Madrid, magisterio de aficionados

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Por Xavier Toscano G. de Quevedo

Nuestra emblemática fiesta brava es una tradición que cuenta con más de ocho siglos de existencia, y que durante su dilatado peregrinar ha venido evolucionado en sus formas, interpretaciones y lugares en donde se lleva a cabo este maravilloso, único e irrepetible espectáculo.

En el momento de su nacimiento, recordemos que era exclusivamente un evento reservado para que en él intervinieran los nobles y caballeros, los cuales utilizando sus lanzas hacían frente a la acometividad o embestida de los toros, por lo que cualquier espacio abierto era suficiente para que se realizara.    

En el transcurso del tiempo, estos juegos de la nobleza se fueron convirtiendo en algo de interés para la gente del pueblo, por lo que se optó por realizarlos en las plazas centrales de las ciudades, a donde podían asistir todos los pobladores y con ello se convertirían en los primeros recintos taurinos de la historia. Y continúan los cambios y la evolución del espectáculo que va relegando a los nobles y sus cabalgaduras, viendo cómo sus mozos y ayudas irían ganando rápidamente un papel protagónico, con lo que da inicio el toreo de a pie.

Con el auge de los toreros de a pie que surge a finales del siglo XVIII, inicia la construcción de las plazas de toros, y esto era como una lógica consecuencia, ya que el espectáculo que anteriormente se ofrecía en áreas abiertas, se convertía en un pasatiempo de “aficionados” que cada día se interesaban más en la fiesta de toros.

Madrid y sus aficionados siempre han disputado a Sevilla la capitanía de la fiesta: ¿Cuál plaza será la más importante? Lo incuestionable es que el aficionado madrileño es el más inflexible y exigente del mundo taurino, protesta de continuo a las autoridades y seguramente que en algunas ocasiones se comporta intransigente, “pero eso sí, en aras de la verdad y autenticidad del espectáculo”. Son profundamente partidarios del TORO “como eje central y único de la fiesta”, al mismo tiempo que duros y exigentes con los toreros, pero con la suficiente sensibilidad y el entendimiento para apreciar y valorar lo que se realice ante un “TORO con presencia y bravura”.  Tan es así, que Madrid resulta determinante a la hora de cotizar a los toreros para el resto de la temporada.     

Es Madrid y su afición, la plaza más cuestionada en el mundo de los toros —obviamente que por la plaga de mediocres y parásitos de la fiesta—, pero no obstante todo lo que de ella se diga, es “Las Ventas” la única plaza del mundo que verdaderamente “da y quita”; basta con observar a los ganaderos con qué formalidad, cuidado y celo van a la capital española, y a todos los toreros que ahí acuden, el respeto, seriedad e importancia que expresan al hacer el paseíllo, entusiasmados y con la ilusión de conseguir el triunfo y abrir “La Puerta Grande”. Porque Madrid es para soñar, en la más bella y enigmática de todas las fiestas, la de su majestad El Toro Bravo.

Fuente: El Informador.


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