¿La Fiesta en Paz? Resonancias de Teruel

  • Resonancias de Teruel
  • Sicopatías de unos y autoengaños de otros

El falso humanismo, ese que confunde la gimnasia con la magnesia, exige –a través de los medios y las redes sociales– la autopsia de un gorila muerto por la impericia de los veterinarios del zoológico de Chapultepec antes que la aparición de 43 estudiantes o siquiera de sus restos, se escandaliza por los asesinados en otros países y se encoje de hombros por los que aquí son muertos a diario. De no creerse.

Ahora fue Teruel, ciudad y capital de la provincia del mismo nombre, y su plaza propiedad del ayuntamiento, con capacidad para 7 mil espectadores, inaugurada el 30 de mayo 1935, por los diestros Nicanor Villalta, el maestro mexicano Fermín Espinosa Armillita y Domingo Ortega, con toros de María Montalvo, el escenario donde el sábado 9 de julio murió el diestro sevillano avecindado en Segovia, Víctor Barrio, de 29 años, al intentar un pase natural a su primer toro, Lorenzo, de la ganadería de Los Maños, con 529 kilos, tras recibir en el suelo una cornada en el costado derecho que le perforó el pulmón y la aorta torácica.

Me dice un médico que la aorta torácica es la arteria más grande del cuerpo y que su sangre irriga los músculos pectorales, pulmones, bronquios y esófago. Y una amiga diseñadora de ropa que revisó el video de la cornada, sugiere que lo más probable es que el pitón haya entrado precisamente por la sisa derecha, ese corte curvo en la axila que en el caso de las chaquetillas sólo va cocido por el hombro. Cuando Víctor Barrio da la vuelta, ya ha muerto, en una muerte privilegiada si las hay. Su viuda, Raquel Sanz, con toda razón declaró en una entrevista: Hay cosas muy injustas en la tauromaquia. Si las cosas se hiciesen bien desde todos los profesionales habría más justicia. Y otra fiesta, claro.

Con los eventuales decesos de toreros en la plaza la función taurina no repunta pero se vuelve tema de conversación durante algunos días y, de paso, pretexto para que trastornados mentales con careta de animalistas y de antis se dediquen a ofender la memoria del difunto y a su familia, en enfurecidos e injuriosos tuits con los que los demonios de esos enfermos medio logran aplacarse fugazmente.

Ahora, el autoengaño entre taurinos, mentirse a sí mismos con respecto al arte del toreo, su ceguera de que tergiversación era evolución, lleva ya varias décadas, acompañada por su falta de fe en un principio esencial de la tauromaquia: la bravura inherente a la deidad táurica. Si inmersos en el confundido espíritu simplificador de la época, tanto empresarios como ganaderos, toreros, autoridades y crítica apostaron por la función predecible y el toreo bonito –falsa estética– evitando lidiar con la fiereza –verdadera ética–, las plazas se empezaron a vaciar mientras aumentaban los deportes de alto riesgo y sus víctimas mortales se multiplicaban, dejando mal parado el arrojo de las figuras en particular y de los toreros en general, reduciendo al mínimo la emoción de los públicos y el interés del espectáculo.

Haber confundido el arte de la lidia con faenas monótonas a toros descastados y jóvenes, cuando no despuntados, para beneficio de unos cuantos, ha sido una traición al toreo auténtico. Añádase a lo anterior la proliferación de empresarios con dinero pero ignorantes, una autoridad desentendida, gremios opacos y la permanente supremacía de España en sus relaciones taurinas con los demás países y se tendrá un cuadro menos lírico de la decadencia generalizada y los teatritos caídos del otrora apasionante rito táurico.

Por Leonardo Páez.

Fuente: La Jornada

 

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