Corbacho en la piscina

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Por Chapu Apaolaza.

Entrada la noche, las chicharras arrancaron a cantar y sobre el quicio de la ventana de la pensión anoté la portagayola de mis recuerdos: «El país de las maravillas de Alicia queda entre Sevilla y Mérida, en la sierra de Aracena. Entre la espesura verde de encinas y jaras, el Castillo de las Guardas, y más allá, una pedanía: La Alcornocosa. Pasado el pueblo, tres perros en la cuneta y una casa en obras en la que hay casi de todo: ovejas escapistas, hermosas gallinas, gansos con mala leche, un burro grande, otro chico, dos potrancas alazanas, un erizo blanco que duerme debajo de una teja, un loro que habla por teléfono y un enano torero que te adivina la muerte».

La medida de toda aquella geometría onírica la daba un hombre vestido con una chilaba, la barba blanca, larga y socrática, el pelo alborotado como una prolongación de las ideas, la piel de un ballenero y los ojos profundos, prendidos de un dolor directo, franco y constante como un tiro en una rodilla. Se llamaba Antonio Corbacho y era forjador de toreros. Leía a Confucio y se descojonaba cuando se escapaban las ovejas y cuando se le engorilaba el enano, que tenía una mala leche de ciego y que decía a la gente cuándo se iba a morir. El enano tenía allí una casita del Leroy Merlín, de esas que le compraría un rico a su hijo por la primera comunión y Corbacho no sabía lo que guardaba allí. «Si entro, el enano me mata». Corbacho lo había rescatado un día en que había llegado al pueblo en un espectáculo de toreo cómico que se llamaba ‘Fantasía Taurina’. Venía en un coche que andaba solo, vestido de militar loco. Corbacho, que pasaba sobre las vidas de las personas como la cuchilla de un barbero, cuando se le quejó le dijo que ya era hora de que fuera matando al enano que llevaba dentro. Al Niño del Sol Naciente, al que un toro le dejó en silla de ruedas y que estaba sumido en una depresión, le soltó que o dejara de lamentarse o se pegara un tiro. Y lo arregló. Se quedó allí a torear, que es una forma de vivir, aunque sea en silla de ruedas.

Corbacho se juntaba con los toreros a decir cosas. Se entrenaban en atletismo, en ballet y en yoga y leían el bushido. En ese gimnasio espiritual de matadores se formaron José Tomás o Alejandro Talavante. Le gustaba que sus toreros fueran samuráis. Hablamos una tarde entera y mientras el enano regaba las azucenas, comentaba el vacío del ruedo como el cero absoluto y a la vez el infinito retratado sobre el bucle de la circunferencia del redondel; la eternidad dibujada alrededor de una boca de riego, el eterno retorno de un rito que siempre es igual y distinto, los hombres que son ellos en un instante y después salen volando en pedazos. Las golondrinas chirriaban al cortar el aire dulce y morado de la tarde y bebían en pleno vuelo del agua de la piscina sobre la que flotábamos él y yo.

Corbacho sabía quién podía ser cada uno, que es el gran secreto. Por eso tenía la sartén agarrada por el mando del destino. En los momentos en los que uno se asoma a determinados abismos, recuerda a Corbacho flotando en esa piscina y aquella gran lección: la manera más rápida de no ser nadie es convertirse en todas las personas que los demás pretenden que sea uno.

Publicado en lavozdigital.es

 

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