CRÓNICA SEVILLA. 2ª FERIA DE ABRIL: «No vuelvas a apuntarme a eso de Garcigrande»

El Juli. Foto Pages.

Por María Vallejo.  

Siguiendo mi querencia de buscar refugio en la ficción para resguardarme de la irresistible realidad que envuelve el toreo, volví preparar un sueño al que asirme en la tarde de hoy. Y puestos a soñar con una Tauromaquia mejor, soñé a lo grande. Soñé que la exigencia de rotundidad de la que les hablaba ayer no daría la espantá cuando llegasen las figuras. Soñé que El Juli, por respeto a los irredentos triunfalistas que agotaron el papel, tendría la decencia de pasarse cerca, al menos, una embestida. Y, por aquello de que en esto de los toros el tres es el número de la perfección, soñé también que la engalanada terna de esta tarde no tiraría por tierra el trapío maestrante. 

Pero mis sueños, nuevamente kamikazes, duraron exactamente el tiempo que tardó en Sevilla en sucumbir al destoreo de Julián y callar ante el insulto que supone para la seriedad de cualquier plaza de primera que se lidie una parada de bueyes como la que hoy ha traído Garcigrande.

Lo más destacable del primero de la tarde fue el acierto que tuvo el ganadero al bautizarlo como Despreocupado. Haciendo honor a su nombre, el burel paseó por el albero maestrante sin humillación, celo, ni casta algunas. Un crisol de cualidades ya característico en estas ganaderías que ahora llaman –con mucho comicismo– «de garantías». Por suerte, Morante de la Puebla, que como buen torero de arte no está tocado con la vara de la vergüenza torera, tuvo el detalle de irse a por el estoque tras la segunda tanda y ahorrarnos el sufrimiento de ver al inválido implorar un desenlace. El tercero, además de la mansedumbre que mostró desde que salió por chiqueros, tuvo la desventura de no caer en la gracia al torero de la Puebla, que optó por masacrarlo en la jurisdicción del varilarguero y pasaportarlo tras tres mantazos contados y un sainete con los aceros digno de mención. Para ser sinceros, pocos bureles son los elegidos por el sevillano. Y esa circunstancia, en tardes como la de hoy –en la que, a excepción del quinto, todos los hermanos de Chalado deberían haber corrido la misma suerte–, redunda en beneficio del talante del aficionado.

Lo más entretenido de la tarde llegó en el segundo capítulo. Un toro bizco de pitones, regordío y con cara de flor de loto, bautizado, para terminar de tomar el pelo al respetable, como Impetuoso. Pero no todo fue malo. A pesar de la anodina embestida del astado, que seguía la pantagruélica muleta de El Juli con la misma emoción que un carretón, esta tarde tuvimos la oportunidad de hacer turismo por la preciosa ciudad hispalense. El torero madrileño, fiel a su concepto, convirtió cada muletazo en un turibús, que comenzaba citando desde Triana y terminaba vaciando el pase enfrente de la majestuosa Giralda. En agradecimiento al viaje, el público sevillano, que esta tarde se dejó el latiguillo de la rotundidad en casa, aplaudió la labor de Julián, sin importar que el supuesto embajador del torero actual se hubiera visto podido por un toro renqueante, manso y de media embestida. Ya en el quinto, y tras una vergonzosa simulación del tercio de varas, El Juli volvió a poner sobre el albero ese don tan suyo para tirar de los toros y embarcarlos sin escapatoria en los viajes siderales de su muleta. 

Lastima que ese poderío que desde niño tiene el madrileño siempre vaya acompañado de un desajuste que clama al cielo y unas torsiones lumbares más propias de otro espectáculo que del arte de torear. Aún así, como los guardianes del rigor se habían tomado la tarde libre, Sevilla premió el destoreo de Julián con una oreja pobre, barata y de vergüenza.

El tercero fue un manso venido a menos que, a pesar de salir inédito del jaco, llegó sin fuerza a la muleta de Alejandro Talavante. El extremeño se cruzó e intentó hacer el toreo por ambos pitones, llegando a dejar naturales templados, de buen trazo, pero de nulo contenido. A pesar de la intrascendencia del pasaje, Talavante volvió a dejar claras las bases de un concepto puro y sobrio del toreo. Pero, por más quilates que tenga la muleta de un torero, es imposible que refuljan cuando no hay delante un toro con poder. Sabedor de ello y para suerte de los tendidos, Talavante abrevió con el último de los marmolillos que esta tarde salieron por los chiqueros sevillanos.

El fracaso ganadero, que privó a los toreros de expresarse en el ruedo, sigue consolidando a Garcigrande como una divisa de garantía. Y es que, efectivamente, la ganadería salmantina –como el noventa por ciento de las que cuentan con el beneplácito de las figuras– es ya garantía inexorable del petardo.

En las gloriosas décadas de los 30 y los 40, un tal Manolete llegaría esta tarde a la habitación del hotel diciendo algo así como “Camará, a mí no vuelvas a apuntarme a eso de Garcigrande”. Pero, que no se alarmen los que hoy taparon el cemento, las figuras seguirán llevando garcigrandes bajo el brazo en los carteles de relumbrón. Al fin y al cabo, tenemos la Fiesta que queremos.

Sevilla. Real Maestranza de Caballería. 2ª de la Feria de Abril. Lleno de «No hay billetes». Se lidiaron seis toros de Garcigrande y Domingo Hernández. Corrida mansa, mal presentada y pasada de kilos. Inválido el 1º; manso y descastado el 2º; manso y venido a menos el 3º; inválido y masacrado en varas el 4º y noble con movilidad el 5º; e inválido el 6º.

Morante de la Puebla: silencio y pitos tras aviso.

El Juli: palmas y oreja.

Alejandro Talavante: silencio y silencio.

Publicado en Por El Pitón Derecho

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