#Opinión: Un tema sin resolver

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Por Xavier Toscano G. de Quevedo

Ya únicamente le restan nueve días al mes de diciembre para que lleguemos al inicio de un nuevo año, pero nunca deberemos descartar que sea tiempo suficiente para que ocurran considerables hechos, y muy particularmente en el entorno de nuestra Fiesta Brava, como se ha manifestado en el devenir de nuestra historia.   

Pero si hablamos de que acontezcan factibles eventos positivos, correcciones de traspiés y errores, o reconocimiento de fallas y pifias, no, creo que no sucederán cambios en las formas, costumbres y comportamientos de los actores “nefastamente” implicados en nuestro destruido y desvalijado espectáculo taurino nacional.     

Dentro de los muchos temas adversos que aquejan a nuestra fiesta, hay uno muy particular que cada día —¿Días? No, ¡décadas!— que pasa empeora más, y es la infame y medrosa actuación “obligatoria” de las autoridades gubernativas, y del servil y timorato comportamiento sus representantes en las plazas.

Y esto es una realidad inexplicable, ya que siempre, en cada tarde donde se lleva a cabo un festejo, invariablemente sucede lo mismo: una total carencia de autoridad, convirtiendo los ruedos de nuestro país en un territorio sin ley, donde cada quien hace lo que le plazca, en descarada burla y menoscabo de los aficionados que tiene que soportar todos los abusos e improperios de aquellos “fantásticos personajes” que están en el ruedo.   

Valdría la pena recordar que entre la coexistencia o sociabilidad de cualquier ser —racional o irracional— que habitamos nuestro planeta, es la misma naturaleza quien nos va indicando o señalando las directrices a seguir, y quienes no actúan correctamente o se equivocan van directos al fracaso. Como un simple ejemplo mencionaré algo tan sorprendente como el vuelo migratorio de las aves, o de las increíbles y bellas mariposas Monarcas, que siempre van siguiendo “sin equivocaciones” a un líder que guía a sus compañeros a los lugares de reposo, alimento y buen clima. A los grandes rebaños de mamíferos desplazándose en las extensas estepas, invariablemente gobernados por el macho de máxima jerarquía en la manada. O el inminente regreso de las ballenas a nuestras costas del “Mar de Cortés” para continuar con su legado ancestral, la reproducción de su especie. Así, e igual de importante y trascedente es la estabilidad y relación que el ser humano necesita, y que siempre deberá ser regida por un contexto común e ineludible; las normas y leyes para su necesaria armonía y proceder.

El Espectáculo Taurino que por más de cinco siglos ha formado parte de una de las actividades que aceptamos con mucho agrado y pasión un grupo muy numeroso de nuestra sociedad, es preciso y forzoso que también cuente con leyes y reglamentos necesarios para que gobiernen el buen desempeño de dicha actividad, y está muy claro que estas reglamentaciones han existido desde los tiempos más remotos de nuestra hermosa Fiesta. La historia nos da cuenta que en sus orígenes las ordenanzas eran preceptos gubernativos para el buen desarrollo de espectáculo, enfocándose más específicamente al comportamiento cívico de los asistentes, y es así que encontramos testimonios que muestran cómo en los cartelones además de anunciar los pormenores de los festejos, indicaban claras y precisas advertencias para el buen orden y proceder del público.

Con el paso de los tiempos y la evolución que iba viviendo el Espectáculo Taurino, de los primeros caballeros a los toreros de a pie, surge en el año de 1823 un joven torero que sería de trascendencia para la fiesta brava, Francisco Montes “Paquiro”. Francisco de Paula José Joaquín Juan Montes Reina, nace en la localidad de Chiclana de la Frontera (Cádiz) en 1805, desde muy temprana edad le cautiva el mundo del toro y pronto ingresa a la Real Escuela de Tauromaquia de Sevilla, fundada por el Rey Fernando II y que dirigía el maestro rondeño Pedro Romero, que vio en el joven Francisco, las cualidades de un gran torero. En el año de 1836 “Paquiro” dicta las primeras normas básicas para la fiesta, que escribió en sus “Reglas de Tauromaquia” y que le ayuda a redactar su amigo letrado José López Peregrin —probablemente “Paquiro” no escribía muy bien— y que serían un conjunto fundamental de reglas y doctrinas taurinas, y además la forma de cómo los toreros se deberían conducir en las corridas. Además precisó todos y cada uno de los aspectos de la lidia, enfatizando y subrayando la importancia y condiciones para aceptar o rechazar el ganado que se lidiaba —él marcó como edad mínima de cinco años, para los toros que se lidiaban— ¡Huy, qué estupor para muchos, verdad!, así como también cada una de las funciones que tenían que desarrollar las personas que intervenían en la lidia.   

Han transcurrido 180 años desde que “Paquiro” dejó escritas las normas de la fiesta. Ojalá que algún día pudieran entender los actuales participantes que las leyes y reglamentos tienen como función primordial, su correcto desempeño en el ruedo, además el defender los intereses de los aficionados y el público que asiste a las plazas mediante el pago de su boleto, y todo esto mediante la honorable y comprometida actuación de las autoridades gubernamentales y sus representantes que estén dispuestos a velar por el cumplimiento de dichas disposiciones; ¿es mucho pedir?

Lo triste es que las incongruentes e inadmisibles acciones son constantes día a día, y en todas las tardes. Y es que los mediocres y deshonestos actores y autoridades que inundan y tienen secuestrado a nuestro grandioso Espectáculo Taurino, no tienen la capacidad para entender que la libertad no radica en querer actuar como les plazca; ésta consiste en cumplir ordenadamente con las leyes y reglamentos que nos rigen, y más en un espectáculo en donde la figura central es y será el Toro Bravo. Y aunque les cueste trabajo, y no logren comprenderlo, nunca deberán olvidar: que nuestra Fiesta existe gracias al único protagonista y eje central del espectáculo, su Majestad el Toro Bravo.

Fuente: http://opinion.informador.com.mx/Columnas/2015/12/23/un-tema-sin-resolver/

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