El Cid y ‘Madroñito’ hacen historia en Santander


Por Zabala de la Serna.

Llovía en Santander como llueven piedras de fuego sobre Madrid. El cielo cárdeno como los adolfos. Clarito Madroñito. Chato, guapo, asaltillado, bajo, cortito, la testuz rizada, limpia la mirada. No paró de humillar desde el minuto uno. Ni de embestir. Surcos en la arena oscura. Dos puyazos en serio. Un poquito de espera en banderillas por el izquierdo. ¡Pero cómo fue por el izquierdo! Y por el derecho también. El Cid lo bordó. De verdad. Como si hubiera que recalcarlo para creérselo. Un pelín acelerado en las primeras tandas diestras como único matiz. Perdón porque no valdría la pena ni ponerlo. Cuando sonó la hora de la zurda, una serie redujo el tiempo. Cuatro naturales descomunales. Bárbaros. De aquí a la eternidad. Un túnel dimensional con El Cid de aquella noche santanderina mano a mano con César Rincón en 2005. Acodado, roto, lento. El afarolado y el de pecho. Cuanto más abajo, Madroñito más profundizaba en su embestida. Y Manuel Jesús también. Intercaló las manos. Floreó las rondas. Se recreó en adornos encadenados. Cuando se dobló con una hondura cierta, genuflexo y tremendamente torero, El Cid sonrió. No se sabe a quién guiñó la sonrisa. Puede que al destino o a la idea de seguir toreando. Tampoco se sabe si fue antes o inmediatamente después de que alguien gritase “¡no lo mates!”. Ni tan siquiera queda el recuerdo de si El Cid de Salteras se había perfilado con la espada. La cuestión es que continuó la faena, y Madroñito no paraba de embestir. Al final un poco cansino y entreabriendo la boca. Qué más daba. Tanto humillar no había sido para nada. Del “¡no lo mates!” se contagió el vocerío. Y la pañolada. Hasta que asomó el pañuelo naranja. Manuel Jesús lo celebró como un niño. Ni simuló la suerte en su alegría. Qué gran faena.Salieron los cabestros y arroparon a Madroñito y su excelsa bravura. Nadie se acordó de los premios para Cid. Le dieron un abrazo en lugar de las dos orejas y rabo simbólicos. Ya se llevaba la gloria. La que paseó en la vuelta al ruedo tras el abrazo seco del alguacilillo. Memorable Cid. 

De la exaltación se pasó a una calma chicha con un toro más basto, que no terminó de humillar ni de encelarse pese a que Miguel Ángel Perera se lo propuso por activa, pasiva y una y otra mano. Un pacifismo sin maldad ni transmisión. De fondo también andaba cortito con sifón el más fino y degolladito tercero.

Talavante se dobló con él y le ofreció la derecha sin toques, sólo los vuelos. Pero la respuesta no se daba generosa en su viaje bondadoso. Ni cuando se enfrontiló al natural. Que al cuarto le faltaba poder se evidenció en los primeros capotazos de El Cid. La aparente fortaleza exterior no se conectaba con la interior. Por eso no desarrolló las ideítas de guasa. Manuel Jesús brindó a Rogelio Gómez: “La Flor de Toranzo” es su reino en Sevilla, el currismo su estandarte y el Betis su bandera. El matador de Salteras tiró de oficio, conocimiento del encaste y, cuando fue menester, de agilidad y toreo sobre las piernas.

Chaparrito reivindicó su ascendencia con su temple, su calidad y esa manera de humillar tan definida. Miguel Ángel Perera lo entendió casi perfecto enganchándolo por delante, vaciándolo tan atrás, tan encajado. Para que aquello trepase por los tendidos como debía no encuentra explicación. Si le mete la espada probablemente ahora hablaríamos de las dos orejas de tan buen adolfo.

Julio López le debe a Pirri una convidada por el quite de riesgo que le salvó de la cornada segura. El capote de Saugar voló a la cara del sexto cuando Julio yacía en el suelo a la salida de un par de banderillas. Talavante ofrendó la montera al publico con su impresionante vestido avinado refulgente de oros bajo los focos. Por ahí, o no tan alto, perdía la vista el adolfo. Mala suerte en el sorteo para Alejandro. A El Cid, resucitado por quien quiso que sustituyera a Escribano por delante de las figuras, Madroñito y su propia fe, a hombros se lo llevaron; las dos orejas y el rabo se los había concedido la afición.

ADOLFO MARTÍN | El Cid, Perera y Talavante

Plaza de toros de Cuatro Caminos. Sábado, 30 de julio de 2016. Última de feria. Media entrada larga. Toros de Adolfo Martín, bien presentados, entipados; de excelsa bravura el indultado 1º; de notable temple el 5; sin poder pero con guasa el 4º; de escaso fondo sin humillar el 2º; desfondado y también sin maldad el 3º; desentendido el 6º. 

El Cid, de sangre de toro y azabache. (Apoteósica vuelta al ruedo). En el cuarto, media estocada y descabello (saludos). Salió a hombros. 

Miguel Ángel Perera, de purísima y oro. Estocada defectuosa (saludos). En el quinto, pinchazo y media estocada (saludos). 

Alejandro Talavante, de rioja y oro. Estocada pasada y algo tendida (saludos). En el sexto, estocada que hace guardia y tres descabellos. Aviso (silencio).

Fuente: El Mundo

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