Por Xavier Toscano G. de Quevedo.
Estamos viviendo la última semana —¡El tiempo!, siempre con su marcha inexorable— de los Juegos Olímpicos en Río 2016, que con todo acierto nos obliga a llamarlos “la máxima justa deportiva universal”, ya que es el evento que sin ninguna duda, convoca y reúne al mayor número de personas participantes, e igualmente a espectadores de todas las naciones del mundo, de diferentes razas, credos y pensamientos políticos, con el único fin, de competir “lealmente” en emocionantes y admirables disciplinas deportivas, en las que probablemente algunas serán más vistosas y atractivas acaparando la atención de una mayoría de espectadores, pero no por ello estarán otras que no sean importantes, pero definitivamente todas diseñadas y vigiladas con sus reglamentos perfectamente establecidos para que se cumplan cabalmente —¿en qué espectáculo de nuestro país, vemos exactamente lo contario?— y que los deportistas y atletas alcancen el reconocimiento a su esfuerzo y logren finalmente “los elegidos de los dioses del Olimpo” conseguir las anheladas preseas.
Esperamos cuatro largos años, después de que terminara la justa deportiva en Londres, y hoy estamos disfrutando con grande emoción y asombro lo que sucede en Brasil. Pero tendrá que transcurrir una vez más otro periodo igual para los siguientes juegos, que como es ya lo usual, acapararán y monopolizarán gracias a su importancia, de nuevo la atención de todos nosotros, y a la vez que involucrará en ellos la administración y el trabajo de los gobiernos, grandes empresas multinacionales, y medios de comunicación, necesarios para que “Los Juegos Olímpicos” lleguen como en cada ocasión, a buen puerto, porque este fue el sueño hecho realidad del Barón Pierre de Coubertin, precursor del olimpismo moderno.
Un número importante de eventos alrededor del mundo, se paralizan o por lo menos disminuyen en cantidad durante el tiempo en que las competiciones olímpicas se realizan, y como lógica consecuencia también en la fiesta brava se nota la disminución, un poco en España, pero sin embargo ellos sin omitir su calendario de ferias establecido.
Y mientras en Brasil continúan viviendo y disfrutando con júbilo y alegría —a igual que millones de espectadores el mundo entero— de sus Juegos Olímpicos, aquí en nuestro país los pocos festejos taurinos que se vienen programando carecen de la más mínima importancia, en donde inclusive en este año, en la capital, “perdón Ciudad de México”, no se programó el calendario de novilladas, debido a un número interminable de problemas, y quizás estos agudizados por la falta, o absoluta carencia de jóvenes aspirantes a toreros, que tengan al menos un poco de actitud y voluntad para querer ser alguien en este difícil y enmarañado mundo del toro.
Qué satisfactorio es el ver a los grandes deportista y atletas dar su máximo esfuerzo en las competencia olímpicas, creo que no habrá nadie que no se emocione. Ojalá, que de igual forma, los aficionados a la Fiesta Brava también lo hicieran en las plazas; pero esto se logrará únicamente cuando regreses a los ruedos el eje central y único del espectáculo ¡Su Majestad El Toro Bravo!
Publicado en El Informador.




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