Opinión: Tierra de Toreros

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Por Alcalino.

En México, al parecer, los toros de lidia se acabarán antes que los toreros. Mientras los primeros son desde hace tiempo especie en peligro de extinción –por obra de taurinos y antitaurinos, todos a una–, siguen surgiendo aquí toreros buenos. Y algunos con una clase y una expresión tan relevantes como las de Juan Pablo Llaguno, ese joven relegado por empresas y publicronistas que se reveló, en las postrimerías de la insufrible corrida de dinastías que padecimos el domingo anterior, como un artista de enormes posibilidades.

Juan Pablo y “Chaparrón”

Octavo de una tediosa y perfectamente olvidable corrida –es un decir– de Marrón, “Chaparrón” era cárdeno capirote, terciado y, en principio, no muy distinto de sus otros siete hermanos, representantes todos del post toro de lidia mexicano, con la agravante de una debilidad que los hacía perder las manos constantemente. Pero Juan Pablo Llaguno no pareció tomar en cuenta ese detalle al plantarse en el tercio para, jugando los brazos, mecer el cuerpo con torería en una larga serie de verónicas, que además de aguante y mando tuvieron sabor. Que asimismo abundó en el asevillanado quite por chicuelinas –la mano baja sin exageración, el ritmo cadencioso y suave. Hasta ahí, más de lo que merecía el bicho –noblón, sin más–, y abría una leve esperanza, la última de una tarde interminable, para la faena de muleta.

Por suerte, el cárdeno, aunque le costaba repetir, se dejó encandilar por el torero. Por suerte, el joven Llaguno planteó la faena con soltura de veterano, un dominio intuitivo de terrenos, distancias y alturas realmente asombroso. Intercalando las pausas necesarias y sin perder nunca el pulso ni el temple. Y, además, con expresión, cabeza despejada, sentimiento torero y ¡sello propio! La manifiesta debilidad del bicho no permitió una faena de tandas largas y ligadas, pero aquel sosegado pase a pase, la mayoría naturales, tuvo tanta entidad –temple, largura, aroma– que era inevitable terminara captando la atención del aterido cónclave, obligado a interrumpir los bostezos de toda la tarde para prorrumpir en olés, tibiamente al principio, con creciente entusiasmo conforme la faena iba tomando forma. Musicalmente, sin estridencias, pero con una esencia torera de primer orden. La redondez de los remates, la gracia de los adornos, todo se encaminaba al triunfo del torero, al triunfo del toreo. Hasta que, en la hora suprema, comprobamos con pena que Juan Pablo es un desastre con el estoque. Se sucedieron los pinchazos sin cruzar, los fallidos golpes de descabello y “Chaparrón” casi regresa vivo al corral. Cuando al fin se rindió habían sonado dos avisos. Aun así, palmas muy fuertes, de un público que no se iba, despidieron al gran torero, al que había privado de trofeos el pésimo matador.

Pero a matar se aprende –urge, eso sí, que un buen maestro tome al muchacho a su cargo–; en cambio, esa clase y esa clarividencia para el toreo se traen o no se traen desde la cuna. Y Juan Pablo Llaguno nació con ellas. Aunque, quizás, en el país equivocado.

Dinastías a la baja

Efectivamente, como lo anunció la empresa, el cartel reunió cuatro o cinco apellidos ilustres. El Llaguno por partida doble: toreaba el hijo de un matador recordado más por el cornadón que en la propia Plaza México le infirió “Copetes”, de La Misión (07.05.2000) que por su notoria falta de suerte, pero además se anunciaban reses de uno de tantas vacadas regadas por sangre sanmateína, omnipresente en la actual ganadería “brava” mexicana. Ni que decir tiene que, mientras los astados confirmaban el hundimiento de la torada nacional, el joven Juan Pablo honró el apellido y nos ha ilusionado a todos con su clase, sabor y saber toreros.

No se puede escribir lo mismo de los otros tres diestros dinásticos. Rivera Ordóñez debe quitarse cuanto antes el “Paquirri” porque está a años luz de su pundonoroso e infortunado padre, y ni hablar de sus demás ancestros ilustres de las familias Ordóñez y Dominguín. Diego Silveti –que tuvo, como es costumbre, el torillo más repetidor del hato y no redondeó nada, aunque el quite por gaoneras al 6º le salió dibujado–, también está lejos de emular las hazañas de su bisabuelo el Meco, su abuelo el Tigrillo, su padre el rey David e incluso su tío Alejandro.

