ruedo de Insurgentes, no importa, en su próxima comparecencia, igual, lo llaman al tercio a saludar. Al caso, Armillita IV no tiene de que preocuparse, con suerte y hasta alguna porra le entrega un trofeo digamos por la encarada al público más fresca de la temporada.

El domingo, los llamaron al tercio y pasó lo de siempre. El Payo, sabiendo sus culpas, se hizo del rogar ante la invitación de sus alternantes a dar el hola buenas frente al burladero, tal vez, pensando en que tras la tarde de los Ferdinandos, sería rebotado como un cheque sin fondos, pero no, la ovación fue hospitalaria, haciendo de cuenta que no debía nada.

Luego, los Barralva salieron corniausentes y muy apenitas de presencia. Al respecto, los espectadores se comportaron tranquilos, tragando sin más. A los toros —con un toque de exageración los llamaré así—, las manos se les doblaban una y otra vez, pero nadie repeló, los oles estimulantes que no rompieron en rechifla levantaban al morlaco.

Por su parte, Federico Pizarro estuvo sin estar, se vio falto de recursos y sin ganas. Diego Urdiales, no lo permitas milagroso San Juditas Tadeo, es muy pronto para que se haya mexicanizado, “pus que dizque sí, pus que dizque no”, dijera Chavela Vargas, en canción sabinesca, la cuestión es que el espada español anduvo difuminado. Finalmente, Octavio García El Payo, enarbolando el lema de “si no puedes convencerlos, confúndelos”, dio pases sin torear, ¿cargar la suerte?, ni por casualidad. El juez Gilberto Ruiz Torres que reparte más orejas que un panadero le dio una en cada toro. Aquí, el abucheo creció un poco, es que en contraparte, ya era mucho. En Insurgentes el domingo, como un mal día en bolsa de valores, todos estuvieron a la baja.

La cosa es simple, si un par de tardes la afición que ocupa las localidades de La México se pusiera exigente como se necesita y un grito de ¡ya basta! se hiciera añicos sobre la arena, todos nos tratarían con seriedad. A Ponce no le aquejarían los músculos abductores para torear en el Distrito Federal, cuando el dolor se le quita para hacerlo en Querétaro, Lima y Quito, y a Manzanares ni se le ocurriría irse a operar con una fecha firmada en el coso más grande del mundo. Asimismo, veríamos verdaderas corridas de toros. Entonces, los encierros los parcharían, pero no con lo más chicos y de plátanos dominicos, sino buscando lo de trapío.

Los mexicanos creemos que no merecemos nada, por eso, que nos den poco ya es ganancia. Mientras eso pasa en el edificio taurino más importante del país —ya no de América, ese es Acho—, los toros con peso y edad se lidian y matan en los tentaderos o en festejos pueblerinos. Por ahí, hay verdaderos torazos, bravos y de buen estilo, como los de Lecumberri, pero esos, sólo los vemos algunos privilegiados. Tiene guasa lo de la grandeza, es siniestro el arte de los diestros.

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