Opinión – Adiós Zotoluco 

Por José Cueli.

Estrellas vibrando en la negra plaza. Un Zotoluco estremecido con ademanes lentos que no terminaban. Se quitó el añadido, en tarde que no tuvo suerte. Le dejó la plaza a Enrique Ponce el de Valencia ¡Y venga torero! Aflicción y belleza en el relampaguear del coso en la noche que se quedó y los toreros a hombros se fueron entre golondrinas y palomas.

En la corrida propiamente dicha la maestría y torería de Enrique Ponce llegaba a los aficionados, al giro quebrado de la cintura que le aliviaba la emoción y aprovechaba la lumbrera de la oscura cueva, llena en el tendido.

El jugo de su toreo se transformaba en prodigio, lo mismo en su primer toro, un bombón sin peligro que en el segundo que se defendía y al que lentamente lo metió su muleta poderosa. El resto de los toros de Fernando de la Mora mansos de solemnidad.

El jugo del toreo de Enrique Ponce se transformaba en prodigio. El revuelo del capote lidiando a los toros y surcándoles la vereda que aprovechaba en la muleta. Flotando en el aire danzaban y hacían temblar el redondel, las barreras y hasta el viejo reloj se detenía.

Aire que brillaba y traía enganchados en la muleta a los torillos bajo el milagro del encantamiento en espirales infinitas que cuajaban geometrías de ritmo exacto y se perfumaba el redondel con el improvisar de la torería de honda raíz.

¡Qué alegría desparramaba Enrique Ponce sonando palmas de sal valenciana! Se sacudía el coso a su conjuro y los oles atronaban el espacio con el desplante de sus remates con los forzados de pecho que se perdían en los tendidos altos. La muleta flotaba al mando del torero, obligando a barrer el ruedo a los toros con el hocico a los que les bajó la cabeza. Lástima que se ha vuelto un torero derechista y baja su quehacer con la mano izquierda. Ni qué decir de sus dificultades para estoquear a los toros.

Toda una vida torera se fue con el Zotoluco ¡Enhorabuena matador!

El espiritillo sutil de Morante

Luminosa Plaza México, alcoba de mis amores remorenos que festejo setenta y un años de existir. Lentamente, la plaza se llenaba en medio de una puñalada de sol que rajó una ancha herida caliente, gajo de toronja, dulzura naranja, luz plateada que anunciaba el oleeé tradicional que arrancó el drama torero; cervercero y tequilero rociado con abundate espuma de la más clara y transparente triunfadora de la tarde torera.

Corrida de aniversario en la que los toreros españoles con el sitio que da torear 70 u 80 corridas al año se despacharon los mansos toritos azucarados del sábado y el domingo; Castella –español por espíritu torero– Ponce, Morante y El Juli enloquecieron al público del coso de Insurgentes.

Para el que esto escribe, lo que importa para el toreo que lleva poesía ese espiritillo sutilGarcía Lorca; misterio escondido, lo posee Morante de la Puebla por encima de todos. Misterio de índole singular que tiene para los andaluces, en el cante, en el baile, la guitarra o en el toreo, un no sé qué, que se le añade y trasciende las propias virtudes del artista –las artes mágicas del vuelo– cuando se dejan traspasar por ese misterio indefinible que no es sólo la gracia. Ese no sé qué, que llevó a Morante de la Puebla a salir como el triunfador nuevamente.

Morante desplegó toda su rica fantasía torera y dejó claro que el toreo es eterno. Toreo que es flojedad y se afianza en ese dejarse ir, un no hacer, que es un hacer profundo, un mirar perdido en la inmensidad del universo que pareciera tener similitud con mi imagen del campesino mexicano recargado en un árbol con la cabeza entre las piernas y el sombrero por sombrilla, en sueño profundo.

Sueño en flojedad creadora, lucha con el toro –mansos de don Teófilo Gómez –a los que embrujo y El Juli asustó por temerario y valiente. Sentimientos de solidaridad con sus compañeros españoles trasmitir al cabal. Mas el toreo de Morante es único. Canto de la sangre que coincide con el de las estrellas. Cante que es cante hondo que diría Bergamín. Después del toreo del sábado y domingo, lo de menos son las orejas, el espíritu se quedó en la cueva oscura de Insurgentes.

Publicado en La Jornada.

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