Y Fermín Espinoza IV –que no Armillita IV, como contrariando la aritmética se le anuncia–, tiene poco que hacer en el ruedo de la memoria frente a la grandeza infinita del segundo Fermín de la dinastía, y tampoco amaga con mejorar, ni mucho menos, a sus tíos Juan, Zenaido, Manolo y Miguel. Según lo visto, ni siquiera está a la altura de los logros de su señor padre, diestro modesto pero cumplidor, y excelente izquierdista cuando se acomodaba. Como sus alternantes, Fermincito se encontró con dos ruinas cornudas, pero su extrema frialdad y abuso de pico tampoco presagian nada bueno.

Dama políticamente correcta

Doña Sara Oviedo Fierro, como buena vicepresidenta del Comité de los Derechos del Niño de la Organización de las Naciones Unidas, ha expresado maternal preocupación por el bienestar físico y mental de los menores, a su parecer seriamente comprometido cuando tienen contacto con la tauromaquia. Considera, en consecuencia, que debe prohibírseles asistir a las plazas de toros y, por supuesto, la atrocidad de que se les convierta en aprendices de toreros, por lo que propone se establezca un capítulo específico de la Constitución para vetar las prácticas tauromáquicas, pues urge poner fuera de la ley la atrocidad de las escuelas taurinas, que en algún estado de la República (Aguascalientes) hasta cuentan con apoyo gubernamental.

Aprovechando la preciosa ocasión, quisiera regresar al listado de características que alguna vez enuncié como propias del abolicionismo antitaurino, para que le lector juzgue los que mejor le acomodan a esta intrépida protectora de la niñez. Veamos:

1) Taurofobia, que como todas las fobias es un impulso irracional. 2) Incultura: son gente básicamente iletrada, incapaz de comprender y analizar una tradición desde los valores de su mito de origen y la simbología que los actualiza en un rito. 3) Intolerancia, espíritu inquisitorial, sustitución de la empatía por un odio ciego. 4) Integrismo, que es el intento de imponer al resto de la sociedad su propia y muy particular visión del mundo (late aquí la imposición de los valores de la globalización anglosajona sobre cualquier tradición cultural que le sea ajena). 5) Corrección política, que es esa disolución del criterio personal en corrientes de pensamiento mayoritarias, particularmente en asuntos “sensibles” a determinados grupos o personas, con la consecuente persecución de aquello que simplemente esté señalado como “incorrecto” o mal visto por los censores. 6) Oportunismo cínico, a cargo de políticos en campaña a la caza de ingenuos o de los que intentan frenar su desprestigio abrazando, con notorio exhibicionismo, causas facilonas. 7) Ilusión de superioridad moral sobre los taurófilos, catalogados automáticamente, por el solo hecho de serlo, como seres despreciables, primitivos y violentos. Una proyección a espejo en toda forma. 8) Buenismo, que no es otra cosa que la sensación mojigata de estar participando en un movimiento inmaculado, civilizado y progresista, que los hace “buenos” por definición, sin comprometerlos a nada importante ni socialmente trascendente.

A lo anterior podría añadirse –puesto que ha cobrado efecto legal tanto en el Barcelona como en Quito, Bogotá y Caracas, ciudades históricamente taurinas donde ya no se dan toros tras sendas votaciones “democráticas”– un concepto claramente anacrónico de la democracia como simple recuento de votos o, todavía peor, resultado de alguna encuesta o sondeo callejero –la dictadura de la mayoría–, siendo que en su versión más avanzada, la verdadera democracia vela por los derechos de las minorías y evita, salvo en casos especialísimos –apologías del odio, fundamentalmente– cualquier forma de censura.

Como la citada funcionaria de la ONU no está exenta de varios de estos rasgos, lo éticamente procedente sería que retirara lo dicho y dedicara su tiempo a informarse y estudiar sobre aquello de lo que en lo sucesivo piense opinar. El otro camino, la renuncia, es impensable: la señora debe ser mexicana, y eso la exenta automáticamente de dejar el hueso en manos de alguien realmente capaz.

 Fuente: http://www.lajornadadeoriente.com.mx/2016/02/15/tierra-de-toreros/

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