¡Hoy, ni siquiera un poco de…!

Luis Miguel Dominguín y Picasso

Por Xavier Toscano G. de Quevedo

¡Mira Juan, la persona que camina en la acera de enfrente debe ser un torero! 

—¿Por qué lo aseguras Carlos? —¡Fíjate qué prestancia!

¡Oye Miguel, el sujeto que acaba de entrar en ese café me pareció que es matador de toros! 

—¿Éstas seguro, qué notaste? 

—¡Su garbo y personalidad, qué planta al andar!

Sí, son estos signos inequívocos que distinguen a una figura de la fiesta, los de recia personalidad, que además vive orgulloso y con categoría su profesión, respetándola cabalmente y respetándose ante los demás. Tienen “Torería”. ¡Pero, qué pocos gozan de este privilegio! sólo unos cuantos, los elegidos en el mundo del toro, de los que se podrá decir: “Ese personaje que vez ahí, es un torero”.      

El origen noble de la Fiesta, protagonizada en sus inicios por los Caballeros de Linaje y la Aristocracia, es la herencia inequívoca del señorío, distinción y elegancia que se trasmitió a través de los siglos a sus ayudas de a pie, que se convertirían en los toreros importantes que durante el transcurso de la historia han tenido el acierto de rendir un culto de dignidad y grandeza a las reglas y cánones de la auténtica tradición taurina, y cuando ésta va tomando forma para llegar al toreo moderno, se va configurando y estableciendo lo que sería la “torería”, el sentirse orgullosamente torero, el oficiante de un rito único y sagrado, ya que ser y considerase torero, ha sido desde siempre y para muchos —obviamente que me refiero a los genuinos señores de la fiesta, ¡qué pocos, verdad!— algo muy estimado y además sin ningún paralelismo.           

Es Pedro Romero, la primera figura en la historia de la tauromaquia que concibió la profesión de torero como algo muy importante y trascendental, su señorío y “torería” lo llevaron a relacionarse con la nobleza, los intelectuales, los hombres de negocios e inclusive de forma particular con el rey de España. Y de ahí varios más llegando a Antonio Bienvenida, y hoy a Enrique Ponce, ambos igualmente sinónimos de “torería”.    

¡Qué falta está haciendo en esta época!  ¿Será un síntoma adicional de la caída y desvalorización del espectáculo en nuestro México? ¡Seguramente que Sí, ya es evidente!  Por lo que reiteramos una vez más, que sentirse y ser torero es mucho más que un simple ejercicio profesional, el que indiscutiblemente se deberá manifestarse sobre todo en el ruedo —pero siempre ante auténticos toros bravos— y de igual forma, hacerlo patente fuera de las plazas, en todos los ámbitos que rodean la vida de un torero.

Es ésta una parte fundamental para la Fiesta del Toro —dije TORO— en donde las figuras con “torería” siempre le han dado su lugar de privilegio al auténtico toro bravo. Ya que ellos nunca han olvidado y mucho menos prescindido, del principio fundamental y ético que gobierna este mágico espectáculo; que vive, existe únicamente y gracias a la presencia de su “Majestad, El Toro Bravo”.

Fuente: El Informador


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