PUNTO DE VISTA: El brindis

Por JOSÉ RAMÓN DEL RÍO.

EN puridad, el título debía de ser El no brindis, porque a lo que voy a referirme es a que José Tomas, el torero de moda, el que llena las plazas, el que levanta pasiones, el que ha resucitado la vieja costumbre de los antiguos aficionados de seguir por todas las plazas en las que torea su torero favorito, no brindó la otra tarde en la plaza de Jerez de la Frontera, el primero de su lote a don Juan Carlos, el Rey emérito, como lo habían hecho antes el torero que encabezaba la terna, Juan José Padilla, y luego lo haría el que la completaba, José María Manzanares.

No brindó su primer toro, con el que conseguiría un gran triunfo, ni siquiera al sol, porque desde que el diccionario de la Lengua define este brindis como el que se hace para obtener algún beneficio, sabiéndolo inviable, no tiene buena prensa. Él brindó al público, que es el destinatario menos comprometido de ese ofrecimiento en el que el brindis consiste. “Veinte mil corazones laten, en un silencio claro y caliente” (M. Machado).

Como no tenía obligación de hacerlo, nada hay de censurable en su conducta y eso que ahora no rige la costumbre que existía a fines del siglo XIX, según nos cuenta José Sánchez Neira y que era hincar rodilla en tierra cuando se brindaba la muerte del toro al Rey o la Reina. ¿Podía haber optado por brindar ese toro a la Infanta que le acompañaba, o mejor, a su nieta, hija de ésta? Destacar esa presencia juvenil me parece que hubiera sido una buena propaganda para lo que se llamaba Fiesta Nacional y que ya está prohibida en alguna autonomía. Esta propaganda no cabe duda que hubiera sido muy beneficiosa para la Fiesta y, particularmente, para los toreros que son los que en primer término se benefician de ella a cambio de exponer sus vidas.

Repito e insisto en que el torero no estaba obligado a realizar ese brindis, pero debía haber buscado una muestra de agradecimiento al Rey emérito, porque se sabía que los antitaurinos iban a manifestarse y que no se limitarían a pedir la abolición de las corridas en uso de su libertad de expresión, sino que como hoy está de moda entre los indignados, contra el resto, los insultan llamándolos “asesinos”, sin que esto se considere no un insulto punible, sino una definición. Menos mal que al Rey emérito esos gritos de asesino no le cortaron la digestión del almuerzo portuense que le habían ofrecido en la bodega de Gutiérrez Colosía, regado, sin duda, con esa maravilla de Sangre y Trabajadero que Juan Carlos ha rescatado como oloroso de su firma.

Publicado en el Diario de Sevilla


Descubre más desde DE SOL Y SOMBRA

Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.

Deja un comentario

Anuncios